El honor acribillado

Por Juan Carlos Giuliani*

El 16 de septiembre de 1974 el dirigente sindical y ex vicegobernador de Córdoba, Atilio López, era cobardemente asesinado por los sicarios de la Triple A. Lo acribillaron con 132 disparos incrustados en el cuerpo de un hombre digno y honorable, condenado por su lucha consecuente a favor de la causa nacional y popular. Lo acompañaba en la ocasión el contador Juan José Varas, también asesinado por la mano de obra ocupada del Lopezreguismo.

Tanta furia criminal sólo se explica en la necesidad de instalar el terror como política de subordinación a la estrategia de los grupos de poder que aguardaban agazapados el momento oportuno para terminar con el gobierno títere de Isabel y López Rega.

El asesinato se produjo el día en el que se recordaba el decimonoveno aniversario de la “Revolución Fusiladora”, que derrocó a Perón y dio inicio a 18 años de proscripción del peronismo.

Su padre era empleado en la sastrería de la Cárcel de Encausados y su madre ama de casa. Le pusieron Hipólito como primer nombre en honor al presidente Irigoyen y porque compartían el ideario de la UCR. Abandonó la escuela primaria para dedicarse al trabajo y al deporte. A los 15 años ingresó como cadete en una fábrica de galletitas. En forma simultánea continúa compitiendo en 100 y 200 metros llanos, especialidad en la que, incluso, llegó a ser campeón argentino. A los 21 años ingresa como chofer a la empresa de transporte automotor CATA.

Carismático, inteligente y decidido, fue elegido delegado sindical en la Unión Tranviarios Automotor (UTA), la gloriosa UTA cordobesa, una organización que estaba en las antípodas del degradado, corrupto y burocratizado aparato actual, que viene retrocediendo sistemáticamente en todo el país a manos de una organización de nuevo tipo, la Unión de Conductores de la República Argentina (UCRA-CTA). A los 27 años, Atilio ya era secretario general de UTA. Ocupó igual cargo en la CGT de Córdoba que se distinguía por ser pluralista y antiverticalista.

El “Negro” Atilio ganó la consideración de los trabajadores cuando, actuando en el peronismo de la resistencia a poco de la caída de Perón en 1955, dirigió la primera huelga en el período de la autoproclamada “Revolución Libertadora”, enarbolando los programas obreros aprobados en Huerta Grande y La Falda. Histórico dirigente de la UTA y de la combativa CGT Córdoba, lideró en 1969 junto a Agustín Tosco y Elpidio Torres la gesta del Cordobazo que provocó la caída del dictador Juan Carlos Onganía.

En 1973 el voto popular lo consagró vicegobernador de la provincia, como compañero de fórmula de Ricardo Obregón Cano.

Las clases acomodadas gastaron ríos de bromas por la forma de hablar del “Negro”, por sus modales y su estilo de vida llano, franco, de pueblo. Como si los trabajadores no supiéramos distinguir gato de liebre: Al país lo fundieron los doctores con posgrado en Harvard, no los laburantes que se comen las “s”.

En febrero de 1974, a nueve meses de iniciada su gestión de gobierno, Obregón Cano y López fueron desplazados del poder por una oscura sublevación policial, el tristemente célebre “Navarrazo”, que fue consentido por las máximas autoridades nacionales de entonces encabezadas por Juan Domingo Perón.

Había viajado a Buenos Aires días antes de su martirologio para realizar algunas gestiones con autoridades nacionales -estaba buscando trabajo porque después del derrocamiento en febrero de ese año se había quedado prácticamente en la calle- y, de paso, ver a su querido Talleres contra River Plate. Fue un día antes de su asesinato, el 15, en la cancha de Racing en Avellaneda.

El líder del sindicalismo de la resistencia y del peronismo revolucionario cayó en una redada. Secuestrado en el hotel donde paraba en la Capital Federal, fue asesinado por la ultraderechista Triple A. Su cadáver apareció pocas horas después en la localidad de Capilla del Señor.

El hecho provocó una profunda conmoción en Córdoba, que quedó reflejada durante el velatorio y el sepelio de sus restos, donde una multitud acongojada nunca vista en esa ciudad para una situación similar, participó en sus exequias.

Un episodio que cuenta su hijo (Atilio Eduardo) en su muro de Facebook pinta de cuerpo entero el compromiso militante del “Negro” López con la causa de la Liberación Nacional y Social: “Como adolescente (18 años ) tuve oportunidad de participar como plateísta de lujo, en el garage de mi casa, en el último cumple de mi viejo, antes que lo mataran, de una conversación entre gente que dialogaba y argumentaba con altura. La cúpula de Montoneros, Agustín Tosco, Salamanca, abogados (2) de extracción gremial, mi padre y otros asistentes a la fiestita sorpresa del cumple (45) de Atilio. Sin abrir la boca, escuché el vaticinio de lo que venía o se podría venir. Y al mes, con la muerte de mi viejo, comenzó aquello que había escuchado”.

A cuarenta y seis años de su infame crimen, olvidado por la historia oficial, el “Negro” Atilio López es un ejemplo de entrega y lealtad a los intereses de los trabajadores.

*Vocal de la Comisión Ejecutiva Regional de la CTA Autónoma Río Cuarto. Congresal Nacional de la CTA-A en representación de la provincia de Córdoba