La hora de los pueblos

Por Juan Carlos Giuliani*

El 16 de marzo de este año se conmemoró el septuagésimo primer aniversario de la sanción de la Reforma Constitucional de 1949, la institucionalización del mayor nivel de conciencia y organización alcanzados por el pueblo argentino.

Llega un punto en la dinámica del enfrentamiento histórico entre el Pueblo y la Oligarquía, en el que las transformaciones sociales estratégicas se explicitan en una nueva institucionalidad que exprese la acumulación de poder popular.

La Constitución de 1949, inspirada en Arturo Sampay, es fiel reflejo de esa realidad favorable a los intereses nacionales, populares y revolucionarios. Cuando la relación de fuerzas varió a favor del campo del enemigo, la Constitución Nacional fue derogada en 1956 por un Decreto del tirano Pedro Eugenio Aramburu.

Los procesos constituyentes protagonizados la década pasada en América Latina, que dieron cuenta del avance de los
pueblos de esta parte del mundo en su añeja disputa con el Imperialismo y sus aliados nativos terminaron ahogados por la revancha oligárquica. Venezuela, Bolivia y Ecuador habían plasmado a través de sendas reformas constitucionales la voluntad política de consolidar el nuevo orden de cosas que imperaba en la región. Salvo Venezuela que sigue jaqueada por el Imperio norteamericano, los procesos en Bolivia y Ecuador, aunque de naturaleza diferente, fueron abortados por la contra ofensiva de las clases dominantes.

No existe proceso de transformación posible sin una Reforma Constitucional que apunte a saldar una reparación histórica: La recuperación de una concepción de gobierno en la que los sectores populares se constituyen en protagonistas de su propio destino para desterrar los privilegios y la escandalosa desigualdad social que campea por
todo el Tercer Mundo.

Las repercusiones institucionales y sociopolíticas de ese cambio conceptual son universales, filosóficas y de valores. Aunque relegado por las urgencias de la coyuntura, la pandemia del COIVID-19 y otras plagas, se trata de un debate que está latente en las luchas sociales de todo el continente que buscan la formulación de una nueva institucionalidad.

Una institucionalidad fundada en la certeza de que no habrá una nueva matriz distributiva que termine con la pobreza, si no se discute un nuevo modelo productivo para el país, donde se privilegie qué se produce, para quién se produce y en manos de quiénes están los recursos. Es decir, apuntar a una nueva calidad de vida.

Hace poco más de medio siglo, en 1968, durante su exilio en España, Juan Domingo Perón publicó su libro “La Hora de los Pueblos”. En ese texto, de absoluta vigencia, puede leerse: “La integración de la América Latina es indispensable: el año 2000 nos encontrará unidos o dominados, pero esa integración ha de ser obra de nuestros países, sin intervenciones extrañas de ninguna clase, para crear, gracias a un mercado ampliado, sin fronteras, las
condiciones más favorables para la utilización del progreso técnico y la expansión económica, para evitar divisiones que puedan ser explotadas; para mejorar el nivel de vida de nuestros 200 millones de habitantes; para dar a Latinoamérica, frente al dinamismo de los ‘grandes’ y el despertar de los continentes, el puesto que debe corresponderle en los asuntos mundiales y para crear las bases para los futuros Estados Unidos de Latinoamérica”.

Sostener una doctrina unitaria y antiimperialista, embebidos en la lucha ejemplar que nos legaran los próceres de la Primera Independencia es el pistón que activa los afanes libertarios y le pone voz al grito de los excluidos que conmueve de punta a punta a los pueblos de Nuestra América.

*Vocal de la Comisión Ejecutiva Regional de la CTA Autónoma Río Cuarto. Congresal Nacional de la CTA-A en representación de la provincia de Córdoba