Flora Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 en el Hospital Fiorito de la localidad de Avellaneda. Sus padres, Elías Pozharnik y Rezla Bromiker, emigraron de Rovna, localidad ruso polaca, pasaron un tiempo en París y llegaron a la Argentina. En el registro, Elías fue inscripto con el apellido Pizarnik y Rezla fue anotada como Rosa.
Pizarnik muere en su departamento de la calle Montevideo en la ciudad de Buenos Aires la madrugada del 25 de septiembre de 1972 luego de ingerir cincuenta pastillas de secobarbital. Fue velada al día siguiente en la Sociedad Argentina de Escritores.
Ana Becciú y Ana Nuño recuperaron y compilaron sus escritos a lo largo de los años. Los archivos de Alejandra Pizarnik se conservan en el Departamento de Manuscritos de la Biblioteca de la Universidad de Princeton en Estados Unidos.
Cercana a su ocaso, Flora Alejandra Pizarnik recibía en 1971 la prestigiosa beca Fullbright. Al año siguiente, con solo 36 años acontecía su trágico final: se suicidó mediante una sobredosis causada tras la ingesta de 50 comprimidos del sedante secobarbital. La halló una amiga suya, de madrugada, agonizando en su departamento. Murió camino al hospital y la velaron en la Sociedad Argentina de Escritores el día posterior a ese trágico final, del cual se cumplen 53 años. “No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo”, dejaba manifestado en su pizarra de trabajo.
Escribía en forma obsesiva. Lo que no quiere decir que escribía mucho sino que había temas a los que volvía una y otra vez: la infancia perdida, el silencio, la sexualidad desbordada, la locura y la muerte, como amenaza y como promesa.
Haber sido una artista precoz con trastornos psiquiátricos y haberse suicidado joven fueron condimentos esenciales para alimentar el ideal romántico y transformarla en un mito. Pero ella era de carne y de lágrimas, intensa y sanguínea, y su poesía está tremendamente viva.
Sus padres, un matrimonio de judíos polacos, habían llegado a la Argentina donde tuvieron primero a Myriam y dos años después a Alejandra. También fue en estas tierras donde se enteraron de que los nazis habían asesinado a sus familias. Alejandra todavía usaba el “Flora”, hablaba con acento europeo y había empezado a estudiar Letras en la Universidad de Buenos Aires cuando a los 19 años publicó La tierra más ajena, su primer libro de poesía.
El epígrafe comienza diciendo: “¡Ah! El infinito egoísmo de la adolescencia…”, con lo que da dos claves que marcarán toda su obra: el autor de la cita es Arthur Rimbaud, otro poeta maldito que como ella murió muy joven, y la adolescencia, que será la etapa a la que Pizarnik se iba a aferrar, tratando de eternizarla.
Fue en esos primeros años cuando aparecieron los complejos por su tartamudez, su acné y la obsesión por la gordura que la llevó a tomar pastillas. Alejandra combinaba las anfetaminas con los barbitúricos y al tiempo se hizo adicta, por lo que saltaba de la euforia a la depresión, y padecía feroces insomnios.
Después de un tiempo dejó la universidad y empezó a tomar clases de pintura con Juan Batlle-Planas. Tenía talento también para ese arte, pero la poesía marcaba sus días y en 1956 publicó La última inocencia. El libro está dedicado a quien era su psicoanalista y fue su amor platónico durante varios años.

Para entonces, ya era Alejandra, una chica nada convencional, que llevaba el pelo corto, se vestía de forma andrógina y había empezado a relacionarse con otros poetas y artistas. Su vida social, amorosa y sexual bordeaba los excesos, y sería así casi siempre, excepto el último año en el que el dolor psíquico pudo más.
Pizarnik leía sin parar, tenía un humor corrosivo y era puro impulso y franqueza, lo que la llevaba a amar con furia, en esos días al poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, cuya muerte en un accidente aéreo le dejó marcas.
En 1960 se fue por cuatro años a París, donde pasó hambre y se deprimió, pero donde también escribió, trabajó como traductora, publicó en revistas literarias, tomó clases en la Sorbona, y se relacionó con escritores franceses y latinoamericanos. Entre ellos Octavio Paz, que iba a prologar su libro Árbol de Diana, y con Julio Cortázar y Aurora Bernárdez, que además de sus amigos fueron su familia.
Alejandra volvió a Buenos Aires, donde publicó Los trabajos y las noches (1965).
En la madrugada del 25 de septiembre de 1972, Alejandra Pizarnik se dirigió al despacho que tenía en su departamento en Buenos Aires. Cogió una tiza, se aproximó al pizarrón que había en la pared y escribió: “No quiero ir / nada más / que hasta el fondo”.
Luego regresó a su habitación, ingirió cincuenta pastillas de Seconal sódico y murió. A los 36 años, Pizarnik abandonó la vida, dejando a su paso uno de los legados poéticos más importantes de la literatura latinoamericana.