La llamada “Revolución Libertadora”

Por Norberto Galasso*

En la mañana del 20 de setiembre de 1955, el General Perón solicita asilo a los responsables de la embajada paraguaya. El día 23, jura el nuevo presidente de la Argentina: General Eduardo Lonardi. En su ‘proclama-revolucionaria’, el nuevo presidente sostiene, entre otras cosas, que “sepan los hermanos trabajadores que comprometemos nuestro honor de soldados en la solemne promesa de que jamás consentiremos que sus derechos sean cercenados”, como asimismo que “la revolución no se hace en provecho de partidos, clases o tendencias, sino para restablecer el imperio del derecho”.
Allí propone la conciliación de los argentinos bajo la fórmula empleada un siglo atrás por el General Urquiza: “Ni vencedores ni vencidos”. A su lado, el Almirante Isaac F. Rojas expresa al sector “duro”, caracterizado por el odio a las masas peronistas y a su líder. “Aquella noche de setiembre del 55, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala (de una casona de Salta) la caída del tirano, en un rincón de la antecocina -rememora Ernesto Sábato- vi como las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas… Muchos millones de desposeídos y de trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, duros y sombríos.
Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizados en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta”. “En los balcones, vimos que había gente que brindaba con champán y súbitamente Buenos Aires pasó a ser una ciudad extranjera. El cielo entero se nos vino encima- recuerda César Marcos, hombre de la “resistencia peronista”-. El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el sol, la vida se dieron vuelta. De repente, entramos en un mundo de pesadilla en el que el peronismo no existía.
Todo fue anormal. Como fue anormal, absurda, alucinada, la odisea de la resistencia. Éramos pigmeos que debíamos luchar contra gigantes…”.
En los primeros días, arrecia la represión contra los trabajadores. En diversos lugares, son controlados los obreros que manifiestan su descontento.
En Rosario, se vive un clima de guerra civil y circulan versiones de que han muerto varios trabajadores. También se producen duros enfrentamientos en Lanús y Avellaneda, entre obreros y fuerzas militares. Pero, ya controlado el nuevo orden, el Presidente Lonardi se preocupa para que cese la violencia, intentando abrir una política de conciliación.
Al asumir el cargo, ha declarado que las conquistas sociales serán respetadas y por esa razón, el 25 de setiembre concede una audiencia a dirigentes de la CGT. Sin embargo -recuerda Miguel Gazzera- “cuando los gremialistas estaban en la antesala del despacho del presidente, pasó un marino. Se detuvo, preguntó quiénes eran y que esperaban. Respondida la pregunta, los miró detenidamente y les hizo explotar esta sentencia: – Sepan ustedes que la revolución libertadora se hizo para que en este país el hijo del barrendero, muera barrendero… Era el contralmirante Arturo Rial”.
La anécdota muestra las diversas ideologías de los dos grupos instalados en el poder: el nacionalismo católico (Lonardi) y el liberalismo conservador probritánico (los marinos). Hombres de uno y otro sector se alternan en los puestos claves: por un lado, Mario Amadeo (canciller), Bengoa (ministro de Ejército), Atilio Dell’Oro Maini (Educación), J. C. Goyeneche (Secretario de prensa), Uranga (Transportes), Luis Cerruti Costa (Trabajo), Juan F. Guevara, Luis M. De Pablo Pardo, y Clemente Villada Achával (asesores presidenciales); por otro, Eduardo Busso (Interior), Teodoro Hartung (Marina), J. Alizón García y Roberto Verrier (Finanzas), César Bunge (Comercio), Adalbert Krieger Vasena, Carlos Coll Benegas y Carlos Brignone (asesores), Horacio Morixe (Industria), Arturo Ossorio Arana (interventor en la prov. de Buenos Aires), J. A. Lagos (Comandancia del Ejército). Si se observa con atención varios de estos personajes tienen doble apellido y a ellos podrían agregarse: Toranzo Montero, Leguizamón Martínez, Videla Balaguer, Sánchez Sañudo, Méndez Delfino, Cueto Rúa, Sánchez Zinny, Ruiz Moreno, Gainza Paz, Corominas Segura, Podestá Costa, Aguirre Cámara y hasta el socialista Francisco Pérez Leirós. Puede, pues, hablarse de un gobierno de gente de doble apellido, contrastando con el gobierno anterior que había llevado obreros al Congreso Nacional.
El antiperonismo ha conducido a católicos y liberales a un abrazo fervoroso y a un coincidente proyecto económico en el sentido de desmantelar el intervencionismo estatal, pero disienten tácticamente en lo político: mientras los primeros sostienen que, de un modo u otro, hay que convivir con “el monstruo”-según la original calificación de Borges (“La fiesta del monstruo”, cuento)-, los liberales viven ansiosos por lograr el aniquilamiento del peronismo.
* Historiador. Cuadernos para la otra historia
Fuente: Pensamiento Discepoleano