Manuel Reyes: “Estamos ante una lucha de clases promovida desde arriba: O se pelea, o se pierde todo”

Manuel Reyes es una figura histórica del sindicalismo farmacéutico argentino y un dirigente con una extensa trayectoria gremial y política. Dos veces Secretario General de la Federación Argentina de Trabajadores de Farmacia (FATFA), fue protagonista de procesos de formación de cuadros sindicales, fortalecimiento institucional y debate estratégico sobre el rol de los trabajadores en el sistema de salud y en la vida política del país.

Su recorrido no se limitó al plano sindical. Reyes fue diputado provincial en dos oportunidades, experiencia que le permitió articular la defensa de los derechos laborales y la salud pública desde el ámbito legislativo, consolidando un perfil de interlocución entre el movimiento obrero y las políticas públicas. A lo largo de los años, participó activamente en instancias de formación política y debate estratégico del sindicalismo, entre ellas las históricas jornadas vinculadas al Programa de Huerta Grande, una referencia insoslayable del movimiento obrero argentino desde su formulación en 1962 por las 62 Organizaciones.

La entrevista fue realizada por el periodista y Secretario General de la CTA Autónoma Punilla, Juan Yacobs, quien fue recibido por Reyes en su casa de veraneo en Villa Santa Cruz del Lago. A pesar de encontrarse fuera de la Capital, el dirigente mantiene una participación activa en reuniones, charlas y encuentros sindicales en la ciudad de Córdoba  y en distintos puntos del país, convocado frecuentemente por la Federación de Farmacéuticos, en un contexto de profunda ofensiva contra los derechos laborales.

En este diálogo, Reyes analiza el trasfondo ideológico del gobierno nacional, el avance sobre la legislación laboral, el rol del Congreso y del movimiento obrero, y ofrece definiciones políticas sobre el presente y el futuro del peronismo, en un escenario que define sin rodeos como una lucha de clases impulsada desde el poder.

— ¿Cómo interpreta el trasfondo ideológico del Gobierno Nacional y su vínculo con la Reforma Laboral?

— Lo más importante para destacar es lo que está pasando dentro de la Argentina, lo que hay dentro de nuestras fronteras, y particularmente la concepción que está detrás de cada una de las medidas y de cada una de las decisiones que tiene el Gobierno Nacional. No estamos ante una simple discusión económica, sino frente a la presentación del capitalismo financiero como la única salida posible para el país. Ese progreso que plantea el Presidente es el progreso de un solo sector de la sociedad. Para este Gobierno importa un único sector, cuando habla de la ‘gente de bien’, marcando una división que nadie termina de definir: quiénes son, los científicos, los empresarios, los rubios o los morochos. Todo esto se inscribe en un alineamiento internacional de las nuevas derechas, un neoliberalismo autoritario que ya se ve en otros países, donde el mercado —el dios mercado— promete resolverlo todo y ofrece un derrame que, si llega, será dentro de 30, 40 o 50 años.

— ¿Qué implicancias concretas tiene esa mirada sobre los derechos laborales y la vida cotidiana de los trabajadores?

— Esa concepción lleva a arrasar con todo tipo de derecho, porque para este gobierno toda regulación está mal. La jornada laboral es una regulación, y se propone que sea ‘libre’, con bancos de horas, para que el empleador acomode el tiempo de trabajo a las necesidades de su empresa. Eso habilita jornadas de 4 o 5 horas un día y de 15 al siguiente, algo completamente ajeno a cualquier equilibrio social. Cuando se elimina toda regulación se entra en la ley de la selva, donde el que tiene más poder impone sus condiciones. Además, la idea de que flexibilizar derechos va a resolver el trabajo en negro es una falacia absoluta: no ocurrió en ningún lugar del mundo. Cada vez que se atacó la legislación laboral argentina, desde el recorte de la Ley de Contrato de Trabajo después de 1976 en adelante, siempre fue para quitar derechos y nunca para resolver problemas estructurales”.

— Frente a este escenario, qué rol deberían asumir el Congreso y el movimiento obrero?

—El Congreso no puede renunciar a la discusión de ninguna manera. La discusión es irrenunciable, incluso cuando existan acuerdos previos, porque es la única forma de dejar claro ante la sociedad que no se trata de una posición partidaria, sino de defender equilibrios básicos que toda sociedad necesita. Pero el movimiento obrero no puede dialogar ni negociar bajo ningún punto de vista. Tiene que estar en la calle. El diálogo siempre es posible y conveniente, pero cuando un gobierno pretende llevarse por delante todos los derechos para disciplinar a los trabajadores, no hay diálogo posible. Hoy tenemos los convenios colectivos pisados y se intenta eliminar no un derecho aislado, sino toda la legislación que los protege. No todas las organizaciones sindicales tienen la misma voluntad política de enfrentar esta reforma, y eso es gravísimo, porque las consecuencias serán para todos, incluidos los trabajadores en negro. Estamos ante una lucha de clases promovida desde arriba: O se pelea, o se pierde todo.

— En el contexto actual, ¿cuál es hoy el principal problema político del peronismo y del movimiento obrero?

— El problema central es la falta de decisión política. Muchas veces se dice que hay que estar todos juntos, que no hay que dividirse, pero eso termina funcionando como un pretexto para no hacer nada. La desunión no es solo una consecuencia, también es un objetivo político. Cuando no se toma una definición clara y todo queda en un pluralismo eterno, el resultado es la parálisis. Frente a un enemigo como el actual gobierno nacional, eso es directamente suicida. El movimiento obrero necesita conducción, poder real y decisiones concretas, no dirigentes sentados en un triunvirato sin capacidad de incidir.

— En ese marco, ¿por qué considera que Axel Kicillof aparece hoy como la principal referencia política del peronismo?

— Porque es el dirigente que reúne las mejores condiciones objetivas. No por su paso como funcionario de Cristina, sino por su experiencia concreta como Gobernador de la provincia de Buenos Aires y por la ratificación electoral que obtuvo. Ganar una reelección con más del 60% es un plebiscito. Incluso cuando pierde en la última elección, conserva sus votos: no hubo deserción. Eso habla de consistencia política. No lo idealizo ni me fanatizo, pero hoy es quien mejor expresa una alternativa real de poder. Y frente a este contexto, el movimiento obrero ya tomó una decisión: Dejar de lado discusiones estériles y trabajar para que Kicillof sea Presidente.

— ¿Cómo evalúa el rol de Cristina Fernández de Kirchner y la falta de centralidad de la consigna por su libertad dentro del peronismo?

— Cristina es una dirigente política innegable, con un piso electoral que no tiene nadie en la Argentina. Hay que reivindicarla por lo que hizo y por la persecución judicial que sufre, que es evidente. Ahora, una cosa es el liderazgo y otra la conducción. Para conducir al conjunto hay que tener equidistancia: No se puede ser conductor general y jefe de un sector al mismo tiempo. Cuando Cristina lidera desde ‘La Cámpora’, pierde autoridad sobre el conjunto. Además, el Partido Justicialista hoy no existe como conducción nacional: Es una confederación de partidos provinciales. Eso también explica la falta de fervor masivo por su libertad. El peronismo necesita reconstruir una conducción real, con autoridad, decisión y vocación de poder, entendiendo los cambios profundos de la sociedad y del mundo del trabajo.