Mate Cosido: El bandido rural

Segundo David Peralta, conocido para siempre como Mate Cosido, llevó en la cabeza una pequeña cicatriz que le dio su alias, pero la verdadera marca que dejó fue sobre una época signada por el saqueo del trabajo argentino y la impunidad de las grandes empresas. Nacido el 14 de julio de 1897 en Monteros, provincia de Tucumán, su vida tomó forma definitiva en el Territorio Nacional del Chaco, especialmente en las zonas de Presidencia Roque Sáenz Peña, Quitilipi, Machagai y Villa Berthet, un territorio explotado sin piedad por capitales extranjeros que operaban con total libertad mientras el Estado miraba para otro lado o directamente actuaba como garante de sus intereses.
El mote de Mate Cosido nació en ese mundo de obrajes, fondas y boliches rurales donde el apodo valía más que el documento. La cicatriz que cruzaba su cuero cabelludo, producto de una herida mal curada, parecía —según la descripción popular— “cosida” de manera rústica, como se remendaba un mate de calabaza rajado para poder seguir usándolo. De allí surgió el nombre, simple, gráfico y brutal, propio del lenguaje del interior, que terminó reemplazando su identidad legal y convirtiéndose en una marca temida por el poder económico y admirada por los sectores humildes.
Mate Cosido no fue un delincuente común. Trabajó en una imprenta, era un hombre culto, lector, metódico y planificaba cada golpe con precisión. Se movía en un contexto histórico concreto: las décadas de 1920 y 1930, cuando el modelo agroexportador consolidaba la dependencia económica argentina y empresas multinacionales controlaban vastas extensiones de tierra, transporte, obrajes y puertos. Sus objetivos no eran el pequeño comerciante ni el trabajador, sino firmas poderosas como Bunge & Born, Louis Dreyfus y La Forestal, símbolos del poder económico extranjero que drenaba la riqueza nacional, devastaba los montes chaqueños y sometía a peones y hacheros a condiciones de semiesclavitud. Estas empresas, lejos de ser víctimas inocentes, financiaban directamente a la Gendarmería Nacional y a fuerzas policiales provinciales para que pusieran fin a sus andanzas, dejando en evidencia de qué lado estaba la fuerza represiva.

El bandido de los pobres y la palabra como arma

Mate Cosido no solo robaba: Explicaba. En una época en la que al bandido se lo condenaba al silencio, escribió notas en la revista Ahora, publicación de circulación nacional, donde justificó sus acciones con una claridad incómoda para el poder. Allí sostuvo que los verdaderos ladrones no eran quienes expropiaban dinero a las grandes firmas, sino quienes explotaban al trabajador y devastaban el suelo argentino con la complicidad del Estado. Esa palabra escrita, lúcida y desafiante, contribuyó a forjar su fama en Buenos Aires, donde su figura comenzó a circular como la de un ladrón con conciencia social, una rareza intolerable para la historia oficial, que siempre necesitó bandidos mudos o criminales sin ideas.
Como ocurrió con otros bandidos rurales, entre ellos Juan Bautista Vairoletto, la persecución policial se intensificó por razones que mezclaban lo personal con lo político. En el caso de Mate Cosido, una mujer fue el detonante inmediato: una novia que también coqueteaba con un agente profundizó la inquina policial y aceleró la cacería. El patrón se repetía. Igual que a Vairoletto, un compinche lo traicionó, confirmando que la represión no solo operaba con armas, sino también comprando voluntades.
El episodio decisivo ocurrió en octubre de 1939, en la estación ferroviaria de Villa Berthet, un punto estratégico del ramal que conectaba el interior chaqueño con los puertos de exportación. Allí fue emboscado por fuerzas policiales y gendarmes. Gravemente herido por varios disparos, todo indicaba que era el final de su carrera, pero Mate Cosido logró escapar una vez más, auxiliado por pobladores de la zona. Desde entonces, el misterio envolvió su destino. Nunca apareció su cadáver. No hubo tumba, ni acta de defunción, ni cierre oficial. Las versiones sobre su final se multiplicaron: algunos lo creyeron muerto en el monte, otros aseguraron que logró cruzar a Paraguay o Brasil. Como tantos hombres que desafiaron al orden injusto, su final quedó suspendido entre la historia y la leyenda.
El historiador Hugo Chumbita aporta un dato revelador y simbólico: Vairoletto y Mate Cosido se habrían conocido en la Capital Federal, ya sea en un prostíbulo de Barracas o en un templo masónico de San Telmo, durante los años treinta. Dos escenarios posibles, ambos verosímiles, ambos cargados de sentido. Espacios marginales y secretos, apropiados para una época convulsionada que tuvo en Roberto Arlt a uno de sus cronistas más lúcidos, capaz de retratar como pocos el trasfondo social de esos personajes que la historia oficial prefirió caricaturizar, criminalizar o borrar.
Mate Cosido no fue un mito romántico ni un simple forajido. Fue el emergente de una Argentina sometida, donde la legalidad protegía al saqueador y criminalizaba al rebelde, donde el orden se sostenía a balazos y la justicia tenía dueño. Por eso su figura persiste: porque encarna la pregunta incómoda que el poder nunca quiso responder y que la historia oficial aún intenta silenciar.
Fuente: Revisionismo Histórico Argentino