Por Mariano Pacheco
¿Qué pasa hoy, en el campo nacional y popular, que no hay prácticamente ningún agrupamiento de peso, ningún referente político, intelectual, artístico o comunicacional, con amplia visibilidad, que reivindique con orgullo la herencia maldita de la izquierda peronista, de la resistencia, de su tendencia revolucionaria? Notas para recuperar y recrear “el eslabón roto, el nervio desgarrado de la historia nacional” que nos permita comenzar a abordar el trabajo necesario para relanzar una imaginación que pueda agujerear los “consensos democráticos” de “posdictadura” y desatar el deseo de revolución capaz de promover una invención político- emancipatoria que ponga en cuestión el realismo capitalista contemporáneo.
“¿Pero cómo –dicen– es que eso de escribir compromete?”
Jean Paul Sartre, ¿Qué es la literatura?
A la memoria de quienes combatieron a las dictaduras
por los medios que fuera.
Archivos de contramemoria popular
¿Es cierto que se puede pasar así nomás, de una teoría a otra teoría, de un concepto a otro concepto? La pregunta, lanzada por Rozitchner, el filósofo argentino (el bueno, es decir, León –o Rozitchner padre–), en el contexto de la ya a esta altura consagrada polémica colectiva en torno al “No matarás” enunciado por ese otro filósofo argentino, Oscar del Barco, a inicios de los dos mil, resuena con fuerza en el contexto del aniversario del golpe del 24 de marzo de 1976, momento inaugural (por más que el “terrorismo de Estado” hubiese comenzado bastante antes) de ese auténtico “Proceso de Reorganización Nacional” que, vía genocidio, la última dictadura llevó adelante para tratar de “extirpar”, para siempre, el mal del poder social de la clase obrera y su vocación política de disputar un proyecto de país.
“¿Qué nos pasó con el cuerpo, con la imaginación, con los afectos?, insiste Rozitchner, para entonces ya un “veterano”. Su voz, como la de algunos otros pares (David Viñas, por ejemplo), o incluso quienes un poco más jóvenes llegaron a traspasar el siglo con avanzada edad (pienso en Horacio González, en Ricardo Piglia), insistieron, una y otra vez, en no dejar a un lado, así nomás, aquellas experiencias de cuando buena parte del pueblo argentino imaginó, confió en sus fuerzas, y emprendió con arrojo el sendero luminoso de la revolución.
Fueron las voces disonantes de la posdictadura, las que sostuvieron el archivo para traspasarnos a los que llegábamos, para que, como escribió Vicente Zito Lema (otro “veterano de guerra”), en su poema “Hablar de Eva”, alguien pueda un día mostrar un retrato (Vicente se refiere a Evita, pero podría ser algún otro rostro de antaño) y mostrarlo con orgullo, para que otra generación se enamore (de la revolución), como ellos se enamoraron (de ella) alguna vez.
Ardua tarea, a “contrapelo” –como el pensador alemán Walter Benjamin recomendaba a los filósofos materialistas “cepillar la historia”– sostenida contra viento y marea, primero tras la derrota revolucionaria nacional (en los ochenta) y luego, internacional (en los noventa).
Partidas de ese mundo todas aquellas camadas de militantes e intelectuales críticos, la tarea hoy ya no es la de “sostener”, como hicieron ellos, sino la de “recuperar y recrear” el –como escribió Juan José Hernández Arregui en algún tramo de La formación de la conciencia nacional– “eslabón roto”, el “nervio desgarrado” de la historia nacional.
Espectros
¿Qué pasa que en la actualidad del campo nacional y popular no hay prácticamente ningún agrupamiento de peso, ningún referente político, intelectual, artístico o comunicacional, con amplia visibilidad, que reivindique con orgullo la herencia maldita de la izquierda peronista, de la resistencia, de su tendencia revolucionaria? Muerto Horacio González: ¿nadie más enunciará el problema de que el peronismo contemporáneo –o lo que quedó de él, sea lo que sea– no esté ya habitado por algo que lo interpele desde las inquietudes que en su seno removía la palabra socialismo? ¡Tantos retornos a la tradición propuestos hoy para tanto temor a recordar términos como “socialismo nacional”, “peronismo revolucionario”, “izquierda peronista”!
De episodios como las guerrillas rurales de Uturuncos y “Taco Ralo” (Fuerzas Armadas Peronistas) hasta los programas obreros de La Falda, Huerta Grande y el de la CGT de los Argentinos; del alzamiento cívico-militar encabezado por el General Valle (que termina en la “operación masacre” de los fusilamientos de José León Suárez) a la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre; de los “caños y sabotajes” de la resistencia peronista a las puebladas que inaugura el Cordobazo; de las tomas de fábrica y los actos relámpago a… En fin: todo el período que va de 1955 a 1970 está poblado de referencias de experiencias de lucha, de revistas y periódicos, volantes y documentos, libros, incluso nombres propios (Alicia Eguren y J. W Cooke, por mencionar los más destacados), que parecen estar hoy envueltos en un manto de amnesia nada inocente.
Y si hago referencia a esas fechas y a esos nombres y experiencias es porque se encuentra allí un acervo, un archivo que durante mucho tiempo fue, y nada más que la derrota ideológica y el oportunismo político pueden explicar que hoy no lo sean, inspiración para prácticamente todo el amplio campo del peronismo (e incluso buena parte de las izquierdas no peronistas que fueron parte, también, de algunas de aquellas gestas).
La década del setenta es más compleja. La lucha de clases pasó entonces a librarse directamente al interior del movimiento peronista y los consensos en torno a las memorias de aquellos tiempos son más difíciles de alcanzar. Eso se entiende. Lo que parece incomprensible es, directamente, que quienes se supone deberían reivindicar aquella herencia de la izquierda peronista, de la tendencia revolucionaria, renuncien directamente a ella (incluso sin que nadie se los pida).
Desde el secuestro, juicio revolucionario y ejecución del dictador Pedro Eugenio Aramburu (recordemos: condenado por las masacres de 1955-1956 y por ser responsable político del secuestro del cadáver de Eva Perón, recién entonces “canjeado” por el de él), acción con la que el 29 de mayo de 1970 hace su aparición pública la organización, hasta el asesinato de sus militantes Osvaldo “El Viejo” Cambiasso y Eduardo “Carlón” Pereyra Rossi (perpetrados el 14 de mayo de 1983 bajo la responsabilidad del comisario Luis Patti), tenemos 13 años en los que el nombre Montoneros, con sus aciertos y errores –que no abordaremos aquí por cuestión de espacio y temática– fue bandera de resistencia y apuesta por construcción de un poder popular capaz, vía la estrategia de “Guerra Popular y Prolongada”, de construir un país libre, justo y soberano, es decir –en la jerga de la época– edificar desde el peronismo la “patria socialista”.
Genealogías insurgentes
Memoria no, entonces, del conjunto del movimiento peronista, pero sí, de buena parte de él y, sobre todo, de sus corrientes más combativas, más contestatarias, Montoneros funciona como nombre que sintetiza un conjunto de experiencias históricas que van desde las apuestas por conformar desde los destacamentos guerrilleros un Ejército Popular a los intentos parciales de gestión en el Estado (para decirlo con la lengua tecnocrática de nuestra época), de la conformación de agrupaciones amplias que pudieran desarrollar la organización de base y la movilización de masas por sector (agrupamientos como JUP, UES, JTP, Agrupación Evita, Lisiados Peronistas, desplegados en barrios, villas, colegios secundarios, universidades, sindicatos de trabajadores) a la disputa institucional por vía de la participación electoral, en la búsqueda por sumar voces a las instancias parlamentarias o directamente para gobernar (en municipios, provincias o el país todo), como lo fue el Partido Auténtico, por no hablar de la sostenida apuesta por desarrollar herramientas propias de disputa ideológica, desde nutridos documentos internos de discusión política a la puesta en circulación de revistas, diarios y periódicos como El Descamisado, El Mundo, Evita Montonera, así como la conformación de grupos de cine y teatro e, incluso, las interferencias televisivas que se realizaron durante la última dictadura con novedosas tecnologías como las de Radio- TV Liberación o el montaje en Costa Rica de Radio Noticias del Continente.
El vínculo estrecho, primero con la Revolución cubana y luego con la Sandinista en Nicaragua, pero también con la resistencia palestina (como lo atestiguan los tempranos textos redactados por Rodolfo Walsh tras su visita a Medio Oriente en 1974) y la labor desplegada por el Movimiento Peronista Montonero tras su conformación en Roma en 1977, dan cuenta de una activa política internacional, de solidaridad entre las militancias y las luchas de los distintos pueblos por parte del nacionalismo revolucionario argentino.
Desde la campaña del “Luche y vuelve” por el retorno de Perón al país al enfrentamiento contra la dictadura, pasando por el combate abierto contra la criminal banda parapolicial “Triple A”, dan cuenta de una vocación inquebrantable de no retroceder ante los embates del enemigo declarado de los proyectos de liberación.
Durante la última dictadura son más bien conocidos los “grandes operativos”, como los realizados durante 1976-1977 (al comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal o la ejecución del ministro de Relaciones Exteriores de la dictadura, César Guzzetti), o los enmarcados en las denuncias realizadas en tiempos del Mundial de 1978, o la “Contraofensiva estratégica” de 1979-1980, pero menos conocidas son las miles de pequeñas acciones que se realizaron (sobre todo en la provincia de Buenos Aires, cuando el cerco represivo se estrechó y arrasó las fuerzas militantes construidas en las provincias y, luego, ya directamente concentradas en el conurbano –particularmente en zona sur–) desde el mismo 24 de marzo de 1976 y hasta por lo menos el inicio de la guerra de Malvinas (apoyos a conflictos obreros locales; hostigamiento a requisas de las Fuerzas Armadas; ajusticiamiento a probados torturadores; “miliciadas” conmemorativas en fechas de aniversarios de militantes asesinados o de conquistas populares). Gran parte de estas historias han quedado registradas en mi libro Montoneros silvestres (1976-1983. Historias de resistencia a la dictadura en el sur del conurbano.
Revolución, derrota y después
“Siguiendo a Rozitchner, el objetivo de los ejercicios de contramemoria genealógica que propongo aquí no es el de recuperar esos elementos subjetivos insertándolos en una reobjetivación nostálgica del pensamiento, sino reactivar su potencial latente y aún sin explorar para hacer una crítica del presente”, escribe el intelectual belga Bruno Bosteels en su libro Marx y Freud en América Latina. Política, psicoanálisis y religión en tiempos de terror, y citamos aquí para inscribir estas líneas en la constelación de una apuesta similar.
Planteos, los de Bosteels/ Rozitchner, que quisiera leer en serie con esos otros que realiza el crítico cultural británico Mark Fisher en libros como Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, o Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, donde ensaya la hipótesis de que es necesario “no dejar ir al fantasma” (del comunismo), ya que es ese “espectro” el que nos permitirá no “acomodarnos” a las “mediocres satisfacciones” que podemos cosechar en un mundo gobernado por el “realismo capitalista”, ese que marca el horizonte en el que parece “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Así, la reivindicación de una izquierda (y con ese nombre también me refiero a las corrientes nacional-populares en Nuestra América, en general, y al peronismo en Argentina, en particular) políticamente no-melancólica (esa que suele hacer de su incapacidad de intervención, una virtud), requiere de un tipo de mediación que no desdeñe ni las rigurosas elaboraciones teóricas que funcionen como armas en la lucha ideológica, ni de las tramitaciones afectivas que permitan librar la disputa anímica sin la cual, cualquier tipo de acción voluntarista, se topará más temprano que tarde con el muro de la desconfianza que nos habita a la hora de apostar a proyectos estratégicos de largo alcance, esos sin los cuales ninguna dimensión de revolución para el siglo XXI será susceptible de ser elaborada.
La gestación de genealogías insurgentes, de archivos de contramemoria popular que recuperen ese rico entramado de memorias de luchas como las que hemos mencionado aquí, pueden resultar vitales ejercicios militantes que nos permitan hoy comenzar a abordar el necesario trabajo teórico, afectivo, ético-político de relanzamiento de una imaginación que pueda agujerear los “consensos democráticos” de “posdictadura” (ellos mismos hoy corroídos por el devenir neofascista de las extremas derechas y su laboratorio en curso) y desatar el deseo de revolución capaz de promover una invención emancipatoria que ponga en cuestión el mundo tal como está configurado.
Fuente: www.revistaresistencias.com