Por Luis Miguel “Vitín” Baronetto*
El martirio quedó impregnado de un sentido religioso a partir de la práctica cristiana de recordar como memoria a los testigos que vieron, oyeron y experimentaron las vivencias de las primeras comunidades desde lo predicado por Jesús, que quedó en los “evangelios” y escritos posteriores.
Pero en el decurso de los años, la expresión martirial se redujo a la muerte violenta causada por la adhesión inclaudicable a un proyecto de vida, también colectivo, inspirado en convicciones y valores de justicia, solidaridad y fraternidad.
Esto tuvo sus variaciones históricas, según los parámetros culturales y religiosos predominantes en cada época. Y así derivó en una espiritualización desencarnada que centró el mérito de las personas, como individuos, en la práctica de las virtudes señaladas por la doctrina, restringiendo la valorización y visualización de la dimensión comunitaria del martirio. Y con ello, se esterilizaron testimonios generosos como motivadores de nuevas vivencias personales y sociales.
El uso eclesiástico tuvo un signo de cambio cuando el Papa Francisco dispuso que la conmemoración martirial del Obispo Angelelli – como la de otros/as – fuese celebrada el día de su nacimiento y no el de su muerte, como sucede en casi todas las recordaciones.

Por una sociedad justa
Pero ni el martirio es exclusivo del ámbito religioso, ni la muerte violenta que lo memoriza es su especificidad. Como se sabe, “mártir” en el idioma griego que se hablaba en el ámbito del mar Mediterráneo y en el que fue escrito el “Nuevo Testamento”, significaba simplemente testigo, tanto en lo cotidiano como en el sentido jurídico. Dice el teólogo Guillermo Fernández Beret, que recién en la primera carta del Apóstol Pedro, se relaciona el martirio con la persecución, es decir en los años finales del primer siglo.
Antes de ahondar la reflexión en este sentido, conviene tener presente que la memoria del movimiento obrero, el colectivo organizado de los trabajadores, – que no es confesional – también ha inmortalizado con la expresión “mártires de Chicago”, al grupo de trabajadores de convicciones anarquistas inmolado en 1886, en el marco de la lucha por la jornada laboral de 8 horas, contra las 16 entonces vigentes.
En sus últimas palabras, los cuatro que fueron ahorcados testimoniaron: Adolph Fischer: “si he de ser procesado…por amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, dispongan de mi vida”. Albert Parsons: “Si voy a ser ahorcado por anarquista, está bien, matenmé”. August Spies: “…que se sepa que en el estado de Illions ocho hombres fueron sentenciados por no perder la fe en el último triunfo de la libertad y la justicia.” Louis Lingg: “nos condenan por nuestros principios. Los desprecio. Ahorquenmé.”
Más allá de las variadas y profundas consideraciones que despiertan estas palabras, está claro que fueron mártires por la causa en la que comprometieron su vida, que eran las mejores condiciones laborales de los trabajadores. Lo que define al martirio, entonces, no es la muerte sino la opción de vida, con principios que tienen por beneficiarios no lo individual, sino lo colectivo.
La muerte criminal del terrorismo de estado, tanto en los ámbitos comunitarios de los cristianos como en las organizaciones de los trabajadores, es un punto culminante del compromiso asumido en el proyecto por una sociedad justa, con igualdad de oportunidades y sin explotadores ni explotados.
Alentar la esperanza
Es decir, el martirio incluye lo caminado como pueblo en las luchas por realizar el proyecto comunitario, con sus obstáculos, avances y dificultades. Y es precisamente la memoria de esa experiencia histórica la que se retoma para alentar la esperanza contra las adversidades del presente.
Mal asociamos el martirio al punto final del recorrido, porque en realidad el martirio es el testimonio de lo actuado, que tiene un desarrollo. Se trata de una ruta martirial, con todo lo que implica de idas y venidas en un proyecto popular. Que no es individual, ni tampoco imparcial. Es molesto, afecta intereses, provoca reacciones, genera conflictos.
Angelelli dijo en su última homilía, el 22 de julio de 1976, ante los féretros de sus dos sacerdotes asesinados en Chamical, Gabriel Longueville y Carlos Murias: “¿Qué significa ser mártir o testigo…Es testigo el que ha visto, el que ha tocado, el que ha oído, el que ha experimentado…el que atestigua y rubrica con su propia sangre…” la justicia y la verdad de lo testimoniado. (Misas Radiales, T. IV, ETL, pag. 418).
La vida eliminada es la rúbrica personal de lo hecho por una causa concreta, que se testimonia, para dar impulso y aliento, como memoria martirial, a las comunidades y pueblos que no se resignan a la opresión y la indignidad.
El bienestar comunitario es esencial al martirio, porque se sustenta en las memorias de lo testimoniado, que son las prácticas y experiencias populares acumuladas.
Sobre la muerte, apostamos a la vida
No conmemoramos el 24 de marzo por el terrorismo de estado que pretendió imponer un proyecto para pocos privilegiados, aniquilando derechos, larga y duramente conquistados por las luchas populares.
Tampoco para escarbar en las heridas de las torturas, las violaciones y los padeceres, porque sería resignarse al rol de víctimas, dejando la actuación principal a los victimarios. Y peor aún, sin recuperar las posibilidades de protagonismo político de los sectores y organizaciones populares.
El 24 de marzo celebramos fundamentalmente la memoria de los testigos, que rubricaron su compromiso jugando su vida por los derechos del pueblo. Y la lucha por la verdad y la justicia durante estos 50 años, con el importante bagaje logrado, a pesar de las complicidades que allanaron el terreno a la impunidad y a los actuales brotes de negacionismo.
Sobre la muerte, apostamos a la vida. Las banderas con los nombres de cada uno o una de las y los 30.000, dicen ¡Presente! en la masiva movilización anual. Los “huesos secos”, del profeta Ezequiel (Ez,37), retoman “los nervios, la carne, la piel”; y soplando vida se levantan en movimientos que seguirán la marcha, con dificultades y adversidades; pero también con logros y satisfacciones, por una sociedad nueva, más humana, justa y feliz.
Los huesos son evidencia de muertes violentas, que denuncian la práctica del terrorismo de estado. Pero también de la vida y las luchas que las precedieron. “Volverán a vivir” (Ez.3,11), dice el profeta. Y al identificarlos se corporiza la memoria de una construcción política que quiso ser enterrada y borrada como N.N. Que los huesos encontrados sean miles reafirma que los proyectos de cambios sociales centrados en los derechos de los pobres son necesariamente colectivos y de mayorías. Y por eso limitados e imperfectos; pero también inexorables, lo que deriva en disputas y conflictos entre proyectos antagónicos.
Jugarse hasta el martirio
No hay piedra sepulcral, que no vaya a ser removida, si hay decisión popular, de encaminar lo que es tarea pendiente en la recuperación de lo arrebatado aun con el ropaje democrático. Apuesta de justicia social para los empobrecidos por las políticas hambreadoras y esclavizantes de los enriquecidos. Nuestras esperanzas no son anhelos vacíos ni consuelos adormecedores. Deberán ser acciones de resistencia asentadas en convicciones, proyectos y memorias que volvemos a pasar por nuestros corazones. Y así, animados con nuevas energías, enfrentar riesgos y contrariedades.
Enrique Angelelli, obispo de una comunidad creyente y testigo inmolado por el terrorismo de estado, prefiguró su ruta y elevó la vara cuando dijo: “La Iglesia deberá jugarse hasta el martirio, si fuere necesario, en el cumplimiento de su misión, para que los hombres y los pueblos sean siempre templos vivos de Dios y tratados como a tales.”
Por eso, los derechos humanos son sagrados; y violarlos es el sacrilegio más aborrecido. Los “templos vivos de Dios” trabajan, luchan y se organizan por su reparación. La memoria histórica nos dice que así será.
* Ex detenido político. Director de Tiempo Latinoamericano. Biógrafo del Obispo Enrique Angelelli. Ex secretario de Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba. Ex Delegado del Banco de la Provincia de Córdoba. Ex dirigente de la CTA Córdoba
Foto principal: Mechi Ferreyra.
Fuente: www.prensared.org.ar