Cae la noche en el pabellón 6 y ese breve recreo de silencio y calma anima a pedir lo prohibido.
—Arden mis labios por ti / muriéndome de amor / porque eres mi dueña / santiagueña de mi corazón –canta Raúl Augusto “Paco” Bauducco. Su voz suena suave y limpia, con el volumen justo para no alertar a oídos represores. Antonio Marimón, su compañero en la celda 3, le hace la segunda.
Años después, en el exilio mexicano, Antonio escribirá: “A Paco lo mataron de un tiro. Ahora quiero recordar, como el siseo de un pájaro, su tono alto y bien educado, la sonrisa con que me interrumpía por un desacople, por un olvido de la letra, hasta que nuestras voces sonaban autónomas en la miniatura dulce de la zamba”. (1)
—Temblando vuelves a mí / dejándome tu adiós / tus manos pequeñas / santiagueña de mi corazón –canta Paco aunque no tiene su guitarra ni oye los aplausos de las peñas en el Comedor Universitario o en la joven Escuela de Ciencias de la Información de la UNC, donde militaba en los Grupos de Base vinculados al PRT-ERP.
A Paco eso ya no le importa. Canta La Amorosa para sus compañeros y para el hijo que varios muros más allá crece en el vientre de su mujer.
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El 20 de diciembre de 1975, una patota de policías de civil había detenido a Bauducco y su esposa Dora Isabel Caffieri, estudiante avanzada de Arquitectura, embarazada de seis meses. Al allanar la casa, destruyeron los muebles y les robaron una motoneta Siambretta. En el D2, los torturaron y golpearon. A él le fracturaron la clavícula y una costilla. A ella le quitaron la venda para interrogarla, la patearon y amenazaron:
—Te vamos a reventar el hijo que tenés en la barriga.
Dora intentó explicarles que no tenía militancia y su única actividad era terminar su tesis antes de dar a luz.
—Vayan a la facultad, pidan mis notas y van a ver a qué me dedico.
Al arreciar los apremios, reveló un dato que creía salvador:
—El primo de mi marido es el almirante (Emilio) Massera. Llámenlo a él y se van a dar cuenta que acá hubo una equivocación. (2)
Los represores dudaron un instante, pero no le creyeron y la golpiza continuó. Días después, el juez Adolfo Zamboni Ledesma procesó al matrimonio en la causa caratulada “MUÑOZ, María del Rosario y otros p.ss.aa de asociación ilícita y Ley 20.840” y ordenó su traslado a la UP1.
Entre sus compañeros de cautiverio, el lazo de sangre entre Bauducco y el jefe de la Armada era motivo de cargadas: “Che, decile a tu primo que te saque…”. “Pero ahí no había amiguismo ni parentesco que valga. Les pasaban la guillotina a todos”, recuerda el militante sindical Carlos Ríos.
El 6 de marzo del 76, Doris Caffieri fue trasladada a la Maternidad Provincial. Con custodia armada y esposada a la cama, luego de trece horas de trabajo de parto dio a luz a Diego. Un mes después, su abuela materna debió retirarlo de la cárcel ya ocupada por el Ejército.
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5 de julio de 1976, 9.30 horas. Unos cuarenta militares y gendarmes sacan de sus celdas a medio centenar de presos del pabellón 6 de la UP1. A golpes con bastones de goma, culatazos y patadas, los llevan al patio 2 y les ordenan tirarse cuerpo a tierra. Por grupos correspondientes a cada celda, los obligan a desnudarse, ponerse en puntas de pie y apoyarse con las yemas de los dedos contra las paredes. Desde los techos y el mismo patio, una decena y media de fusiles ametralladora les apuntan.
Raúl Bauducco sale a los tropezones del corredor de la golpiza y se apoya en el muro cerca de la puerta. “Parecía aturdido, semidesmayado, se agarraba a la pared tratando de sostenerse, pero luego fue cayendo de rodillas. Era visible que sufría los efectos de un culatazo y no podía sostenerse ni estar en pie”, narra Marimón y cita la orden desaforada del cabo Miguel Ángel Pérez:
—¡Levantáte! ¡Levantate, hijo de puta!
—No puedo –contesta Paco.
El prisionero “cae de rodillas. El cabo ordena que se levante una y otra vez. Bauducco permanece como desvanecido en esa posición. El cabo se aleja. Camina por las espaldas un largo trecho y vuelve. Al encontrarlo igual lo amenaza que va a matarlo si no se levanta. Parte nuevamente”, relata el ex preso político Manuel Canizzo. (3)
Los que están tirados cuerpo a tierra cerca de Bauducco escuchan que el cabo se retira hacia el otro lado del patio. Allí, a la sombra del muro del pabellón 9, está el teniente Enrique Pedro Mones Ruiz.
En su relato, Marimón recuerda que “otro preso que estaba más cerca suyo, le susurraba a Paco apremiándolo:
—Parate. No seas boludo, parate”.
Mientras tanto, Pérez cruza el patio y se cuadra frente a Mones Ruiz. A través de la rendija de una ventana del pabellón 9, Carlos Ríos observa la escena y escucha el diálogo:
—Mi teniente, el prisionero no se quiere levantar.
—Ejecútelo, entonces.
—Mi teniente, lo voy a ejecutar. (4)
El suboficial da una marcial media vuelta, se dirige hacia el prisionero y cumple la orden. “Regresa al rato. Se detiene atrás… Apunta a su cabeza, gatilla…”, concluye Canizzo.
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El compañero que trató de ayudar a Bauducco era Humberto Vera, militante de la Juventud Peronista. En el juicio de 2010, rememoró: “Él estaba arrodillado y Pérez le preguntaba el nombre, le preguntaba cosas, si era estudiante y le decía que se desvistiera. Bauducco no contestaba nada y yo pensé que estaba lastimado o se hacía el lastimado. Pérez se va y yo le digo: ‘Paco, levantate’, pensando que se estaba haciendo el zonzo. Estaba con los ojos abiertos, arrodillado y con unos pantalones gruesos de lana. Vuelve Pérez y le pregunta si sabía rezar. Bauducco estaba con las manos levantadas y Pérez le pegaba con la pistola en las manos. Bauducco le dijo: ‘Ya me voy’. Eso escuché. ‘Ya te vas a ir lo mismo’, dijo Pérez. Y ahí le pegó un tiro. Bauducco cayó sobre la alcantarilla, se sentía el gorgoteo de la sangre cayendo y Pérez se fue como si no hubiera hecho nada”. (5)
Al día siguiente, un parte del Tercer Cuerpo de Ejército publicado en la prensa informó que “mientras se efectuaba un control de rutina (…) Raúl Augusto Bauducco se abalanzó sobre el jefe de la patrulla militar de seguridad intentando arrebatarle el arma reglamentaria. La reacción de este fue instantánea y automática, efectuando un disparo que dio muerte al delincuente subversivo” (6). A instancias del teniente Mones Ruiz, la misma versión rubricó en un informe el director de la cárcel, prefecto José Alberto Torres.
El 27 de agosto, un cable de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), dirigida por el periodista Rodolfo Walsh, difundía el testimonio de los presos testigos del asesinato: “Raúl Bauducco, Paco, recibió varios golpes, uno de ellos en la cabeza, dejándolo semi inconsciente, se le ordenó levantarse lo que el compañero no pudo cumplir, pese a intentarlo. Se nos ordenó desvestirnos, lo que el compañero tampoco consigue hacer, permanece arrodillado a los pies del militar que lo continúa golpeando y ordenándole que se levantara. Continúa la requisa y varios militares lo van a ver ya que permanece en el suelo semidesnudo. Por último se acerca uno de ellos diciéndole ‘empezá a rezar, sabés rezar’. El compañero no responde, permanece de rodillas con la cabeza gacha y la mano estirada pidiendo que lo ayuden a levantarse. El militar le aparta la mano con la goma, saca la pistola, la monta y apunta a la cabeza. Paco, semi inconsciente, le dice: ‘Me voy’. ‘Me voy’… el militar responde ‘bueno, da lo mismo ahora que después’, y le dispara a la cabeza a quemarropa, luego de haberle indicado que mire el caño de la pistola”. (7)
Carlos Ríos guardó en su memoria por 34 años el diálogo entre el cabo Pérez y el teniente Mones Ruiz. En 2010, durante el juicio por los crímenes de la UP1, el ex preso político y dirigente sindical –entonces del gremio de Perkins y luego del Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación– transportó a la audiencia a aquel frío patio carcelario. Su relato fue categórico para desmentir a Mones Ruiz en su versión de que no estuvo presente en el momento del asesinato, porque había acompañado hasta el ingreso a la cárcel a un preso que debía declarar en Tribunales. Acusado sólo por el homicidio de Bauducco, el testimonio evitó la absolución del militar por falta de certeza probatoria.
La mañana del 5 de julio del 76, Ríos vio y escuchó las circunstancias del crimen, por la posición en que se encontraba, en el primer piso del pabellón 9, trepado a una ventana en la que faltaba un pedazo de las tablas con que habían tapado las celosías y con la tranquilidad de que desde el patio no podían verlo. Así pudo observar, junto al dirigente peronista Marcelino Pérez, cómo los militares montaban un operativo de seguridad “con soldados apostados con fusiles FAL y FAP” en el patio de la prisión, a donde hicieron salir desnudos o a medio desnudar a los presos del pabellón 6 para someterlos a “una paliza terrible y movimientos vivos”.
“La requisa era una excusa. Los sacaron al patio y los molieron a palos”, aseguró Ríos. Y la saña se concentró en Bauducco, ya lesionado a raíz de una golpiza sufrida en el D2: “El compañero tocaba la guitarra y decía: ‘Esta no me sale bien, desde que me quebraron el homóplato’”. “Le pegan un montón de palos y uno en el homóplato. Después le pegan otro en la cabeza y queda tirado al lado de un canalón”, narró Ríos.
Entonces, el cabo le ordenó levantarse, pero al prisionero no le quedaban fuerzas. Tras la venia del teniente, el suboficial “le apunta y le hace señas de que se levante con la pistola. El compañero le levanta la mano así… como que no podía. Y el cabo le pega un tiro en la cabeza. Yo no quería creer lo que estaba viendo, pensé que era un simulacro de fusilamiento. Y el compañero que estaba conmigo me dice: ‘No, Negro, lo mató… Mirá las convulsiones que tiene en las piernas’”. Al finalizar su relato, el testigo evocó una imagen: “Después del disparo, se levantaron todas las palomas que había en el patio y casi oscureció”. (8)
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Horas después del crimen, en el pabellón 14, Gloria Di Rienzo tuvo una ingrata tarea: “Raúl Augusto Bauducco era el esposo de una compañera alojada con nosotras, Doris Caffieri. Ese día viene muy alterada, me pide que la acompañe porque desde la ventana de la celda podía ver un preso común en el otro pabellón, que le estaba diciendo algo. ‘Me parece que dice algo de mi compañero’. La acompaño y efectivamente el preso le dice que habían matado a Bauducco en el patio de la cárcel. Era imposible que supiera que le estaba dando la noticia a su propia esposa, pero así fue. Él dice: ‘Mataron a un preso… mataron a Bauducco’”. (9)
En su declaración, Doris Caffieri confirmó el relato y reprodujo el diálogo con señas que mantuvieron con el preso común:
—¿Cómo están?
—Bien. Y los muchachos, ¿cómo están?
—Están mal… mataron a uno.
—¿A quién?
—Gustavo Bauducco.
“El shock fue muy grande porque no se llamaba Gustavo, sino Augusto, pero no había muchas opciones –explicó Caffieri–. Yo tenía la esperanza de que fuera una equivocación, pero las celadoras empezaron a hacerme sugestivamente preguntas que me indicaban que querían saber si yo sabía que él había muerto: ‘¿Tu marido no conoce al nene?’”.
El defensor oficial Luis Eduardo Molina le confirmaría sus sospechas. El 12 de agosto, le comunicó que había sido sobreseída de la causa penal, pero permanecía a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Dora preguntó por su esposo. Con la misma versión mendaz de los informes oficiales, Molina respondió que Bauducco “le había querido arrebatar el arma a un militar y éste en defensa propia lo ultimó”.
—Ustedes son la Justicia, la única esperanza que tenemos, y vienen a querer convencerme de que mi marido era una persona tan imbécil, que nunca manejó un arma y le iba a querer arrebatar un arma a un militar aquí… ¿No les da vergüenza?
En el mismo juicio, el ex cabo Miguel Ángel Pérez, autor material del homicidio, desmintió aquella versión: “No podía ser que se escape un tiro en la cárcel, quedaba mejor decir que Bauducco me quería arrebatar el arma, cosa que no fue así. Por eso negué el accidente. Aquel fatídico 5 de julio, nos llevan a hacer una requisa. Era la primera vez que iba a tomar contacto con ‘delincuentes subversivos tremendamente peligrosos’. (…) Mones Ruiz nos explica de qué se trataba. Nos dice que había que darle apoyo a Gendarmería, que eran los que hacían el operativo. Era la primera vez que teníamos delincuentes terroristas tan cerca. Después supe que se trataba de presos políticos. Hago responsable de arruinarme la vida a los 20 años al Ejército Argentino, por haberme mandado a la cárcel, que no era un destino militar. Yo tenía dos meses de cabo, no tenía experiencia”. (10)
El responsable de la requisa, Enrique Mones Ruiz, procurando contrariar a numerosos testigos que lo vieron en la puerta del pabellón y en el patio, había insistido –en la sala de audiencias y en una inspección en el penal– en que antes del homicidio debió retirarse con un preso que debía declarar en la oficina de Judiciales: “Yo los recibo en este lugar (el patio) y mi sección reforzaba a la Gendarmería. Me retiro con un detenido que estaba apoyado en esa misma pared, aproximadamente entre 20 y 25 minutos (…) Me voy, vuelvo, ingreso y lamentablemente veo una persona tirada en el piso”. (11)
Sin embargo, Pérez no contrarió la declaración de Ríos y los demás ex presos: “Escuchando las declaraciones del señor Mones Ruiz le digo que la responsabilidad no se delega ni se comparte, se asume. El cabo no es culpable de todo. Por último quiero pedirle perdón a la familia Bauducco por haberles arruinado la vida”.
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Entre abril y octubre de 1976, veintinueve presos y presas políticas a disposición de la Justicia federal y el Poder Ejecutivo Nacional en la Unidad Penitenciaria N° 1 de barrio San Martín fueron asesinados con el falso pretexto de intentos de evasión.
El 22 de diciembre de 2010, el Tribunal Oral Federal Nº 1 de Córdoba sentenció a prisión perpetua al dictador Jorge Rafael Videla, el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez y otros catorce represores. La lista de condenados incluyó a Enrique Pedro Mones Ruiz y Miguel Ángel Pérez, culpables de la ejecución de Raúl “Paco” Bauducco. (12)
Durante su alegato final, el ex general Videla amonestó al ex cabo Pérez por echarle la culpa al Ejército “por su propia inoperancia”, en tono de despectivo reproche hacia el suboficial que osó cuestionar la institución. (13)
Raúl Bauducco había nacido en Río Cuarto, el 13 de enero de 1948. Era hijo único de padres mayores. Al momento de su asesinato, tenía 27 años de edad. Al declarar en el juicio, su esposa dijo: “Mis suegros se murieron de tristeza”.
Fuentes
(1) Antonio Marimón, El antiguo alimento de los héroes, (Buenos Aires: Puntosur editores, 1988), 42.
(2) Testimonio de Dora Caffieri de Bauducco en el juicio “VIDELA Jorge Rafael y otros, p.ss.aa imposición de tormentos agravados, homicidio calificado, imposición de tormentos seguidos de muerte, encubrimiento” (Expte. N° 172/09). 11 de noviembre de 2010.
(3) Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, Por la memoria, por la justicia, por un sueño, (Córdoba, 2001), 47.
(4) Testimonio de Carlos Higinio Ríos, juicio Videla, 11 de agosto de 2010, y entrevista con el autor, enero de 2026.
(5) Testimonio de Humberto Eduardo Vera, juicio Videla, 17 de agosto de 2010.
(6) La Voz del Interior, 7 de julio de 1976.
(7) Fusilamiento en una cárcel de Córdoba, ANCLA, 27 de agosto de 1976, Buenos Aires, reproducido en Por la memoria, por la justicia, por un sueño, 87.
(8) Testimonio de Carlos Higinio Ríos, juicio Videla.
(9) Testimonio de Gloria Di Rienzo, juicio Videla, 3 de agosto de 2010.
(10) Declaración de Miguel Ángel Pérez, juicio Videla, 9 de noviembre de 2010.
(11) Declaración Enrique Pedro Mones Ruiz, juicio Videla, 9 de noviembre de 2010.
(12) Sentencia 63/2010, juicio Videla, TOF N° 1 de Córdoba, 22 de diciembre de 2010.
(13) Declaración de Jorge Rafael Videla, juicio Videla, 21 de diciembre de 2010.
*Periodista. Docente universitario
Fuente: www.revistaelsur.com.ar