Por Carlos Rang*
El 16 y 17 de septiembre de 1969 tuvo lugar el “Segundo Rosariazo”, o el “Rosariazo Proletario”. Nombrado por la investigadora del CICSO Beba Balvé como ‘el hecho maldito’, que las clases dominantes quieren esconder porque en ese período —y este hecho particular— fue la síntesis de un proceso y una situación insurreccional de masas, con la emergencia del sujeto de la revolución en Argentina. Fue en este período donde se conformó la llamada alianza básica estratégica, conducida por el proletariado, donde los obreros y estudiantes hicieron el pasaje de movimiento de masas a fuerza social armada moral y materialmente.
La fecha misma, el 16 de septiembre, encierra una profunda contradicción en el calendario de nuestra historia nacional. Es el mojón elegido por la burguesía y el imperialismo para marcar el inicio de sus ofensivas contrarrevolucionarias, pero es simultáneamente el día en que la clase trabajadora y los estudiantes respondieron con la rebelión y la organización. Ese mismo día, pero de 1955, la autodenominada “Revolución Libertadora” concretaba el cobarde bombardeo de la Plaza de Mayo, inaugurando un largo ciclo de terror estatal, proscripción del peronismo y el intento desesperado de disciplinar al movimiento obrero.
Lejos de doblegar al pueblo, aquel golpe y sus secuelas desataron la heroica Resistencia Peronista. En las ciudades fabriles y portuarias como Rosario, esa resistencia echó raíces profundas en las comisiones internas y los barrios obreros, forjando una mística combativa que no paró de acumular bronca y experiencia. Esa continuidad histórica pasó por las huelgas y los planes de lucha contra Frondizi y la aplicación del represivo Plan CONINTES, la heroica lucha por la educación laica o libre en 1958, los Programas de La Falda y Huerta Grande, y el Plan de Lucha de la CGT entre mayo de 1963 y julio de 1965, que incluyó la ocupación simultánea de miles de fábricas en una sola jornada. Todo esto en un contexto internacional de ascenso en las luchas revolucionarias y populares.
Los cambios en la estructura económica con la transformación de la industria manufacturera hacia la gran industria, y luego la entrada de las multinacionales, produjeron grandes cambios en el mundo del trabajo y la economía, generando a la par una profunda crisis de representación política y de todas las instituciones. Así se llegó al clímax de 1969, donde tras el “Cordobazo” estalló el “Segundo Rosariazo”.

A este acontecimiento las clases dominantes tratan de retirarlo del imaginario de las luchas sociales. Se calcula que en esas jornadas rosarinas participaron entre 100.000 y 250.000 personas; es decir, participó el activo, la retaguardia y la reserva del proletariado, unidos fraternalmente a los estudiantes universitarios.
Un somero repaso nos recuerda que la chispa venía de los ferroviarios del Mitre —Talleres de Rosario, Pérez, Villa Diego— y escaló hasta un plenario de 32 gremios de la CGT Unificada de Rosario que decretó el paro de 38 horas para los días 16 y 17. Desde las 10 de la mañana, masivas columnas de ferroviarios, textiles, del vidrio, de la construcción, de Luz y Fuerza, del frigorífico Swift, portuarios y metalúrgicos confluyeron hacia la CGT de calle Córdoba. Los estudiantes se sumaron sin vacilar. Ante la represión policial, el pueblo levantó barricadas, resistió, se reagrupó y desbordó a las fuerzas. Se sumaron los barrios, las amas de casa, los niños; la policía se replegó y el Ejército debió hacerse cargo de la represión. Fue un punto de no retorno: nació una nueva conciencia de clase.
Pero el proceso de lucha de clases no se detuvo allí. La burguesía y los monopolios, al ver amenazado su orden, respondieron con la saña de la reacción. Primero desataron el terror paraestatal de la Triple A, llevándose la vida de compañeros indispensables como Atilio López, un indiscutible cuadro sindical de la UTA, referente de la combativa CGT Córdoba y ex Vicegobernador obrero, destituido y asesinado porque su perfil molestaba al pacto de entrega y al disciplinamiento burgués. Y cuando el terror criminal escaló institucionalmente hacia el genocidio, el 16 de septiembre de 1976, la dictadura civico militar perpetró “La Noche de los Lápices”, secuestrando y desapareciendo a los estudiantes secundarios en La Plata, buscando cortar de cuajo la raíz política de una juventud que se organizaba para transformar el país de raíz.
Hoy nos encontramos nuevamente en una crisis general con cierto grado de descomposición social, con el agravante que luego de la derrota sangrienta de los años 70 y de la deriva estratégica actual en el terreno de la política y la construcción de poder, aún no podemos ver el horizonte de salida. Por este motivo, recordar estas fechas es sumamente importante en el plano estratégico: para estudiar cómo se conforma una fuerza social y cómo se construye el poder por parte de nuestra clase.
La relación social capitalista ya no se puede reformar a favor de nuestros intereses. Por eso, si se quiere una emancipación verdadera, si queremos conducir a un proceso de transformación, tenemos que recrear el suficiente poder necesario que cambie las correlaciones de fuerza entre las masas y el Estado para poder superar este sistema.
Hoy existe una oportunidad y una ventana histórica ya que nos encontramos en el medio de una crisis del capital y de una guerra imperialista donde la clase trabajadora puede y debe ser protagonista.
Es la historia quien nos demuestra que el mundo ha sido forjado siempre por luchas, enfrentamientos e insurrecciones. Los vencedores de entonces nos imponen hoy el diálogo basado en su consenso para erradicar esta historia, nuestra historia, del imaginario popular.
*Docente de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Integrante del Grupo de Trabajo China-CLACSO. Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Río Cuarto. Vocal del Consejo Directivo Provincial (CDP) de ATE Córdoba