Por Juan Carlos Giuliani*
El 16 de marzo de este año se conmemora el septuagésimo séptimo aniversario de la sanción de la Reforma Constitucional de 1949, la institucionalización del mayor nivel de conciencia y organización alcanzados por el pueblo argentino.
Llega un punto en la dinámica del enfrentamiento histórico entre el pueblo y la oligarquía, en el que las transformaciones sociales estratégicas se explicitan en una nueva institucionalidad que exprese la acumulación de poder popular.
La Constitución de 1949, inspirada en Arturo Sampay, es fiel reflejo de esa realidad favorable a los intereses nacionales, populares y revolucionarios. Cuando la relación de fuerzas varió a favor del campo del enemigo, la Constitución Nacional fue derogada en 1956 por un Decreto del tirano Pedro Eugenio Aramburu.
No existe proceso de transformación posible sin una Reforma Constitucional que apunte a saldar una reparación histórica: La recuperación de una concepción de gobierno en la que los sectores populares se constituyen en protagonistas de su propio destino para desterrar los privilegios y la escandalosa desigualdad social que campea por todo el Tercer Mundo.
Las repercusiones institucionales y sociopolíticas de ese cambio conceptual son universales, filosóficas y de valores. Aunque relegado por las urgencias de la coyuntura, se trata de un debate que está latente en las luchas sociales de todo el continente que buscan la formulación de una nueva institucionalidad.
Una institucionalidad fundada en la certeza de que no habrá una nueva matriz distributiva que termine con la pobreza, si no se discute un nuevo modelo productivo para el país, donde se privilegie qué se produce, para quién se produce y en manos de quiénes están los recursos. Es decir, apuntar a una nueva calidad de vida.
Frente a la extrema derecha vendepatria gobernante, no se puede recurrir al “posibilismo”, ni es hora de “moderación” ni “prudencia”. Este momento histórico requiere de audacia, vocación de mayoría y poder popular. No se puede llevar adelante este enfrentamiento entre ajustadores y ajustados, explotadores y explotados, administrando lo existente, sino cambiando de manera radical todo lo que haya que cambiar para transformar esta democracia colonial en una de masas, plebiscitaria, con un amplio protagonismo popular.
Hace casi 80 años, en 1968, durante su exilio en España, Juan Domingo Perón publicó su libro “La Hora de los Pueblos”. El texto expone la visión geopolítica de Perón sobre la descolonización, el auge de los movimientos populares y la necesidad de una integración latinoamericana frente al imperialismo.
En ese escrito puede leerse: “A mucha gente le llama la atención ese estado permanente de perturbación del orden y a menudo de la paz en los países iberoamericanos. Este hecho aparentemente inexplicable para los que no conocen a nuestros países, aparece como hasta natural para los que sabemos cómo se desarrolla la vida real de esos pueblos explotados por el imperialismo, con la complicidad de las oligarquías nativas que medran con ello, amparadas en sus guardias pretorianas, que no titubean en convertir en fuerzas de ocupación cuando peligra ‘la colonia’ o los intereses creados”.
Y añade: “De cuanto venimos hablando se infiere que el problema argentino es un poco el problema del mundo, como lo es el de Brasil, Venezuela, Colombia, etc., y que consiste en la liberación en lo internacional y en las reformas estructurales en lo interno. Sin esas reformas indispensables no habrá paz interior estable y duradera como impone una convivencia creadora, y sin liberación no habrá ni justicia social, ni independencia económica, ni soberanía nacional, factores indispensables de la grandeza nacional, y no saldremos nunca de nuestra triste condición de ‘subdesarrollados’, en tanto seamos tributarios de la explotación imperialista”.
Sostener una doctrina unitaria y antiimperialista, embebidos en la lucha ejemplar que nos legaran los próceres de la Primera Independencia es el pistón que activa los afanes de justicia, soberanía y libertad y le pone voz al grito de los excluidos que conmueve de punta a punta a los pueblos de Nuestra América, amenazados por la injerencia prepotente y descarada del imperio estadounidense.
*Periodista. Escritor. Congresal Nacional de la CTA Autónoma en representación de la provincia de Córdoba