- Referentes de la entidad que representa al sector afirman que la actividad debe salir de la clandestinidad.
- Aseguran que eso ayudaría a mejorar las condiciones de vida de quienes la ejercen.
En el Día Internacional de la Trabajadora Sexual, y la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR-CTA) Córdoba y la Red por el Reconocimiento al Trabajo Sexual decidieron conmemorar la fecha visibilizando sus historias y sus reclamos.
Para ello, han organizado una muestra y conversatorios en el Museo de Antropología para darle impulso a la campaña que busca conseguir la jubilación y una obra social para quienes ejerzan el trabajo sexual en sus distintas formas, ya sea en la calle, en las redes sociales o en otro tipo de espacios. Comenzó el viernes 31 de mayo y se extenderá durante todos los viernes de junio.
Por cada rincón de esta asociación civil, que ya cuenta con 19 años de trayectoria, han pasado mujeres que cargan con las historias más diversas, muchas de ellas cargadas de dolor y carencias. Lo cierto es que muchas han logrado sostener familias completas gracias al cobro de sus servicios sexuales.
Un relevamiento realizado conjuntamente el año pasado por tesistas de la Facultad de Trabajo Social de la UNC y por AMMAR determinó que el 73% son jefas de hogar, el 76% tiene hijos, el 80% son mujeres solteras y el 17% son mujeres trans. El relevamiento, realizado a partir de una muestra de 224 trabajadoras sexuales de Córdoba capital, entre agosto de 2017 y febrero de 2018, también arrojó datos tales como que el 93% no tiene obra social, el 92% no tiene otro trabajo y el 91% no cuenta con una jubilación.
De ahí se desprende la precarización laboral en la que se encuentran y por la que reclaman su inclusión en el sistema previsional y de asistencia de salud, sobre todo para las mayores, que ya no pueden ejercer la tarea.
Eugenia Aravena, referente y fundadora de AMMAR-CTA Córdoba, explica: “Necesitamos librarnos de la discriminación social que hay” y argumenta que provoca que las trabajadoras sexuales se mantengan ocultas y clandestinas, y que sigan llegando a la sede de Ammar “con baja autoestima y mucha culpa”. “La clandestinidad siempre empeora la situación”, agrega.
En ese espacio, ubicado en Maipú al 630, funciona una escuela primaria y secundaria para adultos, una sala cuna de la mañana a la noche, un consultorio ginecológico, un centro de testeo de VIH y de hepatitis B y C, así como el espacio “Primera escucha”, para tratar problemas de adicciones. También ofrecen el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena, hay talleres de oficios con título oficial (repostería, maquillaje, gastronomía, indumentaria textil), un ropero comunitario, y se dictan charlas de prevención de enfermedades de transmisión sexual (ETS), de género y de derechos humanos, entre otras.
“Es increíble lo que hemos logrado en casi 20 años. Cada una de las cosas que tenemos son fruto de convenios con distintas secretarías o ministerios. Hay mucho de tocar puertas y de recorrer, y seguimos avanzando”, dice Aravena en diálogo con La Voz y recuerda que, por su labor, fueron reconocidas con la “cinta roja” que otorga Naciones Unidas en la Conferencia Mundial de Sida.
“De ser históricamente perseguidas, detenidas y golpeadas por la Policía, hoy podemos decir que tenemos una comisión de Seguridad que articula con la Policía para brindar protección a las compañeras. Sí, es verdad que falta aún, pero me gusta ver el vaso medio lleno. Cuando le contamos a las más nuevas las historias que debíamos pasar hace 10 o 20 años, no lo pueden creer”, explica Eugenia.
Y es que recién en 2016 se derogó en Córdoba el artículo 45 del Código de Faltas (cuando se cambió al Código de Convivencia Ciudadana), que establecía que serían arrestadas quienes ejercieran la prostitución. Si bien hoy esta tarea no está reglada, tampoco está prohibida.
Mujeres y trans que han pasado por varias provincias reconocen que en Córdoba hay un avance paulatino en la búsqueda de mejores condiciones de vida. “En noviembre, hicimos el primer encuentro nacional de trabajadoras sexuales. Cada vez hay más compañeras organizándose en distintos lugares, y eso es muy bueno. Hay que erradicar ese tabú y hablar de lo que pasa”, dice Eugenia, quien tiene 38 años, un hijo de 12 y un largo recorrido en la labor.
Trabajo sexual versus trata

Para Eugenia, quienes están en contra del trabajo sexual tienden a mezclar desde el desconocimiento (y la moral) la problemática de la trata de personas, y la explotación sexual con el trabajo sexual propiamente dicho. “No es lo mismo trabajar en un taller textil explotada (porque te pagan poco) que trabajar en un taller textil como víctima de trata, bajo amenazas o engaños, sin documentos”, ejemplifica Eugenia.
AMMAR forma parte de la comisión de lucha contra la trata, la cual articula con la Secretaría de Lucha contra la Violencia a la Mujer y Trata de Personas del Gobierno provincial.
En 2012, cuando surgió la ley que prohibía las whiskerías, la relación entre ambas instituciones se tensó. Posteriormente, se fueron coordinando esfuerzos con el paso de los años, según cuenta Eugenia.
“Muchos opinan, desde el desconocimiento, que este no puede ser un trabajo que una persona elija, pero ¿y ellos qué saben? El trabajo sexual existe y siempre existió, y el eje de la discusión deben ser las condiciones en las que se realiza y cómo hacemos para mejorar la calidad de vida de las compañeras, sobre todo de las más vulnerables”, concluyó Eugenia.
“Hay que construir nuevas formas de afectividad”
“Deseo poder contarles a mis hijos de qué trabajo”
“Sueño con volver a Bell Ville y olvidar todo”
Cecilia. Testimonio de persecución.