Elsa Mura nació aproximadamente en 1935 en San Luis y falleció el 17 de mayo de 2019. Descendiente de comechingones. Campesina. Puntana. Su padre, de extracción anarquista que luego se hizo peronista. Su madre, costurera y socialista. Elsa llegó a Buenos Aires, durante la primera presidencia de Perón, al comienzo de la década del ’50. Estudiaba en una escuela secundaria al mismo tiempo que trabajaba en una fábrica del barrio de Once.
Militante de la Resistencia Peronista, Delegada Gremial de textiles, supo enfrentar a Vandor en una asamblea. Compañera de Adriana Lesgart y Lili Mazaferro. Presa política del 76 al 79 con consejo de guerra, legalizada en la cárcel de Villa Devoto.
Vivió el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955, las bombas cayendo sobre la gente que a esa hora transitaba por la misma, los cadáveres, las criaturas calcinadas dentro de un transporte escolar, luego, el golpe militar y como Perón debió refugiarse en una cañonera paraguaya para no ser asesinado.
En carne propia sufrió el atropello, tanto de los militares llevándose todo por delante, como el de la patronal sometiendo a la “negrada peronista”. El mundo había cambiado de repente y profundamente. Su mundo como el de cualquier trabajador o trabajadora comenzó a ser otro. Opresivo y violento. Defenderse, resistir, pasó a ser la consigna de supervivencia. Ella y sus compañeras improvisaron huelgas, trabajo a desgano, improvisación de actos con marcha peronista incluida, pintadas nocturnas “Perón Vuelve”. De ahí, a ser miembro de la Resistencia Peronista y referente de la Agrupación Evita del Gremio del Vestido, fue una consecuencia lógica y necesaria.
“Entré en la Resistencia medio como jugando, porque a mí, realmente, Perón muchas cosas no me decía… Pero yo no podía quedarme afuera de esas luchas, era una resistencia obrera, de acciones constantes, viajar a todos lados, ir a los plenarios de trabajadores, quedarnos con la camioneta en el camino, …”, contó en una entrevista realizada por Lila Pastoriza en la Revista Haroldo.
“Me acerqué más al peronismo luego, cuando se constituyó la Juventud Peronista. Yo tenía una compañera de fábrica, una negra catamarqueña muy valerosa, gran amiga, que me decía en las corridas: Yo te voy a hacer peronista a vos, ¿qué mierda vas a ser si no?”.
Durante 10 años trabajó en una fábrica metalúrgica. Participó activamente en la ocupación del frigorífico Lisandro de la Torre, durante las 48 horas que duró el paro general en aquel enero del ’59. Ese mismo año además, hubo una huelga metalúrgica que duro 45 días con actos callejeros.
“Todas creíamos que íbamos a perder porque se había hecho muy larga y no teníamos una moneda con qué comer”, recordaba Elsa.
Integrante y cofundadora de la Agrupación Evita del Gremio del Vestido decía que sola se dio cuenta “que era feminista”.
“Trabajé siempre con mujeres. Todas muy luchadoras. Dentro del sindicalismo, hacíamos barra para que nos dieran la palabra, aunque no siempre lo lográbamos. El varón sindicalista no nos daba posibilidades de opinar. Algunos cambios se producen con la CGT de los Argentinos y después, marcadamente, con la CTA (…) Pero creo que mi feminismo empecé a pensarlo cuando estaba en la cárcel, al ver a las mujeres sufrir tanto y al encontrarlas tan dispuestas a alimentar su cuerpo porque la revolución estaba ahí a la vuelta”.
También asegura que todo lo que consiguen las mujeres “les cuesta un montón”. “Creo que no nos vamos a quedar con lo que tenemos ahora. Vamos a seguir avanzando y luchando por nuestros derechos porque lo necesitamos”.

Se hizo famosa entre las chicas de la Resistencia Peronista, poco después de la Huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, mientras enfrentaba a los cosacos de la montada con su gomera.
— “Creo que después de aquella gran huelga, la gomera no dejó nunca de estar en mi mano o en mi bolsillo, iba a todos los lados con ella… Hace poco, yo, en el Encuentro Nacional de Mujeres de La Plata, veía a las compañeras de General Mosconi, cuyas manos mostraban cicatrices y les decía: “La gomera no las tiene que hacer a ustedes, ustedes deben hacer la gomera. Debe tener la cavidad justa de la mano y ser tan suavecita como ella… Y hay que practicar para lograr la puntería”.
— ¿Aún tenés la tuya?
— “No. Me la sacó el Consejo de Guerra en el ’76. La caratularon como arma de guerra. Me preguntaron por qué la tenía. Les dije que era mía desde chica, cuando cazaba vizcachas en pleno campo, en Pedernera, al sur de San Luis, donde viví hasta los 14 años. Allá salíamos con mis primos en las noches de luna a cazar vizcachas. Yo tenía una puntería… Y esa gomera, que traje a Buenos Aires un poco por nostalgia, me sirvió después para defensa.”
En 1976, exactamente el 24 de junio, en un operativo de las Fuerzas Conjuntas, fue detenida. Vivía en una casa en el barrio de Colegiales con sus dos hijas y con una pareja de compañeras. Sufrió interrogatorios y tormentos durante cerca de dos meses en un sitio que no pudo ser ubicado. El Consejo de Guerra N° 1 fue quien la juzgó, acusándola de entrar a la fábrica para movilizar a la gente. “No lo pudieron probar porque yo había sido obrera natural de fábrica toda la vida, desde que vine del campo hasta que me agarraron”
Salió de la cárcel de Villa Devoto a principios de 1978, un año terrible en el que padeció la muerte de su padre, que había enfermado gravemente tras su detención, y luego, en Navidad, de su hija Miriam, muerta en un accidente junto con el novio. A la deriva, sin casa segura, yéndose de los trabajos donde entraba porque sabía que la seguían y controlaban (“me mudé de la casa de Colegiales, que estaba destruida, un día de tormenta huracanada en que nadie podía vigilarme”).
“…fue una etapa de inmensa soledad. Por todo lo que perdí, mi padre, mi hija… Y también por empezar a tomar conciencia de que a los compañeros les habían pasado cosas peores que a mí. No lograba entender que no estuvieran más. Nunca volví a saber de las compañeras de la Agrupación Evita, de Mercedes, una delegada que secuestraron, de tantas otras. Al parecer, sólo yo volví.”
En 2014, en una charla organizada para que contara detalles de su historia de lucha, expresó pausadamente como para que a nadie se le escapen sus palabras: “Tengo que decirlo: No siento que hoy tengamos un movimiento obrero a la altura de la Presidenta que la apoye como es debido”.
Mura, obrera feminista, como solía presentarse, falleció el 17 de mayo de 2019. Tenía 83 años. Su historia, estrechamente enlazada con el desarrollo de movimiento de mujeres en nuestro país, es la de una luchadora sin pausa contra la explotación de los trabajadores y la discriminación de las mujeres.
Nunca dejó de indignarse con los cronistas e historiadores del movimiento obrero que salvo escasas excepciones, ignoraron la participación de las mujeres en las luchas.
“Porque la lucha de los pueblos nunca muere, ni la esperanza, que es como el sol. Alguna vez he pensado que gasté mi vida peleando. Pero… ¿sabés qué? También nos divertíamos y mucho. Estaba la risa, la viveza criolla, cómo nos burlábamos… Hasta de la Montada, de los perros, o de la Policía Caminera, que cerraba la ruta para que no pasáramos y nosotras entrábamos a pata”.
Fuente: Lila Pastoriza para Revista Haroldo
J.R.O. para Pensamiento Discepoleano