Comisión Nacional de Energía Atómica: La reprimarización llegó al átomo

En esta nota, el docente de FAMAF-UNC y especialista en energía, Agustín Sigal, responde a la pregunta: ¿cuál es la razón de ser del desmantelamiento de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA)? Con el reciente achicamiento del organismo como punto de partida, el autor reconstruye el valor estratégico del sector nuclear argentino y plantea que el objetivo no es reducir el Estado, sino desarticular una de las principales capacidades tecnológicas del país. A partir del reciente decreto que redujo drásticamente su estructura, el autor analiza por qué sostiene que la política nuclear argentina atraviesa un proceso de reprimarización que pone en riesgo décadas de desarrollo científico, tecnológico e industrial.

Por Agustín Sigal* para La tinta

Un reactor nuclear no funciona por los átomos, funciona por las relaciones. Para que una reacción en cadena se sostenga, hacen falta tres cosas: material suficiente, distancias precisas y un moderador. Sin una de las tres, no hay energía, la reacción se apaga. El sistema, en la jerga del sector, queda subcrítico.

Nadie firmó un decreto que diga “cerramos la Comisión Nacional de Energía Atómica”. Porque no hace falta. El lunes pasado, el Decreto 655/2026 redujo la estructura de la CNEA de 645 a 272 unidades organizativas: casi un 60% menos. Lo firmaron Milei y Caputo: el organismo depende hoy de la Secretaría de Asuntos Nucleares del Ministerio de Economía. Semanas antes, habían llegado las cartas documento con las primeras decenas de despidos. A quienes quedan les renuevan el contrato cada tres meses: la incertidumbre como método. NO es un cierre, es una sustracción de masa crítica. Como ocurre en cada institución estratégica del país.

La CNEA se creó en 1950. En 1958, Argentina puso en marcha el primer reactor de investigación del hemisferio sur. De ahí, salieron el Balseiro, el Sábato y el Dan Beninson. De ahí, salió INVAP, empresa rionegrina que exporta reactores. De ahí, salió Embalse, en Río Tercero, que además de electricidad, produce cobalto-60 para radioterapia en medio mundo. De ahí, salió el RA-10, casi terminado, llamado a ser el mayor productor de radioisótopos de América Latina, los que tratan cánceres. De ahí, salió el CAREM: un reactor modular pequeño diseñado íntegramente acá, con más del 80% de la obra hecha y 690 millones de dólares puestos. Hoy frenado por el gobierno, como tantos desarrollos. Desmanteladores de sueños, haters anti Argentina: la Argentina es argentina.

Y esto ocurre a contramano del mundo. La IA dispara la demanda eléctrica: los centros de datos consumirán este año unos 1.100 TWh, lo que consume todo Japón. El uranio supera los cien dólares la libra. Cuarenta países amplían su capacidad nuclear y reactores modulares pequeños, como el CAREM, son la vedette del negocio. Argentina llega a esa fiesta con cuarenta años de ventaja y un diseño propio.

¿Cuál es la razón de ser del desmantelamiento? 

La motosierra no cierra como respuesta. Los números de la CNEA son insignificantes al lado de lo que se pone en juego. Es la maniobra de YPF en los 90: vendida por “ineficiente” justo cuando empezaba a dar ganancias.

Hay un plan y el plan es coherente: De ser un país que diseña reactores a ser uno que provee insumos para los reactores de otros. La adición de valor ocurre en el extranjero. En el medio, un memorándum de minerales críticos firmado en 2024 y ratificado en febrero pasado. Y una ley que viene de 1997 y nos deja vulnerables: una opción de compra preferente y la facultad estatal de aprobar, contrato por contrato, cada exportación.


La reprimarización llegó hasta el átomo: no es solo la soja, el gas, el litio, el cobre; es también el único mineral que habíamos aprendido a convertir en combustible, en energía, en medicina, en exportación con firma propia.


El sector nuclear, durante setenta y seis años, bajo gobiernos de todos los signos, es el triángulo de desarrollo que cierra entre el gobierno, la estructura productiva (INVAP, CONUAR, Nucleoeléctrica) y la base científico-tecnológica. No se desarma lo que no funciona, se desarma lo que funciona y molesta. Lo que se desmantela es la capacidad instalada aque brinda independencia.  Río Tercero, Ezeiza, Bariloche, Constituyentes, Zárate: una escuela técnica, un sindicato, una universidad, un hospital y un taller metalúrgico enhebrados por el mismo hilo que une a la ciencia con la política y el territorio. El pibe que aprende a soldar según norma nuclear en la secundaria de un pueblo de Calamuchita está sobre una palanca de igualdad que ninguna transferencia le puede dar.

Como un núcleo inestable, una capacidad también tiene vida media. Y ese tiempo en que desaparece un activo es limitado. El que se fue a Delaware, a Houston o a la minera no vuelve. El proveedor que cerró no reabre. La tesis que no fue no se dirige después. Un reactor que se apaga no se vuelve a encender cuando uno quiere: queda envenenado y a esperar. En ciencia y tecnología, la espera se mide en generaciones.

La masa crítica no se decreta, se junta. Se trata de cuánta gente, cuán cerca y cuánto tiempo. La semana pasada, bajo la nieve, los trabajadores de la CNEA se citaron en Bariloche a pedir por sus compañeros despedidos y por el CAREM. Un reactor no es un artefacto, es un ecosistema, una trama compleja de instituciones y oficios, saberes y decisiones. La soberanía no es una bandera en el suelo: es también saber y hacer, saber hacer y saber leer el contrato.

*Docente de FAMAF – UNC. Especialista en energía

Imagen de portada: A/D

Fuente: www.latinta.com.ar