Por Jesús Chirino*
Fiesta del poder
En 1888, el ingeniero Luis Revol, entonces intendente de la ciudad de Córdoba y prominente figura del conservadurismo político provincial, dio una fiesta a la cual asistieron destacadas figuras de la política mediterránea. Entre los presentes se encontraba el estanciero Marcos N. Juárez, quien a en 1889 asumiría la Gobernación provincial. Jefe político del Departamento Unión, fue legislador y también jefe de la Policía de la capital provincial. Revol estaba casado con María Luisa del Rosario Warcalde, hija de quien fuera el protomédico provincial Luis Warcalde, que intervino en la primera epidemia de cólera de Villa María y Villa Nueva. Luis, fallecido en 1876, también fue periodista, diputado en el Congreso de la Confederación y representante por Córdoba en la Cámara baja del Congreso Nacional.
En aquella lujosa fiesta también estaba Nazario Casas, caudillo del Departamento Tercero Abajo, quien supo ser titular de la jefatura política departamental cuando esta tenía sede en Villa Nueva. El jefe político era una figura designada por el gobernador, ejerciendo como una suerte de delegado del mismo en la región, y tenía a su cargo la Policía.
Por entonces, la Policía no estaba profesionalizada, y tampoco había preocupación por mostrarla con cierto grado de independencia del sector político que ejercía el gobierno.
Otro asistente a la fiesta organizada por el intendente cordobés fue Manuel Torres Cabrera, integrante de la primera Comisión del Jockey Club Córdoba, quien tendría un encontronazo con Casas. Pero antes de contar el encuentro de este personaje de la provincia a finales del siglo XIX con el vecino de Villa María, permítanme narrar un episodio que ejemplifica las maneras de proceder policial y de la jefatura política en la región.
Revólver, tiro y rebencazo
En 1877, el diario La Capital, de Rosario, publicó una nota firmada por Zoraido Ocanto, ciudadano villamariense. En esa misiva criticó al comisario de Policía Manuel Molina y a Belzor Moyano. Los referidos en aquella nota no tomaron con simpatía las críticas y, al encontrar al denunciante en la estación de ferrocarril, lo atacaron. Ocanto se defendió extrayendo un revólver con el cual realizó un disparo. Los agresores no encontraron mejor salida que irse apurados del lugar. Pero Moyano no dejó las cosas así, a las pocas horas pasó frente a la jefatura política, en Villa Nueva, vio que el jefe interino, Martín Lescano, estaba en la puerta y, sabiéndolo partidario de Ocanto, encontró la manera de descargar algo de su rabia, asestándole un golpe con el rebenque.
Luego de ese episodio apareció en escena el titular de la jefatura política, Nazario Casas, quien determinó castigar a los participantes en el desorden. Al escritor de la carta, Ocanto, y a Moyano, quien pegó el rebencazo, les aplicó treinta pesos de multa. En tanto que al comisario Molina, que había agredido a Ocanto en la estación de trenes, le dio diez días de arresto y lo destituyó de su cargo.
Acusa al comisario y su sargento: Uno, borracho; y el otro, asesino
El comisario destituido no se quedó de brazos cruzados y protestó ante el ministro Juárez Celman, quien le mandó una severa nota al jefe político, diciéndole que había tomado medidas que eran exclusivas del Poder Ejecutivo provincial. A Nazario Casas no le debió caer nada bien el reto del ministro y le respondió en una nota fechada el 23 de julio de 1877. En la misiva, que viajó desde Villa Nueva a Córdoba, puede leerse: “Sobre los motivos de la suspensión hecha al comisario Molina, debo decir que desde algún tiempo antes de recibirme en la Jefatura, no había más soldados de policía que el individuo Ángel Maldonado, insigne ladrón y asesino. De una familia inglesa del Carcarañá, el mismo que fugó de la cárcel de Rosario, preso allí por ese hecho, viniendo enseguida a parar a este desgraciado departamento a cometer todo género de maldades y a ocupar el puesto de sargento de Policía, bajo la protección de dicho comisario y don Belsor Moyano, con el nombre supuesto de Cecilio Benítez”. Tanto el comisario Molina como Moyano, que Casas nombra como protectores del policía asesino, fueron los nombrados en la carta publicada en el diario rosarino con la firma de Ocanto.
Pero la nota de Casas al ministro continúa y dice: “También es público y notorio que dicho señor Molina -el comisario- suele embriagarse con frecuencia, provocando así a cuantos encuentra a su paso y produciendo los escándalos consiguientes…”. A todo esto, el jefe político agregó que “las quejas de esta población contra dicho comisario han sido y son tan numerosas y fundadas que la autoridad no ha podido desatenderlas, tomando la medida adoptada en honor a la moral y buen servicio”.
Vecinos apoyan el accionar de Casas
Luego de esto y según recordara Andrés Acheral en una nota publicada por elDiario en enero de 2001, un grupo de vecinos se dirigió, por nota, al gobernador de la provincia, el abogado Antonio del Viso. La carta está fechada el 7 de septiembre de 1877 y resalta la capacidad de Casas para desempeñarse en el cargo que ocupaba. También se señala que “desde el primer momento que el ciudadano don Nazario Casas fue reconocido jefe político hemos recibido beneficios inapreciables. Se ha operado en todos los habitantes un cambio total en sus existencias. Puede decirse sin exageración que se ha vuelto a la vida, después de vivir intranquilos e inseguros, después de que todos los bienes han estado a entera disposición de los ladrones, después de que por largo tiempo se han visto pasear por las calles públicas insignes facinerosos y cantidad de vagos y ladrones”. Con inteligencia, Acheral, al reproducir la nota, señala que debe suponerse que en la misma “hay algo de parcialidad, quizás por razones políticas”. Aquí debe recordarse que Antonio del Viso había asumido la Gobernación en el mes de mayo de ese mismo año, luego de la muerte de Climaco de la Peña, quien había sido elegido por el Colegio Electoral como el gobernador provincial. Del Viso había sido elegido vicegobernador, pero doce días antes de que la fórmula asumiera el mando, de la Peña, luego de asistir a un almuerzo, sufrió una descompostura y falleció.
Es claro que la nota de los vecinos tiene un tinte político, tal cual lo sintoniza Acheral. Apoyan el accionar del caudillo político Casas y su Policía que actuaba contra los facinerosos, ladrones, y también contra aquellos que no tenían ocupaciones laborales: los “vagos”. La Policía, como brazo armado del sector político gobernante, se manejaba a partir de la visión ideológica del mismo. El ejercicio del poder político tenía, como siempre, una parte que era llevada adelante por la Policía.
La muerte de Casas y la complejidad del análisis histórico de la Policía
Regresando a la fiesta organizada por el intendente cordobés, mencionada al principio de la nota, tenemos que allí, Nazario Casas se encontró con Manuel Torres Cabrera. Acheral señala que se “dijeron algo en voz baja y salieron a la calle sin que nadie lo notase. Al rato se escuchó una detonación. Se produjo un gran revuelo y cuando salieron los invitados encontraron a Nazario Casas atravesado por un balazo”. Así terminó sus días, cerca de los 60 años, el caudillo del Departamento Tercero Abajo.
Casas, político que manejó la Policía regional, actuó dentro de la legislación y los usos y costumbres de su tiempo. Al recordar su paso por la función pública, cuando la política no intentaba presentar el accionar policial como algo aséptico y sin contenido ideológico, donde no se disimulaba la estrecha relación entre los hombres del poder político y los jefes policiales, podemos tomar una distancia prudencial del accionar de este importante elemento en el ejercicio del poder y así analizarlo sin enturbiadores apasionamientos. En el caso de los historiadores, analizar que la historia de la institución policial no solo es el relevamiento de quienes ocuparon cargos, o las modificaciones legales que le afectaron. Quizás también podamos analizar el delito dentro de esas fuerzas (en el último tiempo hay muchos comisarios y policías de distintos grados implicados en delitos) y no subirse con facilidad al dicho fácil de que los policías delincuentes son una suerte de “infiltrados” en la institución. También, analizar que en varias épocas, desde los medios, cuando se habla de delitos, se le otorga casi exclusividad a la fuente policial, soslayando otras fuentes, incluso a la comunidad. Esto último suele notarse cuando los medios han publicado estadísticas acerca de la seguridad y el delito con datos proporcionados por una de las instituciones que tiene responsabilidad en la cuestión. La historia no solo actúa con el pasado, sino que permite, entre otras cosas, pensar el presente. Y para cerrar, no puede olvidarse que la tipificación de un delito es una cuestión ideológica/política. Eso explica que, muchas veces, lo que no es delito en un momento sí lo es en otra época de la historia, o lo es en un país y al cruzar la frontera es algo permitido. Así, en un momento, no era delito ni falta limpiar vidrios en una esquina, y en otro, el legislador decidió que eso sería reprimido con el accionar policial.
*Docente. Periodista
Ilustración de portada: Raúl Olcelli
Fuente: www.eldiariocba.com.ar