Tamberas, caciques, ganaderas, docentes, tejedoras, agrónomas, y la lista sigue y sigue: alrededor de 400 participantes de 23 provincias llegaron desde el campo a la ciudad de Mar del Plata para compartir sus realidades en un foro y entrega de premios organizado por la asociación Mujeres de la Ruralidad Argentina. Recuperamos algunas de las tantas historias de vida que confluyeron en este evento y que sostienen territorios en las diversas geografías de nuestro país.
Por Lucía Maina Waisman para La tinta
La ruralidad es uno de los ámbitos donde queda mucho por hacer para transformar la desigualdad de género. “El campo” ha permanecido como un rubro asociado a la masculinidad, pero las distintas geografías de nuestro país están llenas de mujeres y diversidades que forman parte y hacen posible la vida rural, y cuyo protagonismo crece cada vez más. El 3° Foro de Género y Ruralidad realizado el pasado 3 de octubre en Mar del Plata permitió poner en escena una gran diversidad de vidas e historias que así lo demuestran, desde Jujuy hasta Tierra del Fuego.
“Con los pies en la tierra y el futuro entre las manos” fue el lema del foro organizado por la Asociación civil Mujeres de la Ruralidad Argentina (MRA), días antes del 39° Encuentro Plurinacional en Córdoba y en un contexto nacional marcado por la lucha contra de la extranjerización de la tierra. Además de charlas y paneles, incluyó la entrega de los Premios Lía Encalada en su quinta edición, un “reconocimiento a las mujeres que, desde distintos ámbitos, transforman la ruralidad, generan oportunidades y construyen presente y futuro en sus territorios”, como lo definen las organizadoras.
La gran mayoría de las 209 postuladas a esta distinción estuvo presente en el evento en la costa Argentina, de las cuales fueron finalmente distinguidas 26 mujeres y una agrupación. Pero el premio mayor, como muchas expresaron, fue encontrarse, conocer y compartir sus realidades, poder salir de sus lugares tierra adentro y, para algunas, conocer el mar. Compartir juntas ese horizonte.
Los datos del informe Brechas de género en la ruralidad argentina de MRA evidencian algunos de los desafíos pendientes: mientras las mujeres producen más de la mitad de los alimentos en las Américas, en Argentina, solo el 20% de las propietarias de tierras son mujeres. En cuanto a las personas asalariadas agrarias, solo el 14% son mujeres. Estas desigualdades responden a dinámicas culturales que invisibilizan su rol productivo y comunitario.

“Es muy difícil para nosotras: el Estado mismo está a favor de empresarios que compran y venden tierra”
“Estamos casi en el monte todavía, gracias a Dios, en mi comunidad, no sufrimos desmonte, pero hay comunidades que están sufriendo, desalojo también. Como mujer, veo que para enfrentar esa problemática necesitamos un acompañamiento, porque es muy difícil para nosotras: el Estado mismo está a favor de empresarios que compran y venden tierra”, dice Juanita González, cacique de la comunidad Mbya Guaraní Yvytú Porá, ubicada en Aristóbulo del Valle, provincia de Misiones.
Desde su rol de liderazgo comunitario, lleva años en defensa del territorio y la cultura de su pueblo, y coordina acciones con diversas instituciones y organizaciones. Además, cuenta, trabaja en “consejería para los jóvenes de la comunidad, embarazo adolescente, violencia familiar”. Por todo este trabajo, también recibió una distinción en Mar del Plata: “Para mí, fue muy emocionante porque, después de muchos años, se reconoció un pueblo originario guaraní y que, como mujeres, hacemos muchas tareas y es tiempo de que se sepa valorar también”, dice Juanita.

“Tengo a cargo entre 500 y 600 vacas madres con sus crías”
“Soy empleada rural, desarrollo mi actividad como peón mensual hace cinco años, me dedico a la cría y recría en dos campos”, cuenta Fernanda Lorena Cairo de Laprida, provincia de Buenos Aires, ganadora del premio Lía Encalada en la categoría Trabajadora rural.
Fernanda estudió y trabajó en la ciudad hasta que decidió empezar una nueva etapa en el campo, donde se mudó junto a una de sus hijas, de la cual se encuentra plenamente a cargo debido a que sufre una discapacidad.
“En lo cotidiano, yo trabajo exclusivamente con varones, entonces llega un momento en que pasan desapercibidas un montón de cuestiones, pero cuando te juntas así, ves que no somos casos aislados. La participación de las mujeres es fundamental en trabajos que, por tanto tiempo, fueron exclusivamente de hombres”, expresa en el marco del Foro.
“Estamos con nuestras utopías en lugares muy aislados, donde el Estado se ha retirado”
Lucrecia Gil Villanueva vive desde hace treinta años en Santiago del Estero, pero es nacida en Capital Federal, su familia proviene de Catamarca y es diaguita cacán, y su trabajo se extiende por toda la región del Chaco argentino, además de tejer red con otros países latinoamericanos. Su trabajo se centra en acompañar y defender los derechos de mujeres campesinas e indígenas que viven en la ruralidad profunda, cuyo principal problema es la escasez del agua: “Cuidan un ecosistema muy frágil, que es el del Chaco Seco, y producen para el consumo familiar y un poco para el excedente”, dice y destaca sus dificultades para acceder a la titularidad de la tierra.
Lucrecia trabaja desde organizaciones de la sociedad civil, pero cuenta: “Durante mucho tiempo, trabajé para la Secretaría de Agricultura Familiar del Ministerio de Agroindustria de Nación, que hoy ya no existe”. “Estamos con nuestras utopías en lugares muy aislados, a veces muy solas, en contextos donde el Estado se ha retirado del todo, doblemente a pulmón. Entonces, poder encontrarnos siempre es la posibilidad de reconocer lo que cada una hace individualmente y darle potencia colectiva”, agrega sobre el foro de Género y Ruralidad, donde recibió una mención especial.
“Tratamos de que las mujeres sepamos el valor que tiene nuestro trabajo, un trabajo artesanal”
“En Chaco el 99,99% de la producción de algodón es transgénico. Nosotros, al producir el algodón con enfoque agroecológico, se siembra en forma asociada con alimentos como zapallo, maíz, mandioca, batata y se cuida la salud de los consumidores”, cuenta Alejandra Gómez sobre la red No’oxonec – Agroecología de Frontera que coordina, una organización chaqueña integrada por alrededor de 40 familias criollas y de comunidades qom de cinco localidades de la provincia.

Además de la producción, hacen agregado de valor en origen para fortalecer la economía regional: “Se cosecha en forma manual. Las mismas organizaciones locales se encargan de llevar a desmotar en el INTA Sáenz Peña, por un convenio que tenemos, y se hace agregado de valor con hilo y tejidos artesanales, y también se manda a hilar en forma industrial. Se prioriza que sea un insumo para los grupos de mujeres tejedoras y las diseñadoras locales. Y después, se abre a comercializaciones del resto del país. Lo que tratamos es que las mujeres sepamos el valor que tiene nuestro trabajo, un trabajo artesanal, que aparte es único e irrepetible”, dice Alejandra.
“Me dedico a defender el agua de mi departamento”
Gladys Liliana Mamani vive en el departamento de Andalgalá, Catamarca, donde produce alimentos regionales: “Me dedico a hacer dulces, empanadas, comidas, para poder con mi casa, con los gastos. Y también a defender el agua de mi departamento”. Desde hace años, ella junto a sus vecinxs participan en la lucha contra la megaminería, primero, contra la mina Bajo de la Alumbrera y, ahora, contra el proyecto Agua Rica que busca la extracción de cobre, oro, plata y molibdeno.
“Todos los sábados hacemos caminata con vecinos. Vamos por la caminata 880: la empresa Glencore, que está a cargo del proyecto, no tiene licencia social, pero el Gobierno no da lugar a que haya otra economía”, dice Gladys y cuenta que está procesada por esta lucha. “Tenemos plantas de nueces, de duraznos, hay fábricas de dulces, de masa, pero todo eso se lo contamina si se explota el proyecto de Aguas Rica, que está ahí, en el centro del agua que consumimos. Si no tenés agua, no vivís, no comés, no nada”, agrega.


Cuidados socioecológicos
Historias como estas abren el amplio abanico de trabajos productivos y de cuidados que realizan las mujeres de la ruralidad argentina y que se evidencian en las diversas categorías del premio Lía Encalada: agricultura, agroecología, comunicación, cooperativismo, economías regionales, educación rural, ganadería, gremialismo agropecuario, investigación e innovación tecnológica, jóvenes rurales, lechería, salud, servicios agropecuarios, sostenibilidad ambiental, trabajadora rural, trabajo social-comunitario, valor agregado y, por último, grupos y asociaciones de mujeres.
Hoy, cada una de las mujeres que viajaron a Mar del Plata están de vuelta en su tierra: Mariela Chávez, con su trabajo comunitario en la zona de La Rinconada, Córdoba; María Esther Amher, llevando adelante dos tambos junto a su familia en San Jerónimo Norte, Santa Fe; Lili Machaca, en la comunidad de Aguanera, Quebrada de Escoipe en Salta, con su agrupación para hacer crecer la cultura y economía de su región. Cada una en su trabajo del día a día, invisible y lejano para las mayorías de la gran ciudad, pero fundamental en el sostén de los territorios y de la vida.
Fuente: www.latinta.com.ar