Como Discépolo, al igual que Homero Manzi y otros representantes auténticos del arte popular, Cátulo Castillo fue bastante más que un mero poeta de tango. Como bien sintetiza Horacio Ferrer: “Cátulo es el pueblo. Y además de ser el pueblo, es un pueblo él solo…”.
Nacido en la calle Castro al 900 de Buenos Aires –el 6 de agosto de 1906- vivió parte de su infancia en Chile, donde su padre, el dramaturgo José González Castillo, debió exiliarse a causa de sus ideas libertarias. Ya afincado en Buenos Aires, en 1923, compone “Organito de la tarde”, su primer tango. Por la misma época practica boxeo, llegando a ser campeón argentino de peso pluma y preseleccionado para las Olimpíadas de Ámsterdam. En 1926, con las regalías de sus tangos, viaja por primera vez a Europa, donde luego va a dirigir su propia orquesta.
A principios de la década del ’30, otra vez en Buenos Aires, obtiene por concurso una de las cátedras del Conservatorio Municipal Manuel de Falla. Ante la hostilidad de sus colegas que lo menosprecian por ser músico de tango, se repliega en los estudios musicales. Hacia 1950 llegará a ser director de dicho Conservatorio, cargo con el que se jubiló.
Pero esa no fue su única actividad. En los ’40 y ’50, cuando el tango vuelve a alcanzar el auge de antaño, se consagra a la poesía y escribe con los compositores más destacados: Mores (“Patio de la Morocha”), Pontier (“Anoche”), Pugliese (“Una vez”), Piana (“Tinta Roja” y “Caserón de tejas”) y su gran colaborador desde 1945: Aníbal Troilo (“María”, “La última curda”, “Una canción”).
En esos años, se dedicó al periodismo en diversas revistas, publicó el libro “Danzas Argentinas” (1953), hizo canciones para distintas películas, escribió el sainete lírico “El patio de la Morocha” (con música de Troilo), fue secretario y presidente de SADAIC en distintos ciclos. Asimismo, publica colaboraciones en “La Prensa”, por entonces en manos de la CGT, donde su amigo César Tiempo dirige el suplemento dominical. Hasta que en 1953, ante las iras de la crítica oligárquica, será designado presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Nación.
Ernesto Sanmartino, el radical unionista que bautizó a las masas peronistas como “aluvión zoológico”, se lamentaba entonces en un diario de Montevideo: “El país que produjo a Sarmiento, Guido Spano, Lugones, Almafuerte, Hernández, Rojas y tantos otros escritores y poetas famosos, sufre hoy el ludibrio de tener como máximo representante de su cultura al autor del sainete ‘El patio de la Morocha’. Allí, el presidente de la Comisión Nacional de Cultura hace la apología del tango en octosílabos: ‘Y concilió los rezongos/ de la pollera escarlata/ de alguna paica mulata/ por el barrio del mondongo’… Cien versos más de ese tenor orillero y de esa musa repulsiva podríamos reproducir. ¡Son engendros del presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la República Argentina! ¡Oh manes de la Patria! ¡Oh dioses del Olimpo! ¿Cuándo tendremos nuevas Termopilas?”
Desdichadamente, las Termopilas por las que clamaba el tonante gentilhombre llegaron, cruentas, poco después y Cátulo, poeta depuesto (como Marechal, como Rega Molina o Vaccarezza) se va a replegar con Amanda, su mujer y los incontables perros que solía recoger de la calle, a una casita del Gran Buenos Aires, en Ciudad Evita, que a partir de 1955 toma el nombre de Ciudad General Belgrano.
La esposa de Cátulo, Amanda Peluffo, se refiere en estos términos a aquella época: “Lo teníamos todo y de pronto, en 1955, nos quedamos sin nada. Cayó Perón, llegó la Libertadora y a Cátulo lo echaron de todas partes. Ya no pudo tener cátedras, ni dirigir SADAIC, ni estar en Cultura. Ni siquiera pudo cobrar sus derechos de autor porque SADAIC, precisamente, fue intervenida. En el peor momento, hasta llegaron a prohibir que se pasaran sus temas por radio. No le perdonaron nada. Para empezar que un tanguero estuviera en Cultura. Después, que haya sido el primero en llevar el tango al Colón… Vendimos todo y nos recluimos. Cátulo escribía tangos, pintaba al estilo de Quinquela y… Pero sobre todo, descubrió su amor por los animales. Llegamos a tener 95 perros, 19 gatos y dos corderitos: Juan y Domingo”.
Con el deshielo de los ’60, vuelve a la plena actividad. De esa etapa es “Y a mi qué”, una radiografía de la época: “El santo de la historia es un ladrón / y alterna el zangoria con Napoleón”. Ya la época de oro del tango ha pasado, pero él sigue componiendo, escribiendo guiones radiales, trabajando en SADAIC. Publica la novela “Amalio Reyes un hombre”, que lleva al cine Hugo del Carril, y concibe con el músico Rubén Mazza, la cantata “Evamérica”, homenaje, aún inédito, a la abanderada de los humildes.
También publica “Prostibulario”, acerca del cual se cartea con Perón, en 1971.
Su obra resulta indiscutible, por los notables éxitos alcanzados: “María”, “El último café”, “La última curda”, “La calesita”, “Café de los Angelitos”, “Desencuentro”, “Y a mi qué”, “El trompo azul”, “La cantina”, “A Homero”, “Arrabalera”, “Mensaje”, “Tinta Roja”, “Patio mío”, “Caserón de tejas” y tantos otros. Por eso –más allá de resquemores por sus posiciones políticas- en 1974, la Sala de Representantes de Buenos Aires lo designa Ciudadano Ilustre de la Ciudad. A recibir el galardón, Cátulo relató esta breve fábula: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ‘¿Pájaros o gusanos?’ -inquiría Cátulo- he aquí una pregunta clave”. Que él supo responder ejemplarmente, a lo largo de su trayectoria.
Fallece el 19 de octubre de 1975.
J.C.Jara, Los Malditos, Volúmen I, Página 252, Ediciones Madres de Plaza de Mayo)
Fuente: Pensamiento Discepoleano