El Malón de la Paz

Por Marcelo Valko

En mayo de 1946, iniciaba su marcha desde el norte argentino el Malón de la Paz, como se conoció a la delegación de las comunidades kollas que se dirigió a Buenos Aires para llevarle al nuevo gobierno de Perón el reclamo por la restitución de sus tierras. 

A mediados del siglo XX, las comunidades kollas de Jujuy y Salta continuaban padeciendo condiciones de explotación extremas: usurpación de territorios, castigos corporales y hasta el medieval derecho de pernada por el cual los hacendados abusaban sexualmente de las mujeres. Por ello, y por las expectativas generadas ante las promesas del nuevo gobierno, las comunidades deciden llevar su principal reclamo a Buenos Aires: la restitución de sus tierras. Durante casi tres meses de caminata, el Malón de la Paz y sus 174 integrantes estuvieron instalados como tema cotidiano en los medios de difusión. Radios, periódicos y noticieros como Sucesos Argentinos se ocuparon de los kollas, brindándoles un espacio destacado con titulares, entrevistas y primeras planas. Este insólito interés por una protesta indígena se relacionaba con el propósito inicial del gobierno de convertir el justo reclamo kolla en un ejemplo de los alcances de la nueva Justicia Social. Cuando el Malón de la Paz ingresó a la provincia de Buenos Aires, millares de personas salieron a su encuentro y, emulando sus reclamos, se crearon varios comités Pro Reforma Agraria. El 3 de agosto, finalmente, el Malón de la Paz llegaba a Plaza de Mayo, siendo aclamado por una multitud. En un episodio inédito, en el balcón de la Casa Rosada varios de sus integrantes fueron abrazados por el presidente Perón, quien aseguró: “den por hecho lo pedido”. Paradójicamente, tras la apoteótica recepción, los indígenas argentinos fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes.

El gobierno, advirtiendo los apoyos obtenidos por el Malón, comprendió que había ingresado en un terreno peligroso. Si otorgaba las parcelas, podría lanzarse sobre el Ejecutivo una lluvia de reclamos de indígenas y chacareros necesitados de tierras. El presidente no tenía demasiadas opciones: expropiar y devolver la tierra a los kollas o quitarlos  de la vidriera nacional. Y es así que desaparecieron de los medios de comunicación. Tres semanas después de su llegada, una fuerza conjunta compuesta por cientos de soldados de la marina de guerra y una brigada lanzagases de la Policía Federal rodeó el Hotel de los Inmigrantes para desalojarlos. Los maloneros fueron secuestrados y arrojados dentro de un tren que marchó de regreso con custodia armada hasta Abra Pampa, Jujuy.

Todo el racismo que había permanecido agazapado en los márgenes de las notas periodísticas afloró incontenible. De la noche a la mañana se “descubre” que los kollas “no eran indios”, y mucho menos, argentinos. Aprovechando su procedencia norteña se los “bolivianiza”. Uno de los ejemplos más patéticos fue protagonizado por el diputado jujeño Teodoro Saravia, cuando gritó desde su banca: “en Jujuy no existen indios ni kollas”. ¡Santo remedio! Si no eran indios, ni argentinos, el problema de las tierras desaparecía.

Más allá de intereses que aún hoy intentan negar e invisibilizar la existencia de un país pluriétnico, las voces del Malón de la Paz continúan vigentes, la memoria intacta y un nuevo paradigma asoma en el horizonte. Es lento, pero viene…

Fuente: www.historiaobrera.org.ar