Por Damian Leandro Zanni
Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años un fenómeno perturbador: La indiferencia de los alumnos ante la historia “oficial”, esa historia moldeada por un pequeño grupo de intelectuales porteños del Siglo XIX Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Domingo F. Sarmiento y continuada durante elSsiglo XX por sus herederos en la Academia, en especial Ricardo Levene.
Esa corriente, elevada a dogma desde la caída de Rosas, se convirtió en el armazón de los manuales escolares que exaltan las reformas liberales de la Asamblea del XIII, glorifican la Asociación de Mayo y canonizan sin discusión a Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Avellaneda, mientras ridiculizan o demonizan a los caudillos federales y borran sistemáticamente cualquier experiencia política o económica que implicara autonomía nacional, protección industrial o resistencia al dominio extranjero.
Una historia contada por los vencedores de Caseros
La versión oficial no nació inocentemente: fue fraguada por Mitre y López como justificación ideológica del orden impuesto tras Caseros.
Mitre, además de político, fue periodista, presidente y, sobre todo, constructor de un relato histórico al servicio de un proyecto político unitario y liberal. Su monumental Historia de Belgrano y San Martín consolidó la lectura porteñocéntrica: Buenos Aires como faro civilizador, el interior como barbarie; los caudillos como estorbo para el progreso; Rosas como tirano; la Confederación como atraso; y la dependencia hacia Gran Bretaña como “apertura al mundo”.
A este núcleo fundacional se sumó más tarde Vicente Fidel López, quien reforzó el mismo esquema moralizante y anticaudillesco, y luego Sarmiento, cuyo Facundo fue incorporado como pieza clave en la demonización de la campaña y la justificación del dominio del “partido de la civilización”.
Ya en el Siglo XX, la Academia Nacional de la Historia, dirigida por Ricardo Levene, consagró esta versión como verdad oficial, descalificando toda interpretación distinta como “revisionismo polémico” o “apología del autoritarismo”. Levene sistematizó el canon mitrista y lo blindó institucionalmente: manuales, efemérides, monumentos, libros escolares, programas de estudio, currículas universitarias y la difusión masiva de una épica liberal sin fisuras.
Por eso se dice, con justicia, que Levene es el continuador profesional de Mitre: Aquello que el caudillo de la pluma creó como relato partidario, Levene lo convirtió en dogma pedagógico nacional.
Un relato sin vida, un patriotismo sin pueblo
Por eso los alumnos se aburren: La historia que se les enseña es la de Mitre-López-Sarmiento-Levene, una narración abstracta, moralizante, europeizante, obsesionada con Rivadavia y la Asociación de Mayo, pero incapaz de conectar con las inquietudes reales del país.
Esa historia exalta como “próceres civiles” a quienes predicaron la imitación de Europa y la sumisión al capital extranjero, mientras omite o denigra a quienes defendieron la autonomía económica, la industria nacional, la soberanía territorial o la unidad política de la patria.
Por eso no sorprende que los jóvenes incluso los de origen extranjero rechacen esa versión hueca. Sí se apasionan cuando se les habla sinceramente de comercio exterior, de dependencia, de imperialismos viejos y nuevos, de defensas nacionales: porque esas cosas tocan la vida real, no el bronce vacío.
La historia oficial como proyecto político
No es casual la monotonía ni la omisión: La historia oficial nació como instrumento político, no como búsqueda de verdad.
Su función fue justificar la supremacía de Buenos Aires, legitimar la entrega económica, demonizar todo liderazgo popular y anular cualquier precedente de política nacional independiente.
Alberdi, aunque liberal, denunció este despotismo dogmático ejercido por Mitre y Sarmiento en la interpretación de la historia: “Han establecido un Alcorán”, dijo, “que es de ley aceptar”.
La falsificación no fue un error accidental: fue una política de Estado, transmitida por: la Academia Nacional de la Historia, los manuales escolares, la prensa porteña (La Nación, La Prensa), las universidades nacionales, la red monumental (calles Rivadavia, Sarmiento, Mitre, Avellaneda en cada ciudad del país), las efemérides patrias,
y todo un aparato cultural destinado a borrar al federalismo y a Rosas, y a enaltecer al liberalismo dependiente.
La Guerra del Paraguay: El ejemplo más brutal de la falsificación Mitrista
En ninguna parte se ve más clara la falsificación Mitrista que en la Guerra del Paraguay.
Mitre fingió neutralidad mientras colaboraba plenamente con Brasil y con los intereses británicos que buscaban destruir la industria paraguaya. La prensa mitrista incluido Sarmiento agitó la hostilidad contra Solano López, y
Mitre consintió el uso de aguas y territorio argentino por parte del Imperio.
Todo mientras negaba formalmente cualquier intervención, aun cuando Inglaterra y su ministro Elizalde estaban directamente involucrados en el tratado secreto de la Triple Alianza.
Lo que la historia oficial presenta como una cruzada civilizadora fue, en realidad, una guerra de exterminio apoyada cuando no dirigida por intereses ajenos a la Argentina.
Ante todo esto, el renacer del Revisionismo
Los jóvenes no se entusiasman con la historia oficial porque perciben, aunque no lo sepan explicar, la existencia de una gran mistificación.
De allí surge el renacer de los estudios históricos con orientación nacional: Saldías, Quesada, Ibarguren, los Irazusta, Molinari, Scalabrini Ortiz, Chávez, Rosa. Ellos demostraron las fallas, omisiones y adulteraciones del canon mitrista y devolvieron a la historia argentina su sentido profundo: el de la lucha por la independencia económica, la integridad territorial y la soberanía nacional.
En esa reconstrucción, la figura de Rosas denostada por Mitre, López, Sarmiento y Levene reaparece con claridad: no como tirano, sino como defensor heroico de la unidad y la independencia.
Y esto explica el odio visceral que le profesaron los ideólogos liberales: Rosas es la antítesis perfecta de su proyecto de subordinación económica y cultural.
Fuente: Revisionismo Histórico Argentino