La segunda desaparición de Avelino Bazán

La Biblioteca Nacional presentó en Buenos Aires un libro del histórico dirigente minero de Jujuy, desaparecido por el terrorismo de Estado. La nota que sigue trata sobre esto y los modos de recordarlo, o de invisibilizarlo.
Por Reynaldo Castro, Página 12, 26 de septiembre de 2026
I. EL RIGOR DE LA TINTA OFICIAL
Navegar por el portal web de la Universidad Nacional de Jujuy (UNJu) es sumergirse en un oasis de rigor burocrático. Allí reposa el documento “Historia de la Universidad Nacional de Jujuy (1972- 2015)”, un texto que ostenta la firma de Gabriel Lagos. Es reconfortante saber que las instituciones delegan la reconstrucción de su pasado en especialistas de la historia. Solo un ojo entrenado en la academia sabe discernir qué nombres merecen bronce y cuáles merecen el olvido.
La prosa de Lagos nos recuerda la importancia capital de una historia profunda, de esas que no omiten los cimientos reales ni a las personas que hicieron posible el milagro de la educación superior en el norte. Tan meticuloso es el texto que, a falta de antecedentes universitarios locales, se remonta con justa admiración al doctor Salvador Mazza y las paredes científicas de la MEPRA en la década de 1920. Si el edificio existía, la genealogía legal quedaba resuelta.
Las leyes de la física y el hormigón primero; la política, si eso, después.
II. EL OBRERO QUE SE ATREVIÓ A PENSAR
Resulta molesto para las cronologías frías recordar que el primer hombre que soñó con una universidad local no vestía guardapolvo blanco ni ostentaba un doctorado de la UBA. Se llamaba Avelino Bazán. Nació en los márgenes geográficos de la patria, en La Quiaca, el 17 de marzo de 1930. Su currículum académico era alarmante para las élites coloniales: apenas había cursado el primer año de la escuela secundaria técnica. Era un obrero. Un peón de garaje que, sin títulos colgados en la pared, poseía la insolente inteligencia de comprender que una universidad pública en Jujuy no era un lujo de doctores, sino la única vía de escape a la explotación para los hijos de los trabajadores del socavón. Con esa lucidez, se convirtió en líder del Sindicato de Obreros de Mina Aguilar (SOMA) y, en marzo de 1966, asumió como diputado provincial. Su primer acto de “indisciplina” legislativa fue presentar el proyecto de ley para crear la Universidad Provincial de Jujuy.
Sin embargo, en junio de ese año, la dictadura de Onganía lanzó a sus hombres uniformados a disolver legislaturas y perseguir a cualquiera con el hábito de pensar. El mandato de Bazán fue aplastado. Años después, confinado por otra dictadura en las celdas de la Cárcel de Villa Gorriti y en la Unidad 9 de La Plata, volcó su lucidez en cuadernos clandestinos. De las sombras de esas rejas nacieron sus grandes obras testimoniales: El por qué de mi lucha y su vívido retrato de la Puna profunda, Voces del socavón: relatos, vivencias y sucesos en El Aguilar.
Tras una breve libertad, el 26 de octubre de 1978, un grupo de tareas lo interceptó en pleno centro jujeño. Lo subieron a un auto y lo convirtieron en un desaparecido. Para quienes nacieron en democracia: ser desaparecido significó que el Estado usara toda su fuerza clandestina para secuestrarte, borrar tu rastro material, negar tu existencia y asesinarte en las sombras, robándole a tu familia hasta el derecho elemental de enterrar tu cuerpo.
Mientras el Estado negaba su crimen y su paradero, aquellos cuadernos de la cárcel comenzaron a circular de mano en mano en la clandestinidad, mediante ediciones precarias y artesanales sostenidas a pulmón por sus familiares y amigos, salvando su pensamiento del vacío absoluto.
III. LA PULCRITUD DEL BORRADOR CIENTÍFICO
Pero la historia es cíclica y a veces adopta modales más refinados. A Bazán ya no le hace falta que lo persiga el aparato represivo del Estado; ahora lo disciplina la metodología historiográfica. Hemos asistido a la segunda desaparición de Avelino Bazán, esta vez perpetrada no por un grupo parapolicial en las sombras, sino por un texto paracientífico que lo borra de la memoria oficial de la UNJu con la elegancia de un borrador de tinta. Es una ironía sublime: la universidad que hoy goza de presupuestos y autonomía prefiere explicar su nacimiento a través de expedientes ejecutados por la dictadura de Lanusse en los 70, antes que reconocer el proyecto del legislador obrero de 1966.
El “Plan Taquini” y los decretos burocráticos son presentados como la verdadera génesis. El intento de Bazán se descarta bajo la etiqueta técnica del “hecho no consumado”. Si las botas militares te impidieron inaugurar las aulas, entonces tu idea nunca existió para la web institucional. El terrorismo de Estado te quita la vida, y el paper oficial te quita la autoría intelectual. Una sincronización perfecta entre el fusil y el teclado oficial de un Magister.
IV. LAS PIEDRAS QUE GRITAN BAJO EL PAPEL
La historia oficial de la UNJu padece de una amnesia selectiva que resulta vergonzosa. Al ocultar el nombre de Avelino Bazán detrás de decretos firmados por dictadores, la institución no solo falsea su propio origen, sino que comete un acto de cobardía académica: prefiere la comodidad del expediente administrativo al reconocimiento del mártir obrero que la ideó.
Cuando la universidad intenta simular empatía, el resultado es el escarnio editorial. Existe una edición de Voces del Socavón financiada en conjunto por el Ministerio de Educación de Jujuy, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y la propia Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNJu. El objeto físico es una radiografía de la desidia: un prólogo que falsamente la cataloga como “primera edición”, la repetición del grosero error de llamarlo “libro póstumo” (ignorando la condición de desaparecido de su autor) y unas “Palabras preliminares” donde el entonces decano Ricardo Slavutsky y el rector Rodolfo Tecchi prometían solemnemente una “difusión masiva y gratuita”.
La realidad de esa promesa fue un fantasma. Salió a la luz bajo la precaria etiqueta de “edición del autor” porque tres colosos institucionales no fueron capaces de conseguir un sello editorial digno que informara la tirada. La obra pasó totalmente desapercibida para los jujeños, sin una sola reseña ni comentario crítico en la academia. El colmo de la torpeza institucional quedó sellado en el registro legal del ISBN, donde figura como autora Olga Graciela Ovalle —la compañera de Bazán—, invisibilizando legalmente al propio dirigente minero de los registros informáticos.
Mientras la burocracia académica local lo condena al anonimato en sus portales y lo maltrata en sus imprentas, el verdadero rescate llegó desde afuera. En abril de este año, Ediciones Biblioteca Nacional publicó formalmente Voces del socavón dentro de sus colecciones especiales, devolviéndole a Bazán el estatus de intelectual de la Puna que su propia tierra le niega. Cuando la burocracia insiste en sepultar las ideas bajo montañas de expedientes técnicos o ediciones negligentes, el testimonio enterrado siempre encuentra la grieta para brotar. Una universidad que borra o maltrata de sus textos al pensador que le dio origen, no está educando; está encubriendo su propio pasado.
Fuente: Pensamiento Discepoleano