Olga García, maestra de Almafuerte, dictaba clases en San Agustín. En 1976 era secuestrada, torturada y estuvo detenida cuatro años. Hoy lucha por la memoria.
A Olga, maestra de segundo grado, la pasaban a buscar los alumnos y las alumnas del Colegio San José, ubicado en San Agustín. Corría el año 1976 y ese ritual se reiteraba de lunes a viernes, cuando las pequeñas y pequeños, tocaban a la puerta de la casa de sus abuelos. “Uno de ellos era el que siempre llegaba primero para llevarme el portafolios y así íbamos, en grupo, hasta la escuela”, recuerda con nostalgia sobre aquel tiempo.
Oriunda de Almafuerte, Olga se había mudado a San Agustín, población de la región, para dictar clases. Por ello residía en la casa de sus abuelos, vecinos de la localidad. Simultáneamente cursaba la última etapa en la carrera de psicopedagogía que había iniciado en Río Cuarto. Ya había usurpado el poder la dictadura cívico-militar de los setenta, y la de Olga, era una de las carreras, como otras, consideradas “subversivas”.
La joven maestra transcurría sus días en la pequeña población rodeada de sierras y naturaleza en Calamuchita. Esos eran sus paisajes, que hoy están bien presentes en sus recuerdos. Eran sus paisajes naturales, pero también humanos, porque además de su abuela y abuelo, estaban esas niñas y esos niños a los que enseñaba.
Una madrugada fría, antes de la llegada de la primavera, esos paisajes, dejaron de serlo, y trocaron a una pesadilla. Fueron fuertes golpes en la puerta de la casa, luego la irrupción de individuos encapuchados y armados, el secuestro, un simulacro de fusilamiento, los interrogatorios, la tortura y por casi cuatro años detenida.
“Las luchas legítimas por los derechos”
Había estudiado en el primario como en el secundario en Almafuerte, egresando luego como maestra. Era muy joven, apenas 17 años contaba cuando se recibía. Y allí, inmediatamente comenzaba a dictar clases: “Mi primera escuela fue la Remedios Escalada de San Martín”. Posteriormente surgió la posibilidad de trabajar en Río Cuarto.
Era una escuela “urbano marginal”. En dicha ciudad, contaba con la posibilidad de dictar clases y, simultáneamente, cursar una carrera superior. Había mucho que le gustaba -suele recordar- como periodismo, pero también la abogacía y la educación física, aunque con un detalle: ya era maestra. Cuando no estaba la UNRC (inaugurada en 1972), comenzó un año antes en el Instituto Superior de Ciencias, psicopedagogía.
Llegó la Universidad Nacional y se planteó “un conflicto, una lucha del estudiantado, al no reconocerse nuestros años de estudios, como de los compañeros y compañeras de la Universidad del Centro”, rememoraba en una entrevista de hace algunos años. “Y yo integraba desde que había ingresado a cursar el Centro de Estudiantes”.
La carrera de psicopedagogía era de cuatro años. En unas vacaciones en el sur del país conocía que en una escuela de frontera hacían falta maestras. Allí fue cuando imaginó permanecer durante enero en esas vacaciones y retomar luego sus estudios. Retornó a Río Cuarto, pero volvió y se presentó en la supervisión de zona, obteniendo el cargo para dictar clases allí. La escuela estaba ubicada a dos kilómetros de la frontera.
Entre quienes recibían clases había niñas y niños mapuches: “Me tocó luchar mucho por la discriminación a los pueblos originarios”. En una nota con el programa El Espejo, explicaba: “En mi vida siempre fue muy natural luchar por los derechos porque fui educada así. Hubo una familia que me mostró ese camino y legitimó esa lucha; desde siempre, me enseñaron que los derechos se consiguen luchando y es legítimo luchar por lo que nos pertenece, tal vez porque vengo de una abuela originaria, que me marcó mucho”.
Su abuela era de los Quilmes. “Yo vengo de ese pueblo originario y de inmigrantes italianos; uno viene también de luchas y dolores ancestrales”. El abuelo, casado con esa mujer de raíces originarias, procedía de un “pueblo sufrido” del norte de Italia: “Reivindica también esa parte de mis ancestros, porque fue un soñador, que de demócrata pasó a ser un militante peronista; por él, aprendí a leer a los cuatro años. Todo eso te forma”.
“Yo estaba feliz”
Olga fue marcada por las luchas de sus ancestros y por sus propias luchas. Tras aquellos reclamos estudiantiles, se había logrado la posibilidad de cursar la carrera en la UNRC. Era 1975, rendía las materias y le restaba sólo un año. Ya era un tiempo convulsionado, con secuestros, violencia, represión y también desapariciones. La nefasta actuación de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) estaba marcando el camino para lo que llegaría.
Algunas y algunos de quienes habían compartido con ella aquellas luchas, estaban detenidas y detenidos. Cuando despuntaba 1976 le ofrecían un cargo docente en el Colegio San José de San Agustín. Sus abuelos vivían en la población de Calamuchita. Creyó que era la oportunidad de aceptar ese cargo y compartir ese tiempo con su abuela y abuelo. Y así fue. Se fue a vivir a San Agustín, con la intención de terminar las materias que le quedaban en un instituto de Córdoba. Rememora ese momento como una “etapa feliz” de su vida.
No obstante, no estaba ajena a lo que estaba sucediendo en el país. No lo desconocía y sufría por ello. Tenía 25 años, y también había comenzado a imaginar un proyecto de familia. Salía con un joven de la población. Hasta proyectaba casarse a fin de año, y vivirían en una casa pequeña, cerca de su abuela y abuelo, a una cuadra.
La madrugada más terrible
Fue en una madrugada del 9 de septiembre de 1976, cuando ya estaban preparando los festejos para la llegada de la Primavera. Allí comenzaba otra etapa que la marcaba para siempre, desde el dolor y la impotencia. Una patota llegaba a la casa. Ingresaban directamente al dormitorio. Olga intuye hoy que contaban con la información detallada de como era la vivienda. “Qué van a ser policías ustedes, si están encapuchados”, les dijo.
La arrebataban de la cama en la que estaba descansando. Siempre recuerda, porque todo fue muy rápido, la angustia de sus abuelos, y el automóvil que estaba afuera: era un Renault 12 de color blanco. Era una noche helada. Hacía poco había nevado cerca del pueblo, en Calmayo, hacia las sierras. Cuando pasaban por el comedor, alcanzaba a tomar un abrigo, que apenas podía colocarse. Luego comenzaba esa pesadilla.
La arrojaban al interior del auto, la encapuchaban, la ataban con sogas plásticas y la tiraban al piso. Comenzaban los golpes y el “interrogatorio”. Preguntaba por qué la llevaban. Caía en la cuenta, entonces, que era mejor permanecer en silencio, porque en cada oportunidad en la que hablaba, era golpeada aún más. A pesar de estar encapuchada, por las luces y la trayectoria del auto, se percataba del destino: era la ciudad de Río Cuarto.
Los interrogantes, mientras la golpeaban, no tenían relación con su vida. “¿Y a vos cómo te fue en Monte Chingolo?”, le preguntaba uno de los captores. Se trataba de un operativo realizado por el ERP. Le preguntaban por las actividades de su novio, que no militaba en organizaciones. Había integrado, pero hacía algunos años, la JP. Ya avanzado el viaje, ingresaban a un camino de tierra. Estima ahora que fue cerca de Río Cuarto.
La preguntaban por datos de personas de Calamuchita, que Olga desconocía. “Ya que no vas a hablar te vamos a matar”, sentenciaban. La bajaban del auto, armando un simulacro de fusilamiento. Olga, rearma en este presente aquel momento del pasado: “Puedo asegurar, que aun sintiendo tan cerca la muerte, tuve tal tranquilidad de conciencia”.
Realizaba un repaso de su vida, y se decía: “Hasta aquí llegamos, he sido coherente con lo que he pensado y no tengo de qué arrepentirme”, recordaba en la entrevista televisiva. Sólo pensaba en lo qué iban a decir a la mañana siguiente de su muerte, cuando encontraran su cuerpo. “Y van a decir lo mismo que dicen de tantos compañeros y compañeras, que sacan de la cárcel, que fraguan enfrentamientos y los fusilan”, imaginaba.
Fueron unos minutos con ese simulacro que para la joven maestra se hicieron eternos en esa madrugada. Tras subirla nuevamente al auto, llegaban a la Central de Policía de Río Cuarto. Así lo recordó en una entrevista reciente en la emisora Mestiza Rock, en el contexto de las actividades por “La Semana para la Memoria”, en Almafuerte.
Fue ingresada en Río Cuarto a un calabozo frío. Permanentemente eran golpeadas todas las personas que estaban en el lugar. Y Olga no era la excepción. Cada interrogatorio era una “sesión de golpes”. En ocasiones los llevaban, sin preguntarles nada. “Sólo eran golpes”.
En uno de esos momentos, recuerda que había personal militar. “Creo que ustedes se equivocan conmigo, yo no cometí ningún delito”, les dijo. Uno de ellos, le respondió: “Ya sabemos que no cometiste delitos; que no pusiste un caño (una bomba); que no agarraste un fierro (un arma); que no estuviste en la lucha armada, pero vos sos muy peligrosa ideológicamente, y lo que nos importa es la gente con algún desarrollo ideológico”.
En ese contexto de dolor y angustia, cuando Olga era detenida, otros presos comunes se encontraban en ese lugar. “¡Trajeron a una maestra!”, exclamaba uno de ellos. Dos días después, como algo que rememora de aquel momento de angustia, el 11 de septiembre, Día del Maestro, le cantaron desde sus celdas, “La Rosarito Vera”.
El arsenal de Olga
“Recuerdo que en medio de todo eso, busco en mi bolsillos y encuentro mi único arsenal, que eran las tizas de colores con las que enseñaba a mis alumnas y alumnos, que llevaba a la escuela”, grafica Olga. “Ese era el grado de peligrosidad que tenía, sí, ese era el grado de peligrosidad que yo tenía en aquel momento”, reflexiona en la reciente entrevista radial.
Que estuviera detenida en una dependencia policial o en una cárcel común y que no fuera un centro clandestino -recuerda-, no le aseguraba estar a salvo de ser asesinada. Había ocurrido, por ejemplo, en uno de los penales de Córdoba, en donde detenidos a disposición de un Juez Federal, habían sido fusilados, explica. “Nada te garantizaba la vida”, señala.
De la central de policía, era trasladada a la cárcel de Río Cuarto. Y era llevada a Córdoba. Allí permanecía detenida en una pequeña celda, casi sin ventilación. Olga debía aspirar algo de aire por la hendija inferior de la puerta. “De allí me quedaron mis problemas de salud, mis bronquitis recurrentes”, recuerda. Aquel momento de su detención fue en la Unidad Penitenciaria 1 de San Martín (UP1). Olga no conocía el tiempo que estaría detenida, si saldría finalmente o si sería asesinada, como había sucedido con otras personas.
Lo ocurrido en ese lugar de Córdoba fue reconstruido en base a informes y testimonios de muchos de los detenidos políticos que pasaron por esa cárcel ubicada en la capital.
Para esta maestra, que creó y lleva adelante el “Grupo por la Memoria de Almafuerte”, aquella etapa de su existencia, exactamente tres años y siete meses, con el paso del tiempo fue capitalizada. Dice que le permitió conocer en profundidad el dolor, y reafirmar aún más sus convicciones. No era la única docente detenida. Explica que los presos que estaban allí, no podían comprender que hubiera maestras privadas de su libertad en el lugar.
Olga la estaba pasando realmente mal. Sus condiciones físicas eran muy complicadas. Recuerda que prácticamente no podía respirar. En ese lugar, comenzaba a tomar más conciencia del horror que se estaba viviendo, a conocer, por caso, de quienes habían sido fusilados. El sitio de su detención era muy reducido; las ventanas estaban cerradas, con un camastro de cemento y un colchón. No tenía aire y descubría que entre la puerta y el piso había un espacio. Allí se tiraba para lograr aspirar algo del aire que provenía del exterior.
Cuando apenas la habían ingresado al penal, lo primero que pudo ver fue a una mujer en una cama ortopédica. Era una psicóloga de Villa María a la que habían baleado y tenía un proyectil de un fusil en la columna, por lo que había quedado hemipléjica. Allí también se encontró con mujeres detenidas. Eran madres que buscaban a sus hijos.
Olga recuerda que el contacto con las familias era casi nulo. La única manera de conocer que sus seres queridos se encontraban con vida, era por lo que les llevaban. En su caso, el guardia le entregaba elementos, como un jabón y otros, le hacía firmar un papel en donde constaba que los recibía, pero también su madre, que acudía a la cárcel para dejarlos, debía hacerlo. Con el tiempo conoció que su madre, luego de dejar esos elementos, permanecía durante horas afuera del penal para, de alguna manera, estar con ella en ese día.
Un 24 de diciembre, Nochebuena, le permitieron ver a su mamá y a una tía. Ocurrió en la previa a la Navidad de 1976. Allí tuvo contacto con ellas, que le proveyeron algo de fuerza para sobrellevar ese momento. Y recuerda, con nostalgia y ternura, que desde una de las celdas, el cantante de Los Olimañeros, Braulio López, también detenido en el penal, fue levantado por otros dos presos, y le cantó desde una pequeña ventana a esa joven maestra “La Niña de Guatemala”. Hoy, cuando se encuentran -dice- Braulio le canta ese tema.
Aquellas tizas que habían quedado en sus bolsillos, previa a la madrugada del secuestro, suele recordar siempre, eran un elemento al que aferrarse, esa conexión indispensable con el lugar de donde la habían arrebatado.
Buenos Aires

Olga fue trasladada a una cárcel federal de Buenos Aires. Finalmente la llevaron a Coordinación Federal en donde le indicaron que quedaría en libertad al día siguiente. Retornaba al penal esperando ese momento. No conocía concretamente si así sería o podía formar parte de quienes luego eran asesinados y desaparecidos.
“Reuní mis cosas, lo poco que tenía, me despedí de mis compañeras, compañeros, y me vuelven a llevar a coordinación federal. Allí me tuvieron todo el día, en el que me decían ‘no, vos no te vas, porque tenés una causa en La Plata’, cuando no había estado allí”, recuerda. Y prosigue: “Yo tenía mucho temor porque sabía que muchos de mis compañeros, quedaban en libertad, pero eran secuestrados en la vía pública, siendo desaparecidos definitivamente. Legalmente quedaban en libertad, pero después eran asesinados”.
Allí estuvo hasta cerca de las 21. Después de casi cuatro años, recuerda, “no conocía el valor del dinero”. “Tenía algo porque mis familiares me dejaban para comprar algún alimento, reforzar lo que comía, aunque de igual manera estaba en condiciones lamentables”, señala sobre aquel momento. Otros presos comunes reunieron algo más completando lo que le saldría el pasaje para viajar a la provincia de Córdoba, a su pueblo, su casa.
Alrededor de las 21 le dijeron que se fuera. La joven maestra salió de aquel lugar. “No tenía documentos, y me dejan sola en la puerta, en el inmenso Buenos Aires”, dice. En ese momento, un hombre mayor, bajaba por las escalinatas del edificio. Recuerda que el mismo había a ido a reclamar por su esposa que estaba detenida. “El hombre, un anciano, iba caminando adelante mío por esas escalinatas, y fue cuando se da vuelta y me pregunta adónde iba. ‘Recién me liberan, soy una detenida política’, le explico y le cuento brevemente de mi situación. Este señor me lleva hasta la estación terminal de ómnibus. Si existe un Ángel de la Guarda, ese fue el mío”, asegura.
Ya en la terminal, el último coche que salía hacia Córdoba y Almafuerte era de la ya inexistente empresa Colta. “Justo salía y había sólo un asiento libre. Él me saca el pasaje, me acompaña, me siento y viajo a Almafuerte, con todo el miedo, la inseguridad, el dolor, y allí comenzó otra historia que fue reinsertarme en la sociedad”, recuerda
La vida, la paz y esas tizas

Olga, como pudo y con todas sus fuerzas, se reincorporó a la sociedad. Claro que no le fue fácil. En plena dictadura, aún menos. Es calma al hablar y transmite paz al escucharla, pero no por ello, es alguien que haya renunciado al grito y pedido de Justicia, desde siempre. Ha militado y milita por los Derechos Humanos. En su ciudad, Almafuerte, creó el “Grupo por la Memoria”. El mismo, este año, cumple una década creando precisamente Memoria.
Nunca renunció a sus convicciones, ni nunca dejó de imaginar un mundo más justo y en paz, pero con vida. No con el atropello a la misma. Aquel proyecto personal de la suya que imaginaba siendo maestra a los 25 años, no fue el que soñaba en aquel momento. Nacía otro, colectivo. En ocasiones prefiere que su historia particular no sea el centro de atención, sino que es -remarca- “una historia más de muchas historias de aquel momento”.
“Después de cuatro años me reencontré con mis alumnas y alumnos”, recuerda conmovida. Y marca un detalle de aquel tiempo: luego de liberada, ya en Almafuerte, se detuvo al frente de su casa un automóvil. “Era uno de mis alumnos de San Agustín con su familia que venía a verme, era el más travieso del grado”, se emociona.
Con el retorno de la democracia ella también volvía al dictado de clases. La docencia, como el derecho a la vida, la libertad, la verdad, la Justicia, el recuerdo y reivindicación de quienes fueron víctimas del terrorismo de Estado, fueron la columna vertebral, y lo siguen siendo, de todos estos años. Olga no formó una familia, en el formato tradicional, pero su familia y sus hijos del corazón son muchas y muchos. Nunca dejó de señalarlo, afirmarlo.
Los Derechos Humanos han sido su obsesión. El reclamo de Justicia, su vida y su lucha. Transmitir lo que se padeció en aquel momento a las nuevas generaciones, aquellas nacidas en democracia, ha sido también su objetivo. No es extraño que en cada 24 de marzo, cuando se recuerda aquel nefasto día de la Argentina, en las actividades previstas en Almafuerte, antes y después de la fecha, sean jóvenes quienes participen en los actos.
“La vida me devolvió con creces todo lo que había perdido en aquella madrugada”, afirma. Pudo perderlo todo, incluso la vida, y lo recuperó todo, de otra manera. La noticia llegó hace poco más de dos años. Uno de sus sobrinos, como otras y otros, su hijo del corazón, le informaba: “Vas a ser abuela”. Su nieto del corazón le otorga felicidad a sus días en estos días. Una felicidad más en medio de sus luchas por la memoria y la Justicia.
Las tizas de Olga, para enseñarle a sus alumnas y alumnos, con los que caminaba a la escuela, aquellas que eran su “arsenal”, cuando fue secuestrada en esa madrugada fría de un septiembre de 1976 en San Agustín, siguen recorriendo las pizarras de la memoria, de su propia memoria y de una más amplia, la colectiva, por la que sigue apostando y luchando.
Sus tizas, siguen dibujando trazos por la memoria.
*Locutor. Periodista. Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock. Autor de los libros: “Noviembre” (1997) y “Esquirlas de Noviembre” (2011)
Fuente: www.3rionoticias.com.ar