Molino Minetti: De los silos a las tablas

Por Guillermina Delupi

 Fotografía: Diego Cabrera

La batalla por los derechos laborales en el Molino Minetti terminó en derrota judicial y victoria política. El Observatorio de Conflictos Laborales de Córdoba de la UNC puso de relieve cómo la precarización patronal chocó contra una auto-organización obrera inédita. El conflicto subió a los silos para visibilizar la resistencia y hoy, en clave de teatro comunitario, reivindica el triunfo subjetivo de la memoria y el vínculo colectivo.
En el complejo tapiz del mundo laboral cordobés, donde la precarización y la subjetividad individualista redefinen las reglas del juego, emerge la historia de los trabajadores del Molino Minetti. Una lucha que, a pesar de la derrota en el fuero legal, se alzó victoriosa en el plano humano y colectivo, y que ahora se resignifica en las tablas.

De la mano de un Observatorio que intenta mapear las nuevas morfologías laborales y la conflictividad en torno al trabajo en la provincia, una pieza teatral que honra la memoria y la resistencia resalta cómo la solidaridad se cocinó a fuego lento, en el vientre de un conflicto que puso en jaque la hegemonía patronal.

El Observatorio de Conflictos Laborales de Córdoba nació en 2012 como un proyecto de extensión de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y buscó inicialmente la arista laboral de la conflictividad. En palabras de su directora, la doctora Susana Roitman, el objetivo era “investigar las ondas de la conflictividad, los conflictos crónicos y después los conflictos puntuales, que llamamos conflictos en el lugar de trabajo”.

La línea de tiempo de la conflictividad cordobesa tiene hitos resonantes como el de Volkswagen en 2013, el de la UTA en 2017, y en un lugar de especial interés, el de Minetti (entre los años 2015 y 2019).

La magíster Fabiana Visintini, quien se incorporó al Observatorio en 2016 y es junto a Roitman, la productora de la obra de teatro que hoy lleva a escena aquel conflicto, remarca la necesidad de ampliar los formatos de divulgación académica y aporta una clave en torno a la particularidad de los hechos en Minetti: “Era todo tan cinematográfico, tan visual”, dice. Sucede que la historia de Minetti contiene a todos los actores de la sociedad cordobesa: una familia con un oscuro entramado de negocios y vínculos con la dictadura en Tucumán (el caso del ingenio La Fronterita), el Poder Ejecutivo, los medios de comunicación y, claro, los trabajadores.

De la dilación al despido masivo

Eduardo Rivarola, ex-trabajador despedido de Molino Minetti y hoy estudiante de Historia en el Instituto de Culturas Aborígenes, vivió en carne propia el proceso de lucha. Recuerda ante revista El Sur que el conflicto se dividió en dos grandes momentos: el primero, entre 2014 y 2015, fue cuando la patronal empezó con la táctica de dejar de pagar los sueldos o retrasarse en la fecha de pago, un accionar que Rivarola define como común. En ese momento la planta, de unos 250 trabajadores, estaba dividida: la mitad eran empleados efectivos y la otra mitad, contratados por consultoras, una figura de precarización que se acentuó tras la desregulación de los noventa. A los contratados se les pagaba en término; a los efectivos, no. El reclamo se bifurcó: los contratados exigían pasar a planta permanente; los efectivos, cobrar en tiempo y forma.

No pasaría demasiado tiempo hasta que la chispa de la organización prendiera, aunque de manera informal; es decir, por fuera del gremio.

Esta auto-organización logró tras un año de lucha, asambleas y audiencias en el Ministerio de Trabajo, que la empresa cediera: los contratados pasaron a planta permanente y se comprometieron a regularizar los pagos.

El segundo acto del drama, en 2019, fue la estocada final: luego de un periodo de aparente “normalidad” (desde 2016 hasta 2018), la empresa volvió a incumplir, excusándose en problemas de liquidez y financieros. Entonces las asambleas recrudecieron.

En noviembre de 2019, tras meses sin cobrar, llegó el telegrama de despido al 100% de los trabajadores, “por supuesto con justificaciones para no pagar indemnización”, recuerda Rivarola.

Cien metros sobre el suelo

El conflicto alcanzó su punto más álgido con una estrategia de resistencia que se volvió tan impactante como simbólica: la toma de los silos. Un grupo de trabajadores -Rivarola entre ellos- decidió ingresar a la fuerza y subir a la cima de los silos, a “cien metros de altura”, para intentar hacer más visible su reclamo. “Era algo que tenía mucha fuerza simbólica”, relata Roitman, al recordar las figuras diminutas que, megáfono en mano, cada hora gritaban: “Estamos aquí”.

Este acto de desesperación y firmeza se convirtió en una trinchera inexpugnable. Durante 15 días, el barrio se plagó de operativos policiales, camiones hidrantes y policía montada, pero el desalojo nunca se concretó. El riesgo era real: los silos estaban llenos de trigo, y una chispa podía causar una tragedia, algo que los dueños, según Rivarola, sabían perfectamente.

A la par de la resistencia arriba, la solidaridad tejía una red abajo. Compañeras y esposas de los trabajadores crearon una Comisión de Mujeres, organizando la logística, el diálogo con la prensa, la recepción de donaciones y el acompañamiento. En un contexto teñido por la falta de obra social y, por supuesto, de los salarios de sus compañeros, ellas cargaban con el peso de la manutención y el cuidado; y fueron el motor y la voz ante los medios.

Un caso que ilustra la dimensión de la lucha fue el de Maximiliano Gómez, una figura central para los trabajadores, a quien la empresa judicializó como “cabecilla de ese grupo de cuasi terroristas”, que falleció de un infarto tiempo después, “muy tomado por el conflicto”, según recuerdan sus compañeros.

Un amargo desenlace

El desenlace fue amargo en términos objetivos. Los trabajadores decidieron bajar y retirarse mientras la respuesta de la Justicia era la imputación penal por turbación de la posesión. Dieciocho trabajadores, varios de los cuales ni siquiera habían participado en las asambleas, fueron procesados, enjuiciados y condenados. Cuatro de ellos recibieron una pena de prisión condicional, evidenciando el mecanismo aleccionador y disciplinador del sistema.

A pesar de la derrota legal y de los arreglos extorsivos que forzaron a muchos trabajadores a aceptar pagos a la baja para “zafar” de la acusación penal, la experiencia dejó una marca imborrable. Roitman dice: “La sensación es que hubo un triunfo subjetivo, ellos sintieron que esa solidaridad fue algo lindo”.

La lucha se sube a las tablas

La idea de llevar el conflicto al teatro nació de la conciencia de que esta historia debía quedar registrada para ejercitar la memoria y divulgarse más allá del ámbito académico. Así, con dirección de Marxela Etchichury y la colaboración de todo el colectivo, se creó “Molineros. Una historia de lucha, esperanza y anhelos”.

La obra, -en la que el mismo Rivarola actúa interpretándose a sí mismo como trabajador-, busca ser un granito de arena en la historia de los conflictos laborales de Córdoba.

Visintini, por su parte, resalta el mensaje de esta puesta en escena: “A pesar de todo lo vivido hay un sentimiento y un vínculo que se generó y que toda esa presión por parte de los patrones no pudo romper. Entonces la obra es una reivindicación del momento, un acto de memoria que busca que las nuevas generaciones, que empiezan a trabajar sin un precio de sueldo, entiendan qué significa ser un trabajador con derechos y la importancia de que la protesta debe estar ahí”.

Hoy, con la realidad de fábricas y empresas que cierran, la obra de los Molineros es un espejo, un recordatorio potente de que, incluso en la derrota más dura, la organización desde las bases y la solidaridad horizontal pueden construir un relato de resistencia colectiva que perdure en el tiempo. Y que, a veces, la verdadera victoria está en el abrazo entre compañeros.

Arte y resistencia

La lucha de los trabajadores del Molino Minetti, que pasó del fragor de las asambleas a la tensión en la cima de los silos hoy tiene su merecido lugar en el escenario. “Molineros. Una historia de lucha, esperanza y anhelos” es un acto de memoria colectiva impulsado por la idea y producción general de las investigadoras Susana Roitman y Fabiana Visintini.

Bajo la dirección de Marxela Etchichury, la obra le pone cuerpo y voz a los héroes de esta historia, poniendo de relieve el entramado de conflictos, traiciones y la solidaridad inquebrantable que forjó un vínculo que ni el despido ni la judicialización pudieron romper. Molineros cuenta con la participación de ex trabajadores de Minetti en el elenco, garantizando que el latido de la experiencia real se sienta en cada escena.La obra se estrenó el 24 de octubre en el Teatro La Luna y volvió a escena el sábado 8 de noviembre en el Teatro La Calle (Rodríguez Peña esquina General Bustos, Barrio Cofico).

En una suerte de gesto de apoyo a la cultura y la memoria, la entrada fue gratis y la salida, a la gorra. Subieron a escena Eduardo Rivarola, Iva Puche, Susana Roitman, Pablo Mambo, Aldo Blanco, Ana Seppi, Fernando Gómez, Mateo Visintini, Pedro Spinosa y Siripo Carducci. La escenografía y técnica estuvo a cargo de Nacho Lozada y Ximena Cabral se ocupó del diseño y las artes visuales.

Foto de portada: Visintini, Roitman y Rivarola, tres de los protagonistas de Molineros, una historia de lucha y esperanza

Fuente: www.revistaelsur.com.ar