Por Fabián García
Pasaron medio siglo esperando gritar su verdad y al final pudieron hacerlo. Los doce detenidos-desaparecidos que fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) con ayuda del Instituto de Medicina Forense del Poder Judicial de Córdoba y la Universidad Nacional de Río Cuarto, lograron salir de las profundidades del horror del Terrorismo de Estado para dar testimonio del calvario que vivieron a manos de los asesinos del golpe cívico-militar de 1976. Nunca más oportuno que ahora, en que el gobierno de ultraderecha encabezado por el libertario Javier Milei apela al negacionismo para tratar de ocultar los crímenes de lesa humanidad ejecutados por los grupos de tareas de la dictadura y la Triple A.
Cincuenta años después, la obsesión de dos hijos de víctimas de la Dictadura, como el juez Miguel Hugo Vaca Narvaja, y su secretario de Derechos Humanos, Miguel Ceballos, puede escribir un nuevo capítulo de la larga lucha contra el Terrorismo de Estado. Una página de la historia y la Justicia que no deja dudas respecto de su existencia, pero que fundamentalmente comienza a cerrar el duelo de familias que no pudieron despedir a sus hijos e hijas y debieron y deben peregrinar todavía con un afiche ilustrado con fotos en blanco y negro que los muestran en el apogeo de sus vidas.
También es un momento que renueva la esperanza de muchos argentinos que esperan una respuesta del Estado frente a las atrocidades de la dictadura, de que los juicios por delitos de lesa humanidad continúen. Si algo tiene Argentina para mostrarle al mundo, para enorgullecerse, es el coraje de juzgar estos crímenes, de encarcelar a los represores, de no bajar nunca los brazos ante la injusticia.
No hay perfección absoluta en el crimen. No hay pacto de silencio, como el que intentaron sostener Luciano Benjamín Menéndez y los militares genocidas, que sea suficiente para ocultar tanto horror y lograr impunidad. La muerte, el dolor, y la injusticia, como el agua o el aire, siempre encuentran un resquicio por donde ir hacia la luz. Esta vez fue en la Loma del Torito, ahí nomás del campo de concentración de La Perla, entre Córdoba Capital y Villa Carlos Paz.
Durante los próximos días se irán conociendo los nombres de las víctimas identificadas. Doce familias y los argentinos podrán llevar una flor al lugar donde descansan y recordarlos en todas sus dimensiones, humanas y políticas. La memoria de los pueblos es un largo camino lleno de penurias y, también, de alegrías que moldea como las manos en la arcilla su identidad y su conciencia. El futuro siempre está hecho de memoria y de pasado, y este 10 de marzo, el mundo es un lugar más justo y menos impune.
Fuente: www.enredaccion.com.ar