Que el árbol no tape el bosque

Por Juan Carlos Giuliani*

La inminencia del próximo turno electoral no debería subordinar la construcción cotidiana de una propuesta estratégica más vigorosa para darle sentido a la lucha colectiva de los que resisten la prepotencia del sistema de dominación.

Resulta legítimo que ante la proliferación de candidatos del Partido Único del Ajuste, la Deuda y la Dependencia se intente construir un amplio frente de unidad popular para conformar una alternativa superadora al actual modelo extractivista.

No obstante, y para que el árbol no tape el bosque, ello no debería hacernos perder de vista que las transformaciones pendientes en nuestro país requieren del reagrupamiento del Movimiento Popular fragmentado y disperso por debilidades propias y por la voluntad explícita del poder que ha fracturado toda organización que no puede subordinar a su antojo.

La crispación social que marca la actual etapa demanda la imperiosa necesidad de avanzar en una iniciativa política que convoque a un ancho espacio multisectorial que sea capaz de reunir a todos los que luchan y no se resignan a este presente de frustración para las mayorías.

En una situación donde 4 de cada 10 hogares son pobres y 7 de cada 10 no llegan a fin de mes, con el salario pulverizado por la inflación, donde permanece invicta la injusta matriz distributiva de la riqueza, con casi un 50 por ciento de la fuerza económicamente activa de la población precarizada, y con la obscena transferencia a manos extranjeras de la propiedad de la tierra, con los bancos como los grandes beneficiarios del sistema, el capitalismo reproduce sus fines de dominación.

La presión de los grupos económicos para el cumplimiento de los pagos externos con la intención de que no se investigue y determine qué deuda es legítima y cuál fraudulenta, propiciando un ajuste ortodoxo para que la crisis la paguemos los trabajadores, deviene en pérdida de empleo, suspensiones, mayor precarización y una extendida resistencia popular contra la política económica y social impuesta por el FMI.

Estos grupos de poder alientan las formas de tercerización del trabajo -especie de renovada esclavitud en el Siglo XXI, fielmente retratada por la vil imagen de los cadetes de deliverys- para garantizarse mayores ganancias ya que estas relaciones laborales se construyen al margen de los convenios colectivos que rigen la actividad en las principales ramas de la producción. Ante esta realidad, el Ministerio de Trabajo de la Nación y los ministerios provinciales actúan como garantes del statu quo, operando en infinidad de ocasiones como cómplices de las patronales. En este punto, bien vale la pena recordar las palabras del Papa Francisco: “Un trabajador sin derechos, es un esclavo”.

La criminalización de la protesta, la naturalización de la violencia para la resolución de los conflictos, la ausencia de mecanismos del Estado para intervenir en diferencias domésticas que provocan, entre otras cosas, que una mujer muera asesinada cada 30 horas por femicidio, son otros tantos síntomas de las penurias sociales en una coyuntura en la que, pese a la división del campo popular y la actitud entreguista de la corporación sindical burocrática, se verifica el rechazo a los intentos de arrebatar los derechos conquistados.

Al borde de las cuatro décadas de recuperada la democracia, Argentina es el único país de la región donde ha aumentado la pobreza. Del 18,5 por ciento existente en 1984 pasó al 40 por ciento actual. Esta deuda pendiente refleja la falacia de un sistema que consolida la desigualdad social. Si bien el voto es importante, no alcanza con hacerlo cada dos años y, en el mientras tanto, quedarse en el molde, como meros espectadores, abonando la anomia social. Así no será posible revertir la situación de inequidad y falta de justicia social.

Frente a este nuevo acto electoral, no está de más consignar que el objetivo medular de la hora es constituirnos en actores y protagonistas de la sociedad, impulsar la unidad del pueblo en un proyecto común que nos permita no delegar más para gobernarnos a nosotros mismos. Queremos ser la piedra en el zapato del poder, plantear que esta democracia fosilizada se ha revelado incapaz de dar de comer, proveer educación y sanar al pueblo y, consecuentemente, bregar por la transformación social y la liberación nacional.

La lucha por imponer una sociedad más justa y una Patria Soberana por la que militaron y entregaron sus vidas nuestros 30.000 compañeros, no se agota en las urnas.

*Periodista. Escritor. Congresal Nacional de la CTA Autónoma en representación de la provincia de Córdoba