Por Carlos Rang*
Un 18 de marzo de 1871, el mundo tembló. No por un desastre natural, sino por algo mucho más temido por los poderosos: la clase trabajadora tomó el cielo por asalto. Por primera vez en la historia, el proletariado no solo protestaba, sino que gobernaba. Nacía la Comuna de París, la primera revolución socialista que, aunque duró apenas 72 días, dejó sembrada la semilla de lo que debe ser nuestra victoria total.
El contexto: Entre la traición burguesa y el rugir obrero
Desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista en 1848, la conciencia de clase se había extendido como pólvora por Europa. París, ciudad de barricadas, ya había intentado romper sus cadenas en febrero y junio de ese mismo año. Sin embargo, aquellas tentativas fracasaron por la falta de una organización clara y por el carácter nacionalista de una burguesía que siempre termina traicionando al pueblo.
La oportunidad definitiva llegó en 1870, en medio de la guerra imperialista franco-prusiana. Mientras el emperador Napoleón III era capturado y la burguesía francesa huía cobardemente ante el avance prusiano, los trabajadores parisinos se negaron a rendirse. Ante el vacío de poder, el pueblo creó sus propias milicias y la Guardia Nacional se convirtió en el brazo armado de la clase obrera.
Cuando el gobierno oficial intentó desarmar a los obreros aquel 18 de marzo, se encontró con una respuesta impensable: los soldados se negaron a disparar contra sus hermanos y los trabajadores ocuparon los edificios gubernamentales. ¡El poder era nuestro!
El programa de la Comuna: Un espejo para el futuro
Lo que los “comuneros” lograron en menos de tres meses sigue siendo, hoy en 2026, un programa revolucionario que pone en evidencia la miseria de nuestras democracias liberales. La Comuna no solo cambió de gobernantes; destruyó la maquinaria del Estado burgués para construir algo nuevo: La Democracia Directa. Se limitaron los sueldos de los funcionarios y se crearon asambleas de trabajadores.
Se abolió el trabajo nocturno, se redujo la jornada y se entregó el control de las fábricas a cooperativas obreras.
Se anularon las deudas por usura, se abolieron los intereses de los alquileres y se expropiaron inmuebles vacíos para los que no tenían techo.
Separación total de Iglesia y Estado, educación gratuita, secular y provisión de ropa y comida para todos los niños en las escuelas.
Se decretó la igualdad legal entre hombres y mujeres, reconociendo el papel fundamental de las mujeres en las barricadas.
”La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora.” — Karl Marx.
La burguesía francesa prefirió aliarse con sus supuestos “enemigos” prusianos antes que permitir que el ejemplo de la Comuna se extendiera.
El 21 de mayo de 1871, el ejército entró en París. La resistencia fue heroica, calle por calle, barricada por barricada.
La represión posterior fue una carnicería que el capitalismo no quiere que olvidemos: 30.000 obreros fusilados y más de 100.000 detenidos o exiliados. Fue una venganza de clase que buscaba ahogar en sangre la esperanza. Pero se equivocaron. No asesinaron a la Comuna; crearon un mito que alimentaría la Revolución de Octubre de 1917 y todas las luchas que vinieron después.
Hoy, nos encontramos en un escenario que guarda rimas aterradoras con 1870.
Vivimos en medio de una guerra imperialista global, donde las potencias se disputan el control de la monedas, tecnologias, recursos, flujos y mercados para sostener la hegemonía a costa de la sangre de los trabajadores.
El gasto militar se dispara mientras nuestros medios materiales de vidas y servicios públicos se desvanecen en el aire.
La Comuna nos enseña que la clase obrera no tiene patria en medio de una guerra de rapiña capitalista. Nuestra única salida es la organización independiente. No podemos confiar en los “dirigentes” que hoy claudican ante los intereses del Comando sur o la OTAN o de cualquier bloque imperialista entre Neofacsitas y Neoprogresistas.
Hoy mas que nunca debemos transformar a nuestros sindicatos, lugares de trabajos, a las barriadas populares y las Universidades en escuelas de formación para la lucha política de la clase, donde podamos cambiar radicalmente las correlaciones de fuerzas y con ello asumir el control por parte de la clase trabajadora de la producción como meta final.
Sostener como bandera la solidaridad Internacionalista y entender que la revolución no es una línea recta, sino un camino de experiencias acumuladas.
Frente a su barbarie bélica, debemos plantar nuestra organización para crear las condiciones de la guerra revolucionaria. Frente a su explotación, nuestra gestión colectiva.
*Docente de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Delegado Gremial de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE-CTAA) en la Secretaría de Agricultura Familiar (SAF). Vocal del Consejo Directivo Provincial (CDP) de ATE Córdoba