A 50 años del asesinato de Angelelli, ¿cómo se multiplica su legado?

Enrique Angelelli, el cura que hizo comunidad con oído en el pueblo y otro en el evangelio, está más vigente que nunca en estos tiempos de crueldad. Su idea de fe era inseparable de la justicia social y eso era incómodo para los poderes de esa época; hoy también seguir su legado incomoda a quienes detentan el poder a costa de todo un pueblo. En esta nota, hacemos memoria como un ejercicio ante la deriva y volvemos sobre las experiencias que lo rodearon, que hoy tienen mucho para decirnos.

Hay días en que, un poco en chiste y un poco con asombro, una se pregunta: ¿en serio hay que explicar esto? Y no es porque el público se renueve, sino que ciertos consensos sobre lo que significa una vida digna están en jaque. Que el hambre hoy sea moneda corriente, que las deudas se hayan convertido en un problema que se vive como algo privado y asfixia a la mayoría de los hogares, y que la respuesta del Estado y algunos sectores sociales sea el goce ante eso es difícil de comprender. El tema es cómo no quedarse inmóvil frente a esto. Por eso, como un ejercicio ante la deriva, nos interesa volver sobre algunas experiencias que hoy tienen mucho para decirnos.

Agosto, además del mes de la Pachamama, trae a la memoria un nombre: Enrique Angelelli, el cura de lxs pobres. El que se plantó contra la deshumanidad de su tiempo y se comprometió para que las cosas cambien. Volvemos entonces a esa tierra colorada y seca de La Rioja, donde hace más de 50 años construyó comunidad y organización. No es por reproducir las formas de hacer de las comunidades de esa época, pero sí por recuperar esas salidas colectivas que fueron trinchera y poner en diálogo con las expresiones colectivas que hoy existen. En este sentido, desde Católicas por el Derecho a Decidir (CDD), recuerdan una frase de Angelelli, de una de sus homilías de 1971, que hoy tiene mucha fuerza: Aunque tengamos que sufrir, los tiempos que vivimos están cargados de esperanza y de cambios cada vez más profundos a los que todos aspiramos, y somos llamados a ser actores y no espectadores miedosos”. Para ellas, volver sobre la figura de Angelelli hoy es volver sobre el hombre que, en su tiempo, construyó una forma de hacer iglesia que hoy se reactualiza en muchas parroquias, que son la única respuesta en barrios donde el Estado ha hecho un abandono brutal.

En diálogo con Luján Farfán Ramos y Natalia Rodríguez, integrantes del Área de Diálogo Ecuménico e Interreligioso de Católicas por el Derecho a Decidir, remarcan que Enrique Angelelli hoy sería un compañero militante más, aun con los títulos que tuvo dentro de la iglesia. “El pelado” era uno más en la comunidad, sobre todo, desde su trabajo pastoral con conflictos concretos: la lucha por la tierra y el trabajo, la pobreza, las desigualdades y las relaciones de poder que atravesaban La Rioja y que caían con tanta violencia sobre sus pobladores, especialmente trabajadores y campesinos. “Aun con el lugar de autoridad que ocupó siendo obispo de La Rioja, lo interesante es al servicio de quién puso esa posición: de los sectores más vulnerados y empobrecidos, construyendo una Iglesia que acompañara sus procesos de organización. Su frase ‘con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio’ resume bien esa opción”.


Para este cura querido y seguido no solo por feligreses, las personas empobrecidas no eran destinatarias de caridad, sino que eran sujetos políticos capaces de organizarse para transformar su propia realidad. Parece una obviedad la distinción, pero no lo era ni para esa época ni para la actual. “Obviamente, una Iglesia así iba a entrar en conflicto con determinados intereses políticos y económicos. Lo acusaban de ‘comunista’ y ‘cura rojo’, motes que sirvieron en su momento para construir un enemigo, deslegitimar lo que hacían esas comunidades y presentar la lucha por la justicia social como algo peligroso o incluso algo ajeno a los valores del cristianismo”, detallan Luján y Natalia.


Es imposible no pensar en la actualidad que tiene nuevamente la acusación de comunistas a personas que trabajan con los sectores populares o defienden los derechos humanos más elementales, una palabra paraguas que usan como parte de la supuesta “batalla cultural” para todo lo que pueda ser leído como “progresista” o la palabra que le gusta a la nueva ultraderecha: “woke”. ¿Le dirían woke a Angelelli ahora? Lo sorprendente es pensar en la actualidad de algunos momentos de la historia de nuestro país.

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Imagen: Luján Farfán Ramos.

El 4 de agosto de 1976, Angelelli partió desde Chamical en su camioneta rumbo a La Rioja junto con el sacerdote Arturo Pinto, con quien habían celebrado una misa en memoria de los padres Gabriel Longeville y Carlos Murias, secuestrados, torturados y asesinados pocos días antes. También habían matado a Wenceslao Pedernera. “Angelli ya había recibido amenazas, pero pudiendo elegir hacer otra cosa, se quedó y eligió lo que venía haciendo con su comunidad, aun teniendo conciencia de lo que podía pasarle. Es una interpelación muy actual, sobre todo, para quienes ocupan lugares desde los cuales toman decisiones que afectan la vida de otras personas: ‘¿Al servicio de quiénes se ponen y qué están dispuestos a sostener?’”, reflexionan las entrevistadas.

Desde ese 4 de agosto y los días y años posteriores, los poderes y medios instalaron que había fallecido por un accidente automovilístico. El entorno cercano nunca dejó de luchar para que se sepa la verdad: que al obispo de los pobres lo había asesinado el Tercer Cuerpo del Ejército, al mando de Luciano Benjamín Menéndez ya en ese entonces. En el paraje Punta de los Llanos, a un costado de la ruta y hasta la llegada de la democracia, se levantaron sucesivamente cruces que eran destruidas. Una de hierro quedó. Siempre había flores y un neumático como ofrenda y como denuncia de la versión oficial de su muerte.

Natalia y Luján destacan “la enorme tarea que hizo la gente del Centro Tiempo Latinoamericano, manteniendo viva su memoria, convirtiéndose en un reservorio documental que aportó documentación y testimonios a la causa judicial por su asesinato que, en 2014, se confirmó como un homicidio premeditado. Luego, colaboraron en el expediente eclesiástico enviado a Roma para su beatificación”.

Angelelli se multiplicó 

Luján y Natalia coinciden en que sostener comunidades y procesos colectivos no es sencillo. Hay cansancio, dificultades para organizarse, ataques de la misma institución a la que se pertenece, además de los conflictos políticos y sociales a los que se enfrentan. “Angelelli no entendía a la institución eclesiástica marginada de la historia, no romantizó su papel, no llamó a la abstracción frente al sufrimiento del pueblo, no intentó despolitizar a sus comunidades apelando a lecturas desencarnadas del Evangelio”.

Y destacan que Angelelli, como obispo auxiliar de Córdoba desde 1960, participó en el Concilio Vaticano II en Roma entre 1962 y 1965. “Estuvo en ese momento de discusión tan trascendental para el tipo de Iglesia que se estaba poniendo en marcha. Y fue desde esas transformaciones y las de la Conferencia de Medellín que hizo comunidades de base (CEBs), que son fundamentales para entender su legado. No eran simplemente espacios para rezar, sino también para leer el Evangelio desde la propia experiencia, hablar de lo que estaba pasando en el territorio, reconocer problemas comunes y, sobre todo, organizar respuestas frente a eso. Y esas experiencias en La Rioja no terminaron con Angelelli, siguen teniendo presencia y forman parte de una red de comunidades que se extendieron por distintas provincias del país”.

Esta forma en que encarnó el evangelio y que hoy sigue vigente en muchas parroquias y grupos religiosos “nos permite comprender la Iglesia no desde la jerarquía, los obispos, los sacerdotes o el Vaticano, sino desde una comunidad de un barrio, un grupo de mujeres sosteniendo un comedor, trabajadoras de casas particulares organizándose sindicalmente o en tantas otras experiencias donde la fe se cruza con la vida cotidiana y encuentran en la organización colectiva una forma de encarnar el evangelio. Sería interesante preguntarnos si hoy apostamos por ese tipo de prácticas que admiramos. ¿Qué lugar tiene la dimensión de la política concreta y cotidiana, la que ocurre en los territorios y en las comunidades, en los vínculos que construimos para resolver colectivamente los problemas que nos atraviesan?”, reflexionan las entrevistadas.

Las mujeres protagonistas en su tiempo 

La presencia de religiosas fue muy importante en la pastoral riojana. Había congregaciones que trabajaban en educación, salud y asistencia social desde antes de que Angelelli llegara, recuerdan desde CDD. Muchas de ellas profundizaron su trabajo en barrios populares y zonas rurales. Un germen que se multiplicó cuando la autoridad de la Iglesia apoyó y enfocó el quehacer en ese sentido. No todas las comunidades eclesiales, parroquias y curas estaban, en esa época, construyendo esa Iglesia con un oído en el pueblo. Lo mismo pasa hoy.


Hay un dato relevante que, desde ese pasado, nos trae a una conversación actual sobre las tareas de cuidado históricamente no reconocidas e invisibilizadas. Una agenda que, se sabe, es una deuda de la democracia, pero que para Natalia y Luján es necesario recuperar un hito: “En 1973, por ejemplo, se fundó en La Rioja un Sindicato de Amas de Casa que buscaba reconocer el trabajo doméstico como trabajo y organizar a las mujeres alrededor de sus derechos. Mencionamos esto porque, cuando hablamos de la participación de las mujeres, no estamos hablando de que únicamente acompañaban o sostenían las tareas pastorales, sino de mujeres que se organizaban, tomaban decisiones y daban respuestas a las problemáticas que atravesaban sus comunidades”.


También se impulsaron espacios de organización de obreras y campesinas. “Cuando pensamos en las mujeres vinculadas a Angelelli, también está Sara Astiazarán, cuya historia contamos en el documental Salara Astiazarán: la monja que encendió la lucha colectiva, realizado desde CDD con el Sindicato del Personal de Casas de Familia (SINPECAF).

Es interesante hacer memoria de estas mujeres que fueron protagonistas, que multiplicaron una Iglesia en la que creían y por la que estaban comprometidas. Una sinergia que permitía la época y las redes que se armaron. En el caso de Sara, ella fue religiosa carmelita y tuvo un rol importante entre trabajadoras y sectores populares de Córdoba. “Ese compromiso empezó a entrar en tensión con la estructura de la vida religiosa, hasta que tomó la decisión de dejar la congregación. Y ahí aparece Angelelli como una persona cercana, amiga, que la acompañó en ese proceso. Sara dejó su vida religiosa en lo institucional, pero no abandonó ni su fe ni su compromiso: continuó profundizando su trabajo de organización con mujeres trabajadoras”.

En la actualidad, vemos cómo las mujeres siguen sosteniendo buena parte de la vida, en los trabajos comunitarios, en los espacios colectivos y, por supuesto, en lo cotidiano de las iglesias, eso que se llama la triple jornada. Muchas mujeres poniendo el cuerpo por el barrio y lo comunitario. En el caso de quienes están en las iglesias, las integrantes de CDD plantean que “ese protagonismo no se traduce en autoridad, reconocimiento o poder de decisión dentro de la institución, algo que hace tiempo permanece inalterable. Por eso, es necesario abrir la conversación sobre qué significaron las mujeres para la obra de Angelelli, sobre todo, para poner en valor y visibilizar lo que ellas ya estaban construyendo como ‘co-responsables de la marcha de la Iglesia‘ y por qué cuando contamos estas historias siguen apareciendo mucho más fácilmente nombres de hombres”. Como en muchos espacios de militancia, los nombres de los varones aparecen fácil, están a la mano, son reconocidos, luego, caen fácilmente ante la fragilidad del poder, pero las mujeres y disidencias sostienen, están, perduran, tejen, se desplazan y siempre se multiplican.

Angelelli hizo un lugar a las mujeres que fue disruptivo para la época, como toda su obra, y por eso lo mataron, era una amenaza en muchos sentidos. Entonces, a sus 50 años, nos preguntamos sobre cómo hacer eco de su vida. La respuesta sería redundante.

Imagen de portada: Luján Farfán Ramos

Fuente: www.latinta.com.ar