Una lectura del modus operandi de la nueva ultraderecha latinoamericana desde la Ética de la Liberación y la Psicología Social.
Por Sergio Garis*
La detención de Fernando Cerimedo en Bolivia, imputado por tentativa de feminicidio tras el ataque armado sufrido por la abogada Nadia Beller, no es solamente una noticia policial. Es, sobre todo, una ventana. Porque Cerimedo —consultor político, fundador de La Derecha Diario, asesor de Javier Milei y de Rodrigo Paz— debería leerse como un emergente: la expresión visible de un modo de pensar, planificar y ejecutar la política que hoy recorre buena parte de América Latina, propio de la ideología de la ultraderecha contemporánea.
Una aclaración es indispensable antes de avanzar: este artículo no juzga. La responsabilidad penal por el ataque a Beller corresponde exclusivamente a la Justicia boliviana, que investiga y aún no ha resuelto. Lo que sí puede observarse, en cambio, es una trayectoria de casi quince años que permite preguntarnos algo más amplio: ¿qué modalidad de construcción del poder aparece cuando la manipulación de la información, la fabricación de enemigos y la intervención sobre las percepciones colectivas dejan de ser hechos aislados y se convierten en método?
Nueve estaciones de un mismo recorrido
Todo comienza en 2012, cuando Cerimedo vendió el mismo departamento de Mar del Plata a dos compradores distintos. La Justicia lo condenó por estafa en 2016. Es el único hecho de esta historia con sentencia firme, y por eso funciona como punto de partida: ahí aparece, en escala mínima, la lógica que después se repetirá con otra magnitud. Alguien controla una información que el otro necesita, y esa asimetría se convierte en ventaja.
De ese engaño interpersonal, Cerimedo pasó a construir una maquinaria: estructuras de comunicación digital, campañas de marketing político, granjas de trolls y contenidos negativos que él mismo reconoció públicamente. La manipulación dejó de depender de un vínculo cara a cara y se industrializó.
En Chile, en 2020, una empresa vinculada a él difundió mediciones sobre el plebiscito constitucional muy alejadas del resultado real. No se trata de una encuesta equivocada: se trata de la pregunta de qué ocurre cuando una herramienta pensada para medir la opinión pública empieza a usarse para moldear la percepción que una sociedad tiene de sí misma.
En Brasil, en 2022, el ecosistema comunicacional asociado a Cerimedo amplificó denuncias de fraude electoral sin sustento. Fue investigado por las autoridades brasileñas, aunque no llegó a juicio en la causa penal por el intento de impedir la asunción de Lula —a diferencia de Jair Bolsonaro, condenado como autor intelectual de esos hechos—.
En Argentina, en 2023, fue estratega de comunicación de Milei y reconoció el uso de campañas negativas mientras La Derecha Diario difundía contenidos verificados como engañosos, incluso sobre el atentado contra Cristina Fernández de Kirchner.
Entre diciembre de 2023 y junio de 2024, registros oficiales muestran al menos trece ingresos suyos a la Casa Rosada. En 2025 aparece vinculado a la campaña presidencial hondureña de Nasry Asfura, señal de que el método ya no es local: se exporta. Y en Bolivia terminó siendo consultor reconocido por el entorno del presidente Rodrigo Paz, hasta que el 18 de agosto de 2026 Nadia Beller recibió tres disparos en la puerta de un hotel en Santa Cruz de la Sierra y sobrevivió. La Fiscalía lo imputó como presunto autor intelectual del ataque; él se negó a declarar y permanece bajo prisión preventiva mientras la causa avanza.
Nueve estaciones, una misma dirección: del engaño a una persona, a la fabricación de la realidad de sociedades enteras.
Lo que dice la Ética de la Liberación
Enrique Dussel enseñó que la ética comienza allí donde irrumpe el Otro concreto: alguien con cuerpo, con necesidades, con derecho a ser reconocido como sujeto y no como objeto disponible. La ultraderecha que este recorrido describe no niega al Otro con un argumento: lo hace mediante un procedimiento. Primero lo convierte en dato manipulable; después, en encuestado ficticio; después, en enemigo electoral cuya derrota debe ser aceptada solo si es propia; después, en obstáculo para un proyecto de poder.
Es lo que Dussel llamaría la fetichización del poder: una fuerza que dejó de estar al servicio de la vida de la comunidad y empezó a reproducirse a sí misma. Y es, también, la distinción entre potentia y potestas llevada al límite: cuando quienes administran una institución delegada por el pueblo la usan para intereses particulares, la pregunta relevante deja de ser quién tiene el poder para pasar a ser para quién se lo usa. Para Dussel “el contenido último e inmediato de todo acto humano es la vida humana”.
Lo que dice la Psicología Social
Enrique Pichon-Rivière nos enseñó a mirar el vínculo. Y lo que esta ideología produce, una y otra vez, es la misma operación vincular: la depositación. Un grupo deposita en un enemigo externo aquello que no logra elaborar por sí mismo —sus frustraciones, sus miedos, sus incertidumbres, su violencia—. El enemigo no necesita ser real: necesita cumplir una función. Puede llamarse comunista, feminista, periodista, migrante o gobierno anterior; lo que permanece es el mecanismo que lo produce.
Esa función simplifica la realidad, organiza la identidad del “nosotros” y legitima la agresión, porque si el otro es una amenaza, atacarlo se presenta como defensa. El costo es altísimo: una sociedad que deja de elaborar sus contradicciones para expulsarlas pierde, poco a poco, la capacidad de pensarse a sí misma con libertad. Porque allí aparece la adaptación pasiva, la aceptación de una realidad construida desde afuera sin capacidad crítica suficiente para transformarla.
Por qué esto nos importa a todos
Ninguna sentencia sobre Cerimedo resolverá este problema, porque el problema no es solamente un hombre. Es una tecnología de dominación que aprendió a fabricar enemigos, a deshumanizar adversarios y a construir realidades alternativas, y que hoy cuenta con herramientas capaces de multiplicar esa operación a una escala nunca antes vista.
Por eso esto no puede quedar en un análisis frío. Una democracia no muere solamente cuando se clausura un Parlamento.
Empieza a morir mucho antes: cuando dejamos de compartir una realidad mínima sobre la cual discutir, cuando la mentira repetida vale más que la evidencia, cuando el adversario se convierte en enemigo y, finalmente, cuando la existencia del otro empieza a percibirse como algo que debe eliminarse. Ese último paso ya no es metáfora: es una mujer baleada en la puerta de un hotel.
Combatir esta ideología no es una opción entre otras. Es la condición para seguir siendo pueblos capaces de decidir sobre su propio destino. Porque una sociedad libre es aquella donde se puede pensar distinto sin dejar de ser reconocido como sujeto, donde se puede disentir sin temer por la propia vida, y donde perder una elección no significa perder el derecho a existir.
Cuando ese reconocimiento del otro desaparece, no perdemos una discusión: perdemos la posibilidad misma de construir una realidad en común. Y un pueblo que no puede construir su propia realidad es, sencillamente, un pueblo dominado.
*Psicólogo Social. Periodista