Sonia Ramadori: Educación y comunidad frente al analfabetismo invisibilizado

Docente jubilada y vinculada a la CTA, Sonia Ramadori coordina en Villa María experiencias territoriales del programa de alfabetización para adultos “Yo Sí Puedo”, impulsado desde la Fundación Un Mundo Mejor Es Posible. Comenzó caminando durante meses barrio La Calera para encontrar a quienes necesitaban aprender y hoy la iniciativa avanza hacia tres mesas de alfabetización. Su experiencia expone una problemática difícil de medir: adultos y también jóvenes que no saben leer y escribir, pero que muchas veces permanecen fuera de las estadísticas.

Primero hubo que caminar el barrio

La experiencia comenzó formalmente el 8 de octubre de 2025, cuando Ramadori inició las clases en un espacio cedido dentro del Salón Vecinal de barrio La Calera. Sin embargo, para que ese primer encuentro pudiera realizarse había comenzado a trabajar mucho antes.

“Ya venía trabajando en el barrio, caminando el barrio, literalmente, dos meses antes”, recuerda. La tarea inicial no consistió en enseñar letras, sino en generar vínculos con los vecinos y reconocer una problemática que difícilmente aparece a simple vista.

Primero había que conseguir “la confianza de la gente” y después comenzar a descubrir cuántas personas no sabían leer ni escribir. Ese recorrido territorial terminó revelando una realidad que, según la alfabetizadora, posee dimensiones mayores de las que habitualmente se supone.

“La verdad que hay muchísimos más de lo que la gente cree o piensa”, advierte.

“El analfabetismo se oculta”

Determinar cuántas personas atraviesan esa situación en Villa María resulta difícil. Ramadori plantea que existe un problema previo incluso para construir estadísticas confiables sobre el fenómeno.

“No hay datos estadísticos porque en los censos la gente no dice, es decir, el analfabetismo se oculta”, sostiene.

Según explica, cuando llegan los censistas muchas personas no declaran que no saben leer o escribir. La problemática emerge recién mediante la conversación cotidiana, la confianza y el conocimiento territorial.

“Eso se va conociendo hablando con la gente”, afirma. En su caso fueron necesarios alrededor de dos meses de recorridas hasta conseguir las primeras tres personas dispuestas a comenzar el proceso de alfabetización.

65 clases para aprender a leer y escribir

Las clases utilizan el programa cubano “Yo Sí Puedo” y se organizan teniendo en cuenta la realidad cotidiana de sus participantes. Al tratarse de personas adultas que trabajan, los horarios deben adaptarse a sus posibilidades.

Sonia concurre dos veces por semana y desarrolla encuentros de aproximadamente una hora y media. El método completo contempla 65 clases.

“En 65 clases la persona adulta aprende a escribir y leer”, explica. El proceso se considera cumplido cuando quien participa consigue alcanzar un objetivo que puede parecer sencillo, pero representa un enorme salto de autonomía: leer y escribir una carta.

Después existe la posibilidad de ampliar conocimientos, incluyendo algunas herramientas matemáticas, y continuar el recorrido educativo dentro de una escuela para adultos.

Aprender las letras desde aquello que el adulto ya conoce

Una de las particularidades del método es que fue pensado específicamente para alfabetizar adultos y parte de conocimientos incorporados durante la vida cotidiana.

“Los adultos mayores, aunque no hayan aprendido jamás a escribir ni a leer, sí conocen los números por la vida práctica, por haber trabajado, por manejar dinero”, explica la docente.

El programa aprovecha precisamente ese conocimiento: las letras comienzan a introducirse a partir de los números.

Para la educadora, esta metodología reconoce que un adulto sin alfabetización formal no es una persona sin conocimientos. Posee experiencias, capacidades y saberes construidos durante años que pueden transformarse en el punto de partida del aprendizaje.

“Ese método ha dado muy buenos resultados”, asegura.

Una propuesta diferente para las personas adultas

La docente jubilada también plantea una diferencia respecto de algunos sistemas tradicionales de alfabetización utilizados en la educación primaria para adultos.

Según su experiencia, determinados programas reproducen metodologías similares a las utilizadas con niños, pese a que los ritmos y las formas de aprendizaje son diferentes.

“Por ahí los adultos mayores se aburren o no les alcanza para aprender, porque ellos tienen otro modo de aprender y otros ritmos de aprendizaje que los niños”, señala.

El “Yo Sí Puedo”, en cambio, fue específicamente diseñado para adultos. La docente encuentra allí puntos de contacto con métodos que generaciones anteriores de educadores conocieron mediante el trabajo a partir de la denominada palabra generadora.

La alfabetización empieza a extenderse

Aquella primera experiencia de La Calera comenzó con solamente tres estudiantes, pero durante 2026 la propuesta empezó a extenderse hacia otros puntos de Villa María.

Ramadori continúa trabajando los lunes y miércoles por la tarde en el centro vecinal de La Calera. A esa experiencia se agregó una segunda mesa de alfabetización en barrio San Nicolás.

Allí, en una casa comunitaria, la alfabetizadora Marisa Guizzo trabaja actualmente con cuatro alumnas.

A esas siete personas se sumarán otras tres mediante una nueva mesa en La Calera. De esta manera, la experiencia alcanza progresivamente diferentes grupos pequeños, una modalidad que permite sostener un acompañamiento cercano.

Una joven de 23 años que quiere aprender

Uno de los testimonios recogidos territorialmente rompe también con la asociación automática entre analfabetismo y adultos mayores.

“Además hay chicas, hay gente muy joven que no sabe leer y escribir”, advierte la coordinadora.

Entre las personas inscriptas para comenzar las clases se encuentra una joven de 23 años. Según le explicó a la coordinadora, puede escribir “un poquito”, pero después no consigue leer.

La docente todavía debe realizar la evaluación correspondiente para conocer exactamente cuál es su nivel. Sin embargo, el caso permite dimensionar que la problemática no pertenece exclusivamente a generaciones pasadas.

Cuando el celular permite esconder que alguien no sabe leer

Durante sus recorridas por La Calera, Ramadori encontró además estrategias cotidianas mediante las cuales las personas consiguen desenvolverse aun sin haber sido alfabetizadas.

Una de ellas está relacionada con el teléfono celular y particularmente con los mensajes de audio.

Según su observación territorial, puede existir incluso “un integrante de cada familia que no sabe leer y escribir y se arregla usando el teléfono con audio”. Luego, ante una repregunta, aclara que no pretende establecer una estadística y estima, de manera exploratoria, que podría tratarse de una persona cada seis integrantes en determinadas familias ampliadas del barrio.

El señalamiento es relevante precisamente por aquello que no permite afirmar: no constituye un relevamiento estadístico de Villa María ni de La Calera. Es una percepción surgida de su trabajo territorial que, para la alfabetizadora, demuestra la necesidad de investigar una problemática prácticamente invisible.

Alumnas que se quedaron sin docente

Otra situación encontrada por la coordinadora muestra que no todas las personas que llegan al programa estuvieron siempre completamente alejadas del sistema educativo.

Entre las nuevas alumnas aparecen mujeres que asistían a una escuela primaria para adultos de Villa María y que, según relata Ramadori, se quedaron sin maestra y no pudieron continuar.

“Habían aprendido las letras, pero no saben unir las letras”, explica.

La situación vuelve a colocar en primer plano la diferencia metodológica que plantea la entrevistada. Reconocer letras individualmente no necesariamente significa haber adquirido las herramientas necesarias para leer de manera autónoma.

El programa busca retomar esos aprendizajes incompletos mediante una metodología específicamente orientada hacia personas adultas.

Una fundación abierta a nuevas articulaciones

La experiencia se desarrolla a partir de la articulación de la CTA Córdoba con la Fundación Un Mundo Mejor Es Posible, vinculada con diferentes programas comunitarios.

Ramadori explica que la organización se encuentra abierta a establecer convenios con instituciones civiles y gubernamentales interesadas en extender la alfabetización.

Hasta el momento, en Villa María la experiencia se sostiene mediante la CTA y todavía no existen las articulaciones con otras instituciones locales por las que fue consultada durante la entrevista.

El objetivo, sin embargo, es ampliar la propuesta: “Desde la fundación están con los brazos abiertos para hacer convenio con todo el que quiera”, afirma.

Volver a enseñar después de 34 años en las aulas

La alfabetización representa también un regreso personal para Sonia Ramadori. Después de 34 años como docente, llegó la jubilación, pero no desapareció aquello que identifica como una de las grandes pasiones de su vida.

“Tengo dos pasiones, creo. Una es la educación y otra es el trabajo comunitario”, resume.

Ese vínculo comenzó cuando era muy joven y recién recibida. Una de sus primeras experiencias fue como docente en una guardería municipal a la que concurrían niños provenientes de familias con importantes necesidades sociales.

“Yo abracé con mucha pasión el trabajo con el sector más vulnerable de una comunidad”, recuerda.

La alfabetización de adultos terminó permitiéndole reencontrar ambas dimensiones: educación y territorio.

“Yo les llevo la posibilidad de aprender”

Su concepción del trabajo comunitario también aparece atravesada por una definición política. Ramadori cuestiona las intervenciones territoriales que quedan exclusivamente reducidas a resolver necesidades materiales inmediatas sin generar herramientas de autonomía.

“Creo, y lo sostengo y lo tengo como lema, que no solo de pan vive el hombre”, señala.

Y agrega una de las expresiones más fuertes de la entrevista: “Por ahí las militancias políticas se hacen llenando panzas, pero dejando cerebros vacíos. Y yo apuesto por otro tipo de militancia”.

“No les llevo nada material, no les llevo ni alimentos, no les llevo ropa, no les llevo nada material. Yo les llevo la posibilidad de aprender”, define.

Para la docente jubilada, ese aprendizaje abre después algo mucho más amplio: “La posibilidad de pensar y de pensarse, de desear y de poder concretar sus propios sueños desde ese lugar donde viven”.

El barrio como “lugar de enunciación”

La reflexión final trasciende incluso el objetivo inmediato de aprender a leer y escribir. Sonia propone modificar la manera en que se observa a los sectores populares y especialmente a los barrios.

Considera que uno de los sectores más olvidados e invisibilizados es, paradójicamente, también uno de los más buscados cuando llegan las campañas electorales.

Pero esos habitantes, sostiene, no deberían ser considerados únicamente destinatarios de asistencia o receptores de decisiones construidas en otros lugares.

“Hay que mirar al barrio como un lugar de enunciación”, plantea.

“Ellos tienen también su palabra y pueden enunciar sus propios proyectos, pero para eso tienen que primero sentir que ellos pueden”, concluye.

Allí el nombre del programa adquiere para la alfabetizadora un significado que excede la lectoescritura: “El programa de alfabetización se llama Yo Sí Puedo. Eso les tiene que entrar a todos: que ellos pueden”.

Fuente: www.vertices.com.ar