Dictadura: Ataques aberrantes contra los pobres

Por Jesús Chirino*

Villamariense hijo de ferroviario, quien da testimonio

El 16 de julio de 1948, en Villa María, nació Juan Alberto Quiñones. Hijo de ferroviario, su familia vivía frente a la Plaza Manuel Anselmo Ocampo, conocida como la “Cancha de Ejercicios Físicos”. Actualmente reside en el barrio Mariano Moreno. Durante la Presidencia de Héctor José Cámpora, el 8 de octubre de 1973, inició su vida de trabajador ferroviario. Señala: “Hice el curso en Retiro y entré como foguista. En esa época había máquinas a vapor…”. Sus primeros trabajos como hombre del riel los hizo en Rosario; “trabajaba en un lugar de maniobras, donde se cargaban los barcos. Allí estuve como dos años, después me vine a Villa María y desde aquí comencé a salir de viaje. Desde acá se corrían muchos trenes, hacía Santiago del Estero, Tucumán…”.  Cuenta cómo salían trenes para tan diversos lugares; se le agrandan los ojos y su mirada abarca todo el universo relacionado con los rieles. Recuerda que “los famosos trenes mixtos llevaban vagones de carga y de pasajeros e iban a muchos lugares, Córdoba, Rosario…”. Quiere transmitir el importante movimiento de trenes que décadas atrás existía en Villa María, “por ejemplo, por la vía que va a Las Rosas (la que cruza la ruta nacional 9, cerca de la usina) había trenes todos los días, por allí también se llevaban pasajeros…”. El tren, moviendo la vida.

Juan Alberto bebió la importancia de los caminos desde niño; mucho le fue llegando por su padre, que trabajó en Vialidad Nacional y en el ferrocarril, “como revisor de vehículos”. En su vida de trabajador también se acercó a la militancia. Cuenta que inició el camino gremial en 1966, fue parte de quienes se sumaron a la CGT de los argentinos y llegó a presidir, tres veces, la regional del gremio de la Fraternidad. Hubo un tiempo en el cual militar era muy peligroso. Poco antes de que en nuestro país se iniciara, de manera formal, la dictadura militar, en febrero de 1976, el Ejército allanó su casa en Villa María, “no encontraron nada. Me comuniqué con la gente del gremio…”, y ellos le propusieron irse de aquí, para lo cual le consiguieron el traslado a Retiro, en Buenos Aires, “como foguista y preconductor”.  También habían echado a su padre del ferrocarril, “le faltaba un mes para jubilarse. Echaron a 77 mil compañeros”.

Llevarse a los ciudadanos que, para ellos, no era “gente de bien”

Quiñones recuerda que trabajando en Retiro, ya durante la dictadura, se estaba acercando el momento en que una delegación de la FIFA vendría a nuestro país para “ver si estaban bien las obras que se realizaban para el Mundial de 1978. Era el tiempo en que los milicos repartían unos calcos, que se pegaban en muchos lugares, con la leyenda ‘Los argentinos somos derechos y humanos’”. Cuenta que un día “aparece Moreno, un conductor de trenes, diciendo que había una formación estacionada allí, en Retiro. Se trataba de un tren con vagones de pasajeros y estaba todo cerrado. Eran vagones viejos, de los holandeses, de color marrón…”.

Quiñones explica que a todos los trenes, para ocupar la vía, les dan un permiso, lo que ellos llaman “la vía libre”, que contiene el número del tren. Continuando con los comentarios del trabajador que debía conducir el referido tren cerrado, Quiñones señala que el ferroviario dijo “pedí la vía libre y la que me dan no tiene número de tren…” y reafirma que “los trenes tienen número”. Era como si quienes tomaban las decisiones no querían dejar registro de ese viaje. Y aquel conductor debió “correr el tren sin número”.

El villamariense dice que “algunos vieron que había militares armados dentro de los vagones. Ese tren estaba lleno de gente, eran generalmente los que vivían en la calle. Algunos, en invierno, dormían en el subte. Gente que pedía en la calle, ciegos que pedían limosna en el subte. Recuerdo un ciego que cantaba, se llamaba Carlitos. Mucha de esa gente vivía en Retiro. La estación, abajo, tiene tres subsuelos. Esas mismas personas, en la plataforma uno, solían ayudar en la carga de los paquetes de diarios y revistas”.

El relato de Quiñones continúa: “Después nos enteramos de que agarraron por la vía que va a Pergamino y que por allí los tiraban. A muchos los ametrallaron, a otros los agarró el tren. Volvían caminando por las vías y los atropellaron los trenes. Por allí circulaban los coches motores (tracción a diésel). Algunos pocos sobrevivieron. Uno que acomodaba los paquetes de los diarios regresó como a la semana. No hablaba con nadie. Vivía en un tambor de doscientos litros. Era uno de los que llamábamos crotos. Mentalmente no había quedado bien”.

De esa terrible época del país, Quiñones también recuerda algo que, claramente, era un síntoma de lo que pasaba en el cuerpo social. Cuenta que llegaron a contar unos 500 suicidios en uno de los años de la dictadura. Gente que se tiraba bajo el tren.

No fue un algo aislado

Este tipo de accionar no fue un acto aislado de la dictadura que, en el proceso de reconfiguración socio-espacial que llevaba adelante a escala nacional, entendía que determinados sujetos debían ser expulsados o localizados en otros lugares. Por ejemplo, en un trabajo de Jorge Alberto Perea, de la Universidad Nacional de Catamarca, se aborda lo sucedido el 14 de julio de 1977, cuando se trasladaron indigentes que habían sido detenidos en la vía pública de San Miguel de Tucumán. “El interventor militar, general Antonio Domingo Bussi, estaba molesto por la inocultable presencia en la capital de la provincia de una gran cantidad de locos, vagabundos y mendigos que, desde su perspectiva, perturbaban el paisaje urbano en vísperas de las vacaciones de invierno. Para Bussi, la presencia de estos seres era la persistente contracara del progresivo saneamiento moral y físico que la dictadura pretendía realizar en la sociedad…”. Durante tres noches detuvieron a aquellas personas que consideraban “indeseables” y los pusieron en calabozos. Luego los trasladaron por la ruta 38, hasta el límite con Catamarca. La idea era abandonarlos en un sitio inhóspito en el cual no pudieran orientarse para regresar.

Tampoco podemos decir que este tipo de accionar fue exclusividad de la dictadura. En la historia de nuestro país existen las denominadas razzias policiales, una práctica violenta que, con el pretexto de la seguridad pública, cercaban y detenían a integrantes de colectivos históricamente discriminados: pobres, trabajadoras sexuales, indigentes, enajenados mentales, homosexuales, pueblos originarios y todo grupo que se considere “peligroso” desde el poder. Estas prácticas se hicieron habituales y contaron con un andamiaje jurídico cuando surgieron en el país, a finales del siglo XIX, los edictos policiales y los códigos de faltas provinciales que, en algunos casos, pasaron a denominarse Código de Convivencia.

Quiñones nos cuenta este aberrante acto durante la dictadura y a partir del mismo quizás podemos pensar: ¿qué estamos haciendo con aquellos grupos de ciudadanos que el poder de turno considera “no presentables”? ¿Aparecen en los discursos de los medios de prensa?, y si lo hacen, ¿cómo son presentados? Como sociedad, ¿dejamos esas realidades en manos de “especialistas” y nos desentendemos? ¿Existen grupos sociales que desaparecen o son marginados en el discurso social? ¿Desbaratar políticas sociales que están dirigidas a grupos determinados es una manera de manifestar la voluntad de que desaparezcan como tales? ¿El poder actual, qué grupos sociales considera “indeseables”? ¿En qué casos se usa el argumento de la seguridad para hacer negocios o violar derechos de ciudadanos? ¿Qué significa esto de querer dividir la sociedad entre “gente de bien” y los otros, según como piensen? Podría seguir con preguntas, pero más importantes deben ser aquellas que se hace el lector y, mucho más, las respuestas que se van configurando.

*Docente. Periodista. Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Villa María

Fuente: www.eldiariocba.com.ar