La semana pasada publicamos una nota sobre el proyecto del Gobierno nacional para bajar la edad de punibilidad. En el texto, el abogado Lucas Crisafulli proponía un debate político y jurídico. Los comentarios en las redes sociales, en muchos casos, no fueron una discusión de ideas, sino una catarata de insultos, amenazas y deseos de muerte. Algunos comentarios desearon el asesinato de un hijo a quien pensaba que no debía bajarse la edad; otros pidieron que un niño de 13 años y su familia “desaparezcan”. Nadie se sorprende a esta altura de esa dinámica de las redes sociales, pero queremos detenernos en lo que esos discursos revelan: la centralidad de la venganza, la deshumanización del castigo y la violencia que hoy circula con naturalidad en las redes sociales cuando se habla de delito.
1. No hubo debate, hubo violencia
Gran parte de los comentarios no expresaron desacuerdos argumentados, sino violencia explícita. Insultos, amenazas simbólicas y deseos de muerte reemplazaron cualquier intento de discusión pública. Cuando el lenguaje se vuelve exterminio, ya no estamos ante una opinión: estamos ante un síntoma social.

2. La venganza como horizonte
Las respuestas no reclamaron justicia, prevención ni reparación. Reclamaron sufrimiento. La baja de la edad de punibilidad aparece así como una herramienta para canalizar una pulsión vengativa: no importa si funciona o no, importa que alguien sufra. Por eso, aun frente a la abundante evidencia empírica que demuestra el fracaso del sistema penal para prevenir la violencia, se insiste en el castigo. No como solución, sino como experiencia emocional: la ilusión de alivio que produce ver sufrir a otro.

El punitivismo no aparece aquí como una política pública ni como una respuesta racional al delito, sino como un dispositivo para descargar odio y frustraciones acumuladas. Quien desea la muerte de alguien a quien no conoce —y que simplemente piensa distinto— no está hablando del problema que dice denunciar. Está hablando de sí mismo. De su miedo frente a una sociedad que no comprende, de su sensación de pérdida de control, de una frustración profunda que busca, desesperadamente, un cuerpo ajeno sobre el cual descargarse.
3. El niño deja de ser niño para ser castigado
Un chico de 13 años es considerado incapaz para casi todas las decisiones relevantes, excepto cuando se trata de castigarlo. En ese momento, se lo transforma discursivamente en un adulto peligroso o en un enemigo social. La deshumanización es la condición que vuelve tolerable cualquier pena.

4. La lógica del exterminio
Algunos comentarios no se conforman con el encierro: piden la desaparición del niño y de su familia. La responsabilidad deja de ser individual y se vuelve total, hereditaria. No se busca justicia, sino eliminación. Esta lógica tiene antecedentes históricos conocidos y consecuencias siempre trágicas.


5. El dolor de las víctimas como argumento de cierre
El sufrimiento de las víctimas es utilizado para clausurar toda reflexión. Si realmente importaran las víctimas, no se desearía la muerte, lo que provocaría más víctimas. Sin embargo, el reclamo que aparece una y otra vez no es el de una sociedad con menos dolor, sino el de una sociedad donde el dolor se multiplica y se redistribuye. Pero defender derechos y exigir respuestas estatales eficaces no implica desatender a las víctimas; implica, precisamente, evitar que su dolor sea utilizado como justificación para producir más violencia. La pregunta que rara vez se formula es sencilla y brutal: ¿de qué manera el sufrimiento del victimario repara a la víctima o a su familia? ¿Qué se restituye, qué se sana, qué se repara cuando el castigo se convierte en venganza?

Tal vez la respuesta incomode, pero es necesaria. A quienes dicen hablar en nombre de las víctimas, lo que parece importarles no es que haya menos víctimas; de ser así, no desearían la muerte de familiares de quien piensa diferente. Cuando el horizonte deja de ser la reparación para convertirse en la multiplicación del sufrimiento, lo que se pierde no es solo una discusión política: se pierde la posibilidad misma de una sociedad menos cruel.
6. El slogan punitivo como atajo emocional
“Delito de adulto, pena de adulto” es una consigna eficaz en términos emocionales, pero vacía en términos analíticos. No explica causas, no ofrece soluciones y no muestra evidencia de eficacia. Funciona como consuelo simbólico frente al miedo y la bronca social.

7. Un Estado reducido al castigo
Paradójicamente, muchos de los discursos más punitivos desconfían del Estado para educar, prevenir o incluir, pero lo reclaman con fuerza para castigar. La cárcel aparece como la única política imaginable, mientras se deslegitima cualquier intervención social previa. ¿Cuánto más barato sea incluir que castigar?

8. Redes sociales y desinhibición violenta
Las redes sociales no crean la violencia, pero la potencian y la normalizan. La distancia, el anonimato relativo y la lógica del comentario inmediato habilitan a decir lo que difícilmente se diría cara a cara. Así, desear la muerte o la desaparición de un niño puede convertirse en una opinión más dentro del flujo digital: una frase lanzada sin consecuencias visibles en el momento, pero con efectos duraderos sobre el sentido común. Porque cuando el exterminio se vuelve lenguaje cotidiano, deja de percibirse como barbarie y comienza a funcionar como una opción legítima dentro del debate público. Hay una paradoja inquietante en quien, desde la violencia, reclama más violencia para el violento: la certeza implícita de que siempre será quien la ejerza y nunca quien la padezca.

9. El sesgo de clase del castigo
Aunque se lo niegue, el destinatario del castigo siempre es el mismo. La figura del “menor delincuente” tiene un rostro social definido. Nadie imagina estas penas para adolescentes de sectores privilegiados. El castigo penal sigue siendo selectivo y profundamente desigual.

10. Lo que esta violencia dice de la sociedad
Estos comentarios no hablan solo de delito juvenil. Hablan de una sociedad atravesada por el miedo, la frustración y la pérdida de horizontes colectivos, que descarga su enojo sobre los más vulnerables. Cuando el debate público naturaliza el odio, la democracia se vuelve frágil.

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La discusión sobre la edad de punibilidad no puede darse a los gritos ni entre deseos de muerte. No porque falte indignación —hay motivos de sobra—, sino porque el castigo sin límites nunca resolvió la violencia. Nombrar la brutalidad de estos discursos no es censurar opiniones, es asumir que una sociedad que convierte el enojo en exterminio verbal está renunciando a pensar soluciones justas, eficaces y humanas. Y ese es un costo que se paga siempre, tarde o temprano, colectivamente.
Fuente: www.latinta.com.ar