Por Jesús Chirino*
Hay historias que sin ser de grandes figuras de la política, o de la intelectualidad, al contarlas entiendo que son importantes y con ellas se cuentan muchas otras que no siempre merecen el interés de la opinión publicada. Esta es la historia de un hombre simple y bueno, en un mundo en el cual muchos celebran la crueldad y el egoísmo. La ciudad siente y respira distintos aires Toda ciudad es diversa y sus habitantes la viven desde diferentes lugares. Más allá del fulgor de las luces de led, existen realidades que quedan en las sombras, como si no debieran mezclarse con la visión hegemónica promocionada en las redes. En todos los espacios, los más y los menos iluminados, se tejen historias individuales que no están desprendidas de lo colectivo.
En esta oportunidad quiero contar la de Sergio Alejandro Mercado, más conocido como “El Chicha”, un ciudadano de tez morena, cara redonda, de no mucha estatura y un gorro tipo piluso, que dejó esta vida en los últimos días de marzo. Desde la Boca del Tigre “El Chicha”, desde hace varias décadas, vendía pan en las calles de la ciudad. Nació el viernes 2 de marzo de 1973, al final de la dictadura cívico-militar autodenominada “Revolución Argentina”, que había derrocado a Humberto Illia en 1966. En ese tiempo la familia encabezada por los padres de “El Chicha” vivía en un sector del actual Barrio San Justo, entonces conocido como Boca del Tigre. Oscar Máximo Mercado, el papá, trabajaba en la semilleria Torazo y, Ramona, la mamá, se ocupaba de los hijos y realizaba todas las tareas de la casa.
Apenas 9 días luego de que Sergio abriera por primera vez sus ojos a la realidad de este mundo, el domingo 11 de marzo del ´73, la fórmula peronista del FREJULI, que llevaba la fórmula Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima, resultó ganadora en la elección presidencial del país. Así se decretó el final de aquella dictadura. El 25 mayo de ese mismo año, el militar Alejandro Agustín Lanusse dejó el poder entregando la presidencia de la Nación a quien había sido electo por el pueblo. Se renovaban algunos sueños. Dos escuelas y perros que muerden “El Chicha” tuvo hermanos, uno fallecido hace tiempo, otro es Rubén Darío, una de las personas con quien hablé para hacer esta nota.
En la charla se notó que lo recuerda con mucho cariño y cuenta que fueron a la escuela José Manuel Estrada “la del Barrio Beletti, ahora Bello Horizonte. Allí hicimos hasta tercer grado, luego terminamos la primaria en la Escuela Nacional” Nicolás Avellaneda, situada en calle Buenos Aires. Rubén, que es trabajador rural desde su adolescencia, cuenta que dejaron “… el colegio porque estábamos en una situación mala económicamente. Cuando tuvimos un poquito de uso de razón, yo más que él, porque era más grande, ya salimos a laburar. Así que no se pudo seguir por el tema de que estábamos medio difícil económicamente. Mi familia no estaba bien pero, bueno, se vivía cómo se podía, pero bien, gracias a Dios nos fuimos por el carril que teníamos que ir”. Terminaron sus estudios en época democrática, pero hay infancias en las cuales los juegos terminan antes por la urgencia del trabajo. Esto aún sigue siendo una deuda en la organización de esta sociedad.
Tiempo antes, cuando la ciudad y el país todo vivía en medio de la dictadura iniciada en 1976, “El Chicha” sufrió un gran percance que le dejó marcas para toda la vida. Su hermano lo cuenta diciendo “creo que tenía entre 8 y 9 años, ahí fue cuando lo mordió el perro. Entonces vivíamos en el Barrio San Martín, en Balcarce y San Luis”. Cuando detalla la historia dice que Sergio regresaba a la casa, por calle Balcarce, y “…a mitad de cuadra, más o menos, lo mordieron los perros”. Fue un ataque terrible es así que “estuvo internado un año en el Hospital Pasteur, cuando aún estaba en la calle Mendoza. Le hicieron muchos puntos. Unos 25 puntos en un brazo, 12 o 15 en una pierna. El dueño del perro que lo mordió vivía ahí en Balcarce y Tucuman, en la esquina”. La estructura de salud pública lo salvó, el Hospital Pasteur estuvo allí, como siempre, al servicio de quienes vivimos en la zona. Generosidad con silbato
Durante la pandemia, el silencio había tomado las calles, pero en algunos barrios populosos de Villa María, se escuchaba el silbato de uno de los tantos trabajadores esenciales. Era “El Chicha” que anunciaba su paso. Algunos vecinos salíamos a la puerta de calle para hacerle seña. Se acercaba con su bicicleta y el carrito, destapaba los panes calentitos pidiendo que eligieramos el que queríamos comprar, con o sin “chicha”. Ricardo, un amigo que lo conoció haciendo changas en una panadería, por casi veinte años le proporcionó aquellos ricos panes que Sergio ofrecía con una sonrisa. También el mismo “Chicha”, con ayuda de amigos, hizo varios hornos de barro en los distintos domicilios que ocupó. Allí hacía panes que luego salía a vender. Norma, vecina en el último domicilio en Barrio San Justo, lo acompañó y cuidó todo lo que pudo. Ella dice que “desde hace un poco más de dos años vivía por la calle Porfirio Seppey. Cuando comenzó su enfermedad le entregaron una pensión, me puso como apoderada pues había gente que lo jodía… Él era buena persona, amable, servicial, en lo que podía ayudar ayudaba, no tenía problemas”. Esta descripción, palabras más, palabras menos, es la que hicieron de él aquellos a cuales entrevisté.
Así opinaron Lilian, del Barrio San Martín, Patricia, enfermera profesional que lo atendió; Ricardo, panadero; Edgard, vecino y comerciante del Barrio San Martín y algunas personas más con las cuales hablé. Por su parte Rubén remarcó que su hermano era “Buen tipo, buena persona, muy servicial. Si él veía alguien que no tenía para comer le daba lo que llevaba, no se fijaba. Era buena persona, le gustaba colaborar con los otros…”. En mi caso recuerdo un tarde, durante la pandemia, escuché el silbato y salí a llamarlo. Venía, por la calle Mendoza, tirando la bicicleta y el carro. Le compré un pan, con chicha, hicimos unas bromas de fútbol, él dijo algo de su Boquita amado. Se acercaron unos niños, miraban los panes. Les preguntó si querían uno y se los entregó. No hizo falta que le dijeran que no tenían con qué pagarle. Boquita de su corazón Norma lo recuerda escuchando por radio los partidos de Boca Juniors, “cuando no podía verlos por la televisión hacía eso”. También rememora cómo chiflaba para llamar a alguien o como saludaba diciendo “papá” o “cara de poío”. Señala la gente que solía acercarse para ayudarle trayendo harina, grasa, chicharrones y otras cosas. Solían ponerse juntos a trabajar y él ponía “la crota”, como le decía a la pava, al fuego para calentar agua.
Hasta hace cuatro meses, cuando la enfermedad ya lo retiró de la calle, ponía un puestito de venta en la esquina de Porfirio Seppey y Las Heras, allí vendía roscas, bolas de fraile y otros productos de panificación que le acercaban. Lejos habían quedado los tiempos en que anduvo vendiendo con alguna de sus dos motos (una se la quitaron en un control municipal), con la bicicleta o, mucho antes, caminando. Pero lo que no había quedado atrás eran las simpatías que había logrado en su vida. Norma destaca “pasaban cien personas por la esquina y él saludaba a todos” y todos le respondían. “El Chicha” era muy querido. Una enfermera que lo recuerda como una gran persona dice que siempre le recomendaba que no fumara nada y que tampoco tomara nada de alcohol, pero la vida no es sencilla, Norma cuenta que siempre estaba con mucho dolor.
Cuando murió en el hospital primero buscaron a su hermano para avisarle, luego vinieron los trámites para el servicio fúnebre y la posterior sepultura. El hermano cuenta que el municipio se hizo cargo del servicio pero no así del costo del nicho. “Tenemos que pagar antes del día 13”. Buscan ayuda, Norma hizo un alias para colaborar ( Chicha.2026.53 ). En estos tiempos difíciles que vivimos, es bueno recordar a un hombre generoso hasta el límite de dar lo poco que tenía. Cuando muchos pregonan que lo más importante es el proyecto individual, “El Chicha” miraba al que tenía al lado y estiraba su mano.
*Docente. Periodista. Secretario General de la CTA Autónoma Regional Villa María
Ilustración: Raúl Olcelli
Fuente: www.eldiariocba.com.ar