El testigo involuntario de La Perla

Por Esteban Viú

El baqueano José Julián Solanille rompió cinco años de silencio para denunciar los crímenes cometidos en La Perla y guió las primeras expediciones en la Loma del Torito en 1984.

―Yo tenía una perrita chica, una collie entrenada. Ella andaba entre los caballos o con los soldados. Una tarde, llegué a mi casa y había llevado restos humanos, pero muy chiquitos. Fueron dos veces que trajo unas cabecitas chiquitas, bracitos, costillitas, que seguramente eran de criaturas. Yo las escondía siempre en la vía del tren, que cruzaba atrás de casa. Ahí, en la loma El Torito. Yo nunca le puse cruz, nada. Les rezaba de vez en cuando, algo de latín.

―¿Y cómo sabe usted que eran huesos de seres humanos y no de animales? ―preguntó el juez.

―Porque soy hombre de campo, señor. Y sé distinguir cuando son huesos de animal o de cristianos. Y estos eran de cristianos.

José Julián Solanille es el que responde las preguntas de los jueces, en el Juicio a las Juntas Militares de 1985. Las cámaras que registran la audiencia lo toman desde atrás, se ve un hombre entrado en años, casi canoso, algo encorvado y espalda ancha. Lo que cuenta es que comenzó a trabajar como peón de campo unos meses antes del 24 de marzo de 1976, en un predio del III Cuerpo del Ejército, a metros del Centro Clandestino La Perla. Durante los dos años que duró su trabajo ahí, Solanille no hizo preguntas. Solo miró. Fue el espectador involuntario de las funciones de horror en la Loma del Torito. Por lo vivido y algunas amenazas recibidas, en 1978, se mudó a la localidad de Argüello y, desde ese momento, guardó el secreto en el mismo lugar donde escondía los restos que su perra dejaba: bajo la tierra, junto a las vías del tren.

Una mañana de 1983, mientras el sol apenas empezaba a rajar el campo, la radio mencionó una sigla que funcionó como un bisturí en sus fibras: CONADEP. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas buscaba testimonios para investigar crímenes y desapariciones durante la última dictadura, y así desenterrar lo que el silencio había dado por muerto. José no lo pensó ni lo consultó con nadie. Dejó las monturas que preparaba, se calzó una campera y montó su motoneta Vespa como subiendo a un animal de huida. Encaró hacia Córdoba con el viento golpeándole la cara, sintiendo que, después de muchos años, los pulmones le pesaban menos. No era solo un viaje de kilómetros, era el trámite urgente de quien necesita vomitar un fardo de sombras para empezar, finalmente, a respirar el aire de los vivos.

Esta semana, el Equipo Argentino de Antropología Forense le puso nombre al silencio que José tuvo dentro durante años. En la loma donde el peón rezaba en latín, aparecieron doce cuerpos que ya tienen nombres.

Estas son algunas transcripciones de sus declaraciones el 27 de junio de 1985.

“El campo en el que trabajaba pertenecía al Ejército, mi jefe era Saldivia. Yo arreaba ganado, calzaba caballos, trabajaba la tierra, esas eran mis tareas (…) Después del 24 de marzo de 1976, empecé a ver tumbas, rastros de los camiones, botellas de gaseosas, cualquier cantidad de balas de 45, Itaca. Entonces le dije a Saldivia y me respondió que no pasaba nada, que me quedara callado y trabajara, que lo que tenía que hacer era subirme a la loma y observar: “Si ves que no están los camiones de Gendarmería, te mandás. Si ves que están ahí, dejá el ganado, dejá todo y volvete”.

“Un domingo a la mañana, veo que me tiran unas pibas jóvenes adelante de la hacienda, desde un helicóptero. Eran dos chicas rubias, jóvenes, parecía que una tenía la cabeza retorcida y solo una de las piernas. La otra tenía una sola botita puesta; ahí estuvieron más o menos dos días o tres. Después hicieron al lado unas tumbas que posiblemente las han sepultado ahí. Ese día, un vecino me dijo: ‘Yo recién vi el helicóptero que iba bajo, pero bajo. Vos sabés, cuando venía con los animales de doble yunta, tiraron un chico desde allá’. Y yo siempre fui medio curioso, no sé. Me arrimé, no se sabía si era chico o un hombre bajo; estaba encapuchado”.

“Estaba con otro compañero en la Loma del Torito. Habíamos visto la fosa cavada. Unos cuatro metros por cuatro. Tenían a toda la gente en dos filas. No sé, eran muchas personas. Como cien. Algunos vestidos, otros totalmente desnudos. Estaba Menéndez. Él había llegado en un Falcon blanco. Sabía que se venía algo grande. Y ahí estaba, con su fusil. No lo vi disparar. Pero él dio la orden. La gente estaba encapuchada o vendada o tenían unos anteojos… Los que no tenían nada, los que podían ver, gritaban. Unos hasta corrieron. Pero los mataron por la espalda. Ahí nos rajamos con mi amigo. Estábamos cagados de miedo, bajamos corriendo. Después se ve que los quemaron. Tiraron explosivos. El humo con ese olor espantoso se vino para mi casa. Mi mujer y mis hijos se quejaban”. A los días, Solanille volvió al lugar y vio que habían tapado la fosa: “Se ve que estaba muy llena, porque sobró mucha tierra”.

“Una vez, un ternero nuestro cayó a una de las fosas. Tenía más de 18 metros. El animalito estaba parado. Pero alrededor había muchos cuerpos. Era espantoso. Había mucha gente muerta. Cabezas, piernas, brazos retorcidos, una chica con el pelo despeinado, para adelante… Sacamos el ternero. Un olor bárbaro tenía… Cuando volvimos después con los jueces y la CONADEP, costó encontrar ese pozo, porque le habían hecho una loza de material arriba y habían construido una casa cerca. Pero yo sé bien que ahí abajo estaba el pozo donde se cayó el ternero”.

“Viene Saldivia un día y le cuento lo que mi perra traía al campo. Después que él se fue, la perra no la vimos más. Pasó un día completo y la perra no volvió. Había un soldadito catamarqueño, muchachito medio atrevido, que le dije: ‘Vos decime la verdad, ¿me sacaste la perra?’. Era un chico analfabeto, que yo había ayudado. Me dijo: ‘Pucha, le fallé, don Pepe, después que me dio una mano. La perrita me mandó Saldivia a matarla, la maté, cerca de la vía’».

El testimonio y el impulso de Solanille fue clave para reconocer el sitio donde se ubicaba la Loma del Torito. El baqueano guió las primeras expediciones en la zona para señalar los lugares de fusilamiento y entierro.Esas fosas fueron removidas por los militares antes de caer el gobierno de facto, pero persistieron allí algunos restos menores que permitieron tomar muestras y llegar a comprobar la identidad de 12 personas hasta ahora. Solanille falleció en 2019, sosteniendo hasta el último día sus testimonios.

Fuente: www.latinta.com.ar