Hay mucho para pensar y analizar a partir de cómo los villamarienses contamos el pasado de la ciudad y región. Cómo ese pasado circula en la memoria colectiva, el mito e incluso en la historia realizada por estudiosos del tema. Estamos en el mes de septiembre, en el que celebramos a la ciudad. Villa María se fundó el 27 de septiembre de 1867.
Por Jesús Chirino*
Solo una fecha simbólica
A lo largo de los años han existido diferentes propuestas para establecer un día como fecha del cumpleaños de la ciudad. Entre ellos el 1 de septiembre, por ser el día en que se inauguró la estación ferroviaria de la primera línea de ese transporte que llegó a esta geografía. También se propuso y conmemoró el aniversario de la ciudad el 25 de septiembre y, como se hace actualmente, el 27 del mismo mes.
Esas fechas han sido justificadas por diferentes razones. Así tenemos que el 25 de septiembre de 1867 Pablo Barrelier remitió al ministro de Gobierno de la Provincia el plano de Villa María, que había trazado a pedido de Manuel Anselmo Ocampo, terrateniente propietario de estas tierras. Un par de días después, el 27, el vocal del Departamento Topográfico provincial manda a archivar el plano, es decir que el mismo estaba aprobado. Como puede notarse, en cada fecha pasó algo que podría ser tomado como referencia para establecer ese día como el de celebración.
Autores a favor de entender procesos
Aunque también debe entenderse que si el criterio es buscar un acontecimiento importante para establecer una fecha posible para el aniversario de la ciudad, existen otras muchas posibilidades. Así tenemos que, por ejemplo, el historiador Bernardino Calvo, en uno de sus libros, dice: “En rigor, el proceso fundacional de Villa María se había iniciado el 7 de junio de 1867 con la mensura y amojonamiento el terreno que Ocampo vendiera al Gobierno de la Nación…” para la estación del Ferrocarril Central Argentino.
Tiempo antes, José Pedernera, rescatado por el historiador Augusto López en una de sus obras, escribió que el nacimiento de Villa María fue un proceso desprovisto de todo “formulismo o ceremonial” y que la empresa que construyó el ferrocarril denominó a las estaciones con el nombre de “las comarcas o localidades donde aquellas se establecieron”, de hecho aquí se denominó Estación Villa Nueva. Pedernera también dice que luego los gobiernos provinciales aprobaron los planos “para fraccionar los terrenos aledaños a dichas estaciones…”. Es en ese proceso que el gobierno aprueba que llevará otro nombre, es decir, el de Villa María.
¿De quién es hijo el ferrocarril?
Pero también tenemos que en 1866, en un plano oficial con datos relevados por el Departamento Topográfico de la provincia, aparece Villa María como un punto geográfico concreto en ese documento. Es decir que un año antes de la fecha, que sostenemos como la del nacimiento de esta localidad, la misma ya estaba en ese plano oficial.
Podría abundar con más ejemplos acerca de documentos oficiales con diferentes fechas en las cuales se dieron acontecimientos importantes en la construcción de la ciudad. Incluso, incorporar fuentes que no son documentos surgidos desde instituciones oficiales. Pero, más allá de la fecha, lo que surge cada septiembre es la figura de la fundación de la ciudad.
Antes de avanzar en este tema deseo señalar que, otra posición que quizás también debe ser tenida en cuenta al analizar cómo nos contamos el pasado de nuestra localidad, es el tema de si la misma es “hija de riel”, como alguna vez se dijo; y, de ser así, preguntarnos de quién sería hijo el ferrocarril de la zona, y seguiríamos la historia del árbol genealógico sugerido por esa poética frase que pretende explicar el origen de la ciudad.
La fundación: Escenificación del poder
Regresando al tema de las fechas, dejando en claro que es interesante e importante que exista una determinada para celebrar la ciudad como comunidad, es muy probable que volveremos a escuchar en boca de diferentes actores sociales la referencia a la fundación de Villa María. Como una necesidad de establecer un momento específico en el cual se produjo el nacimiento de la localidad. Esto no es algo propio de nuestro tiempo, en el pasado también se ha discutido acerca del momento fundacional, incluso se debatió si existía acta fundacional. En realidad, en el caso de Villa María no se produjo ningún acto al estilo de la fundación de las poblaciones en la época colonial.
En el planteo de un momento fundacional único puede advertirse dificultad para asimilar la existencia de los procesos que, se entiende, no se reducen a un solo acontecimiento. Si bien Villa María surgió en otro momento histórico, quizás, culturalmente se pretende encontrar similitudes con los actos de fundación de las ciudades coloniales españolas. Esas eran ceremonias políticas y religiosas, normadas por las leyes de la corona. Básicamente, quien asumía el rol de fundador proclamaba el nombre de la nueva ciudad y declaraba, en nombre del Rey, la toma de posesión de esas tierras. Escenificaba el poder desenvainando su espada, lanzando estocadas al aire y cortando hierbas del suelo. Le preguntaba a los presentes, seguidores suyos, si alguien se oponía a esa fundación. Se suponía que el hecho de no existir oposición dotaba de legitimidad a ese acto. Se plantaba un tronco, la picota, como símbolo de la justicia real. El sacerdote católico bendecía el lugar, plantaba una cruz de madera y consagraba la nueva población al Dios de su religión. Luego firmaban el acta fundacional y, por último, repartían las tierras y nombraban a las autoridades.
Es claro que, en estas tierras, no existió un acto de ese tipo, si bien por algún tiempo se fantaseó con la existencia un acta fundacional, es legítimo preguntarse qué se estaría buscando cuando se articula un relato que incluye un momento fundacional. En el intento de responder esa pregunta lo primero que surge es que, con esa visión, se dificulta visualizar el proceso. Por otra parte, quizás, también se pretende construir una narrativa que, de alguna manera, cumpla las funciones que pretendían los actos fundacionales de la conquista. En esas ceremonias, desde lo simbólico, se recreaba, a escala humana, una visión de la creación del universo. Una forma de establecer que no tenía importancia aquello que existía antes de ese momento. Aquello era visto como caótico, amorfo, un desierto salvaje que, a partir del momento fundacional, sería incorporado al mundo de las reglas establecidas por el nuevo orden que venía a establecerse. Se simbolizaba lo que era pensado como el paso del caos al orden propio de la nueva civilización, la única reconocida como válida. Así se establecía un “punto cero”, un parteaguas fundamental que separaba el “antes”, tiempo en el cual lo que existía pasaba a ser irrelevante, del “después”, en el cual se escribe la historia oficial de la comunidad.
El rescate del momento fundacional también tiene implicancias políticas, pues permite que en cada aniversario se produzcan actos en los cuales el poder se vuelve a escenificar, generalmente, sin gran protagonismo de los vecinos, sí de la autoridad que puede, en su relato, regresar a aquel momento inicial como fuente de poder y plantearse como portador de los valores que, supuestamente, se expresaron en aquel primigenio momento. Así el poder logra, desde lo simbólico, reforzar su legitimidad y que sea visto como una natural extensión de quienes iniciaron la comunidad. Desde allí puede plantearse lo que sería la escénica o los supuestos elementos centrales de la localidad. Por esto y muchas otras razones, quizás sea más cercano a la realidad pensar los procesos que dan existencia a ciudades como la nuestra. Procesos que no son cerrados y, por ende, continúan, en los cuales los principales protagonistas reales son los vecinos y las vecinas. Y todos los días celebremos la ciudad como comunidad, lo que conlleva apostar y trabajar por el bienestar de todos y todas, sin que ningún poder de la ciudad se torne caprichoso o discriminador.
*Docente. Periodista
Ilustración: Raúl Olcelli sobre un fragmento de un trabajo de Rafael Ceballos
Fuente: www.eldiariocba.com.ar