Por Jesús Chirino*
El concepto de libertad no es universal ni unívoco, menos cuando se lo juega desde lo político partidario, es más, al plantearse desde lo económico, puede incluir la indolencia ante el sufrimiento de otros seres humanos. Incluso suele presentarse como una cuestión individualista y ajena a cualquier rasgo de empatía con los otros. Quizás por ello, en la Revolución Francesa el lema no fue solo “Libertad”, sino “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Si bien recibió críticas y actualmente podría ser complementado con otros conceptos, no deberíamos retroceder a una retórica de la libertad que fue usada en el tiempo que gobernaron los delincuentes que cometieron delitos de lesa humanidad en nuestro país.
Una dictadura a favor del mercado y de quienes lo manejan
Cuando se habla de hacer explotar la economía del país, el sueldo de los trabajadores está entre lo primero que salta por los aires. Se está atacando el poder adquisitivo del sueldo cuando de cualquier manera se favorece o se pide una devaluación, ya sea con medidas concretas o llamando a festejar la depreciación del peso, manifestando “Cuanto más alto esté el precio del dólar, más fácil dolarizar”, como se ha dicho en estos días.
Estas retóricas no son nuevas, el antecedente más cercano en la historia contemporánea argentina se encuentra en la dictadura iniciada en 1976 que produjo profundos cambios en la estructura económica del país. Según el economista e historiador Mario Rapoport, las modificaciones introducidas durante la dictadura “terminaron por conformar un nuevo modelo económico basado en la acumulación rentística y financiera, la apertura externa irrestricta, comercial y de capitales, y el disciplinamiento social. La dictadura militar se propuso restablecer la hegemonía del mercado en la asignación de recursos, restringir la participación del Estado y abrir la competencia de los productos nacionales con los extranjeros, aunque ello significara sacrificar la industria local”.
Para la creación de sujeto social individualista
En una primera etapa, entre 1976 y 1978, se realizó un plan de ajuste económico, devaluación, liberación de precio, congelación de salarios, cese de las facilidades para exportaciones industriales e impulso de las importaciones de cualquier tipo. Se impulsó que el sector de las finanzas ocupara una posición hegemónica, clave para la toma y el reparto de recursos. Con el cuento de que la competencia abría la puerta para que el mercado mejorara todo, se liberaron todo tipo de importaciones, lo que terminó perjudicando? la producción nacional.?
Es decir, se realizó una reforma económica regresiva que incluyó modificaciones financieras acordes a ese plan perverso. La segunda etapa inició en 1978 con la aplicación de la “tablita cambiaria” que permitía conocer la devaluación programada del peso, con ocho meses de anticipación. Entre otras cosas, esto derivó en una timba financiera en la cual ganaban los sectores más acomodados, se aceleró la destrucción del aparato productivo del país y se construyó un andamiaje legal que, desgraciadamente, la democracia aún no desarmó de manera definitiva.
El sociólogo Daniel Fridman, de la Universidad de Columbia, supo señalar que “Mucho se ha hablado del terrorismo de Estado. Pero se prestó poca atención a la acción planificada de los militares para crear un nuevo sujeto que se identifica como consumidor, ahorrista e inversor”. El mismo cientista social remarcó que “mientras se torturaba y secuestraba, se erigía toda una retórica de la libertad a través del consumo y de la construcción de un sujeto económico autónomo, individual y racional, que tanto quieren los economistas liberales y el mercado”. Un sujeto centrado en sí mismo, con una racionalidad que entiende a la pobreza como un problema individual sin causas sistémicas.
El terror al servicio de un plan económico
La dictadura desaparecedora de personas fue un desastre en lo económico. Entre otros datos, puede señalarse que, según datos del Banco Central, aumentó la deuda externa de 9.700 a unos 45.100 millones de dólares (364%).
El principal ideólogo y ejecutor del plan económico fue José A. Martínez de Hoz quien, según señaló Bernardo Kosacoff (Cepal) dejó como “gran herencia… el crecimiento del endeudamiento externo, utilizado como ‘plata dulce’ y no para reformas estructurales”. Lo ingresado como deuda, básicamente era destinado a alimentar la renta financiera.
El reconocido economista Aldo Ferrer, supo decir que el objetivo de la dictadura “fue arrasar con el tejido social y productivo y sustituirlo por una nueva organización en línea con la apertura económica”. Miles de empresas fabriles cerraron sus puertas.
La implementación de la dictadura y su plan sistemático de violación de los derechos humanos de la ciudadanía, obedeció a un proyecto político, social y económico en beneficio de los sectores dominantes y en perjuicio de los sectores populares, a los cuales se les reservaba el lugar de la subordinación.
Con cuarenta años de democracia suena algo perverso que desde algunos sectores se intente negar toda la investigación histórica realizada, los procesos y fallos judiciales y los miles de testimonios que muestran que existió un plan sistemático tanto para el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de personas, como para el robo de bebés. Estas, como otras atrocidades, han sido probadas en juicios en los cuales intervinieron cientos de jueces. Igual de probadas están las consecuencias económicas de las reformas regresivas que la dictadura realizó en lo económico. Resulta asombroso que se niegue todo esto y se pretenda presente como novedoso aquellas ideas que ya hicieron estragos en el país.
*Docente. Periodista. Secretario General de la Unión de Trabajadores de Estados Municipales (UTEM-CTAA). Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Villa María
Fuente: www.eldiariocba.com.ar