Los adultos somos responsables de este desastre social

Por Néstor Pérez*

Las autoridades se afanan en demostrar vocación por atrapar al ladrón que, cotidianamente, enrosca su marginalidad en el cuello de otros que no tienen ni tuvieron mejor suerte que él.

Entonces exhiben sistemas de videovigilancia, redes de captura remota, aparatos destinados a operar en el imaginario social como custodios de una tranquilidad extraviada en los laberintos del fracaso como nación que hoy nos estalla en la cara.

Mientras sobrevivir se vuelve una instancia desafiante, todo angustia, miedo, desazón.

En este escenario pavoroso aparece este niño de 8 años que debiera jugar a ser “ladrón”, no habitar con su propio cuerpo el espacio donde se delinque en la vida real.

Cuan honda es nuestra tragedia social aún es un interrogante abierto, siempre hay espacio para caer más profundo; pero no podemos asistir a la depredación de esperanza en el frágil mundo de las infancias sin levantar bien alto los puños.

Los adultos somos responsables de este desastre social.

De continuar mirando como se nos degrada la vida, sin intervenir para otra cosa que soltar un grito indignado, el futuro será la desolación total, la ruina de valores como la solidaridad, la política como herramienta de transformación.

Los desalmados nunca rinden sus chances de apretar más el nudo con que nos ahorcan; hacen fila para ocupar el centro de la escena.

De nosotros depende que la oscuridad en que vive la mitad de nuestros niños se vuelva irrevocable.

*Periodista. Secretario de Finanzas del Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba (Cispren-CTAA)