Miguel Salinas: Los días del torturador

Por Esteban Viu

Miguel Ángel Salinas, autor de la mayor matanza de trabajadores de la historia argentina reciente, es procesado por su pasado como guardiacárcel y pieza clave en los grupos de tareas del sur cordobés durante la última dictadura. Vive en Córdoba, es electricista y está libre.

“A mi me trajeron a Río Cuarto a los nueve meses de vida, cuando la prostituta de mi madre me abandonó en casa de una tía, era el año 1954. Y a mi padre no lo conocí nunca”, dice la declaración de Miguel Ángel Salinas, citada en el libro Banco chico, infierno grande, de Lionel Gioda. Desde aquel momento, vivió con su tía Mabel en la ciudad del sur cordobés, en el Hotel España, como muchas familias amontonadas en hoteles por la urgencia del siglo XX. En la habitación siguiente a los Salinas, vivía Armando Moreno. «Morenito», como lo conocía el barrio, convivía con pájaros en la pieza 19, lo que alguna vez le produjo problemas con la administración. Docenas de canarios que eran, para él, pequeños dioses con alas, una religión de trinos y alpiste que custodiaba la penumbra de su cuarto.

Miguel Salinas, a la derecha de la fotografía.

Sucedió una tarde de otoño cualquiera. Moreno volvía de las compras, los brazos cargados de bolsas, las hojas amarillas del boulevard Roca invadiendo la calle. “Miguelito”, por aburrimiento o por esa crueldad azarosa de la infancia, lanzó una piedra que impactó seca en el hombre de los pájaros, lo que provocó su reacción: lanzó un puntapié sobre la marcha, una descarga de furia que no llegó a derribar al chico, pero sí marcarlo. La revancha del pequeño no tuvo gritos. Fue silenciosa y absoluta. Cuando Moreno entró a su habitación, al día siguiente, se encontró con una escena dantesca: los canarios, sus pequeños dioses, estaban esparcidos por el suelo. Todos. Degollados y algunos desplumados.

La noche del 15 de septiembre de 1987, en la casa de Francisco Nievas, la televisión sonaba más fuerte que de costumbre. No era entusiasmo; era una cortina de ruido. Nievas había subido el volumen para que sus hijos, en el cuarto del lado, no escucharan el cronograma del día siguiente que armaban con Salinas: el despertador a las seis y media, el viaje hacia el centro de la ciudad y el desembarco frente al Banco Popular Financiero, cerca del Hotel España, que todavía miraba la ciudad con ojos viejos.

El Banco Popular Financiero de Río Cuarto, Córdoba, luego de la masacre.

Mientras el televisor aturdía, el cabo policial Miguel Salinas —un hombre de la ley— terminaba de aceitar el crimen. Le entregó a Nievas un revólver con el tambor lleno y tres o cuatro balas de repuesto, sueltas, como quien reparte caramelos. Pero el rastro más perturbador de la logística era doméstico. Salinas traía consigo dos capuchas de confección casera. Las había cosido su esposa, María Rosa Boni, usando la tela de un viejo batón floreado. Eran dos bolsas floreadas para ocultar el rostro de los asesinos, con sus respectivos agujeros para los ojos. La mañana fría del 16 de septiembre terminó con seis personas asesinadas en el Banco Popular Financiero, el gerente malherido con un tiro en la cabeza y 15.000 dólares en los bolsillos de Salinas y Nievas, que fueron atrapados casi al instante. Cabe mencionar que Salinas era seguridad del banco que robó y compañero de las personas que asesinó. Las víctimas fueron encadenadas y encapuchadas para el asesinato.

En la memoria popular, el hecho quedó grabado como la masacre más grande de trabajadores en los últimos 50 años. En 1989, fue condenado a perpetua. En 2007, volvió a la calle por “buena conducta”, pero se quedó sin su territorio. Con el retorno a Río Cuarto vedado por el estigma y el odio latente, Córdoba capital se convirtió en su refugio. Aunque la Justicia le había dictado perpetua, la aritmética carcelaria resultó ser sospechosamente breve: apenas veinte años de encierro. Una “buena conducta” protocolar bastó para que el hombre que fusiló a seis personas volviera a diluirse entre la multitud de los libres. Por entonces, nadie sabía que bajo su piel latía el rastro de un pasado represor; una veta de crueldad forjada en la sombra que la burocracia no supo —o no quiso— leer a tiempo.

El Banco Popular Financiero de Río Cuarto, Córdoba, luego de la masacre.

“Una noche, allanaron mi casa el ‘Gato’ Gómez y Salinas. Me llevaron a la calle Belgrano, me interrogaron y Salinas me mató a trompadas. Gómez dio la orden de matarme, Salinas me gatilló en la cabeza dos veces y no sé por qué el tiro no salió», dijo Miguel Cretton en el programa de radio Así son las cosas, de Guillermo Geremia. Cretton fue una de las cinco víctimas que hoy denuncian al ex cabo policial. Se le atribuye responsabilidad por los delitos de privación ilegítima de la libertad, tormentos agravados y abuso sexual. Cuatro de las cinco personas que denuncian son mujeres.

«En 1979, ingresé a trabajar al Banco Popular. Salinas concurría habitualmente a hacer adicionales a la sucursal. Una mañana, voy a la cocina a prepararme un café y estaba Salinas. Cuando entré y él me vio, se empezó a reír y me dijo: «Te acordás de mí». Di media vuelta y me fui. Fue la primera vez que lo vi después de esos interrogatorios. Nunca me animé a mirarlo a la cara», declaró Cretton.

Salinas integraba la “patota” del Gato Gómez, un personaje oscuro del terrorismo de Estado en Córdoba, exintegrante del Departamento de Informaciones (D2) de la Policía provincial, condenado por delitos de lesa humanidad. Ambos formaron parte de los grupos de tareas del “Comando Libertadores de América” que torturó, mató y desapareció a decenas de personas. Gioda, en su libro sobre la masacre del banco, cuenta que los demás policías dijeron lo siguiente sobre Salinas: «Medio loco, pero guapo, de acción. No le esquivaba al bulto, los superiores lo buscaban cuando había que poner el cuerpo en algún operativo o para los trabajos sucios».

La imagen generada de Salinas es la de un paria que careció de peso específico hasta que encajó en la Policía de Córdoba, que le otorgó un arma a pesar de sus antecedentes por hurto que tenía antes del ingreso, arma que aprendió a manejar muy bien. Los días del torturados transcurren caminando las calles de Córdoba, vive en barrio Colón y visita casas como electricista, con una vida social reducida y una jubilación de policías. Camina con la tranquilidad de los hombres que ya no tienen prisa, habitando un anonimato que su historia desmiente.

Todavía no hay fecha de inicio para el juicio de la megacausa Gutiérrez.

Fuente: www.latinta.com.ar