“Vago”, como figura estigmatizante

Por Jesús Chirino*

Cuando decimos que somos trabajadores, en general, estamos definiéndonos como integrantes de un sector social que, para su supervivencia, depende del fruto de su trabajo. Es decir que somos parte de esa gran porción de la sociedad que no podría seguir adelante sin producir ingresos a partir de su trabajo y de la contención de las redes de asistencia que se han ido creando a lo largo de la historia. Se trata de la clase que es la base productiva de la economía, y cuyos integrantes no somos dueños de los medios de producción ni podemos vivir de rentas. Y de este sector social no solo pertenecen quienes tienen trabajo en relación de dependencia, sino también pequeños fabricantes o comerciantes, los llamados emprendedores, etcétera; en definitiva, quienes dependen de su trabajo.

Pero existen otras acepciones para el término trabajador. Una de ellas es la segunda adjudicada en el diccionario de la Real Academia Española: “Muy aplicado al trabajo”. Allí también se señala como un antónimo el término “vago”, al cual le adjudica el significado de “holgazán, perezoso, poco trabajador”. Este significado es muy cercano al que se le otorga cuando, en nuestro país, se llama “vago” a alguien como forma de insulto. Es decir, se lo tilda de poco afecto al trabajo. Pero los significados de las palabras no se producen en un laboratorio, sino que tienen sus historias.

Los “peligrosos” para el sistema eran “vagos”

En el caso del término “vago”, y dejando de lado su origen etimológico, podemos rastrear su significado desde su arribo a través de la tradición jurídica española. En el siglo XVII, el vago era un indeseable al cual debía expulsarse de la ciudad para que hubiera orden. En el siglo XVIII, su asociación con lo urbano varió al adaptarse al mundo rural. Después, la figura de “vagancia” se utilizó para controlar a los trabajadores cuando no se conchababan.

Durante el decenio que va desde 1780 a 1790 aumentó el control sobre la población rural, creciendo la presión para que trabajara. El vagar, errar, no solía ser causa de detención, pero sí algunos comportamientos que se asociaban a ese hábito; por ejemplo, ser jugador. A principios del siglo XIX se profundizó esa política, exigiendo la posesión de la “papeleta de conchabo y de alistamiento”, si no le cabía la figura de  “vago” y, generalmente, era condenado a prestar servicio con las armas. Es decir que primero se consideraba perjudicial el modo de vida que llevaban adelante los “vagos”; luego, la figura cambió para exigirse demostrar, mediante  “la papeleta de conchabo”, ocupación laboral. Luego de 1810 esto último se profundizó. Recordemos, en 1815, el “Bando de Oliden”, de la policía rural, que estableció que las personas sin “propiedad legítima” debían tener empleo y la papeleta firmada por su empleador y el juez de paz.  Al no cumplir con esos requisitos se los acusaba de “vagos” y se los enviaba al ejército por cinco años.

Desde el inicio de la siguiente década se profundizó el control sobre la población campesina y los sectores pobres urbanos.  En abril de 1922, mediante decreto, se encargó a la policía que tomará a los “vagos”, “cualquiera que sea la clase a que pertenezcan”, destinándolos al servicio militar o, de no ser útiles para eso, debían realizar trabajos públicos por un año; por tres, en caso de ser detenidos por segunda vez; y por ocho años la tercera vez, gozando de un salario (que nunca se pagaba). En 1823, mediante la ley de reclutamiento, se autorizó al ejército a reclutar a “los ociosos sin ocupación en la labranza u otro ejercicio útil”, así como a los que se hallaran durante los días laborales en casas de juego, tabernas y carreras, y a los que utilizaran un arma blanca para herir a otro. El ejército los llevaba por dos años, pero en 1824 se aumentó la pena a tres años y, como prueba, alcanzaba un informe verbal de un juez de paz.

Nótese que la figura de “vago” podía caberle tanto a quien no tenía ocupación, había herido a otro con una arma blanca o simplemente a quien tenía algún conflicto con el juez de paz equivocado. Algunos teóricos plantean, con claridad, que la figura de “vago” no pretendía controlar algún delito, sino construir un “estado de peligrosidad” que permitiera a las élites controlar a los sectores subalternos.

Desde 1815, para no ser vago se debía poseer empleo y tener la papeleta que lo respaldara.  Se era trabajador o se sufría la estigmatización como “vago”.  Luego, los papeles solicitados se multiplicaron (pasaporte, papeleta de conchabo y pasaporte de enrolamiento militar). A nivel nacional, esto  continuó, tanto durante el rosismo como en los años posteriores.

Como se ve, al principio la figura de “vago” tendió a forzar mano de obra, luego fue ganando terreno la construcción del “estado de peligrosidad” que, en lugares como Córdoba, lleva a figuras como la de “merodeo” o de “vagos profesionales”, sancionadas en 1980, dentro del Código de Faltas provincial.

El recorrido que hago aquí acerca de la figura del “vago” en nuestra historia es incompleto, por cuestión de espacio. Podrían incluirse cuestiones como su tratamiento en la literatura, comenzando en el Martín Fierro; la Ley de Vagos, de 1860, en la provincia de Entre Ríos; el Código Rural de la provincia de Buenos Aires, en 1865; las recomendaciones de la Sociedad Rural en tiempos de Alsina;  y varias leyes que “modernizaron” la figura poniéndole otros nombres en, por ejemplo, diferentes códigos provinciales. Pero lo expuesto alcanza para contextualizar qué se dice cuando se trata de estigmatizar a ciertos sectores diciéndoles que son vagos.

Como la figura de “vago”, en un sentido más amplio que el jurídico, se construyó en contraposición a la del trabajador integrado a una manera determinada de la organización productiva del país, quien ponga en cuestionamiento esa lógica aún puede ser estigmatizado con el mote de “vago”. A veces ni hace falta usar el término, alcanza con señalarlo como enemigo o contrario al trabajo (como lo entienden quienes defienden ese sistema).

Otro punto es que la figura de “vago” no puede caberle a quien pertenece a las clases sociales que tienen rentas, está construida para quienes son de los sectores subalternos. Cuando los trabajadores demandan derechos o tratan de ponerle límites, por ejemplo, a la jornada laboral, pueden ser acusados de estar en contra del trabajo.

Recordemos que en 2023, en la Comisión de Legislación del Trabajo de la Cámara de Diputados, expuso Julio Cordero, entonces vicepresidente de Política Social de la Unión Industrial Argentina, y que luego fuera designado frente a la Secretaría de Trabajo. Allí, Cordero manifestó su oposición a una posible reducción de la jornada laboral y dijo, entre otros conceptos:  “Yo limito la jornada para que trabaje menos, ¿para qué? ¿O sea, está mal trabajar, estamos en contra del trabajo? ¿Para qué, para ir afuera a hacer qué? Por supuesto, la vida familiar es absolutamente importante, pero esto ya se debatió internacionalmente”. Frente a esta posición queda flotando la figura de quienes estarían “en contra del trabajo”, de los “vagos” de los “peligrosos” que se oponen al actual régimen. Es más, el funcionario concibe que el lugar “natural” del trabajador es su trabajo; lo otro, como la familia, por ejemplo, es un “afuera”.

*Docente. Periodista. Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Villa María

Fuente: www.eldiariocba.com.ar