Fútbol, pasión y rebeldía de mujeres

Por Jesús Chirino*

Años 80, cuando la dictadura estaba derrumbándose, la libertad comenzó a respirar en distintos espacios. En el fútbol también se dieron hitos que marcarían su vida en esta región. Cuatro mujeres del barrio San Martín, que en aquellos años jugaron al fútbol, cuentan algunas de sus vivencias acerca de esa experiencia

Más que un deporte

El fútbol no solo es deporte, ni puede ser reducido a lo que pasa dentro del campo de juego y sus alrededores. Es mucho más que las  gambetas, los pases, los goles, las atajadas,  las cifras millonarias que cotizan los jugadores profesionales, los intereses de los grandes medios de prensa, los inmensos estudios con aire acondicionado o la facturación que embolsan distintos actores que solo se acerca a este juego por interés comercial. El fútbol no solo es un juego colectivo que permite las individualidades. Más bien es un fenómeno que habilita la creación de símbolos, prácticas y narrativas compartidas que ayudan a enfrentar las incertidumbres de la vida, fortalecer vínculos colectivos y a otorgar sentido a experiencias. Es por ello que es un juego en el cual se expresan algunas de las dimensiones más profundas de la vida social. En el fútbol podemos ver desde gestualidades sublimes del ser humano hasta, por ejemplo, prácticas racistas. Posee una gran complejidad y está en permanente movimiento, es así que en su campo simbólico se abren nuevos horizontes como el que permite trabajar en la construcción de la igualdad de género. Aún falta mucho, pero ese camino está iniciado y continúa avanzando. Hace años era mucho más difícil, para las mujeres, jugar al fútbol.

Jugadoras del San Martín

Es claro que la pelota no tiene sexo ni género, pero en el juego se expresan patrones culturales. Me reuní con cuatro mujeres, del barrio San Martín, para hablar de sus años jugando fútbol. El encuentro se produjo en la casa de Rosa Alejandra (Rosita)  Chirino, quien confiesa que en un primer momento pensó si realmente valía la pena recordar aquello de andar pateando la pelota. Luego de masticar la idea se dio cuenta de que sí, que ellas jugaron al fútbol cuando no era habitual que las mujeres lo hicieran. Se contactó con varias de sus compañeras, algunas no pudieron concurrir,  pero otras tres sí asistieron a la cita. Una es quien fue capitana del equipo, Mabel Cabrera. Cuando ingresó a la sala, nada hizo sospechar que ya cuenta con 73 años de edad, se la ve ágil, cuerpo delgado y fibroso, pareciera lista para volver a la cancha, aunque, aclara, “dejé de jugar a los 28 años de edad”.

Marisa Checon, mujer de una importante estatura, recuerda que todo comenzó con la idea de su padre, Marcelino Checon que incentivó para que comenzaran a jugar al fútbol las hijas enfrentando a las madres. El escenario sería la cancha del Baby Fútbol del San Martín que estaba entre las calles Mendoza y Tucumán, con un costado de la misma sobre Ayacucho. Actualmente, casi todo el predio lo ocupa un par de casas familiares y la Marmolería El Artesano.

Entonces eran niñas, ahora, salvo Mabel, sus edades están entre los 56 y los 58 años de edad. Las cuatro hablan con pasión del fútbol. Marisa recuerda lo que será el tema central de la charla: el campeonato que ganaron. Dice recordarlo con emoción. Aunque solían jugar los viernes, el campeonato fue un día domingo. “Lo hicimos con todo,  recuerdo el izamiento de bandera todas dentro de la cancha. Un domingo muy lindo… fue en el 82, con toda la ceremonia” una compañera pregunta si no hay fotos, “no sé, quizás alguien tenga. Era Pérez, el fotógrafo, quien siempre sacaba, pero andá a saber si existe alguna” queda flotando la esperanza que exista algún registro fotográfico que permita traer imágenes de aquellos tiempos. Quizás alguna lectora nos pueda acercar una foto de esa época.

Varios equipos de mujeres

Cuentan que ese campeonato fue algo muy importante, participaron varios equipos de mujeres. Checon recuerda que “vinieron de Tío Pujio (Hipólito Yrigoyen), del barrio Los Olmos, de La Floresta (Villa Nueva). Las del San Martín llegamos a la final, con las chicas de La Boca”, agrega “nos decían que estaba todo acomodado, pero no era así, fue todo bien organizado, con referí” y comienzan a recordar jugadas. Rosa Alejandra, delantera, cuenta cómo tuvo que enfrentar a una corpulenta jugadora rival y que terminó en el suelo: “Yo siempre fui rápida para correr, pero era chiquita y esa vez perdí”.

Cuentan que Marcelo Prudencio les “enseñaba bien” para poder jugar mejor, recuerdan a un tal Montes y al “Papi” Villega quienes también aportaron lo suyo, junto a Checon padre. Los equipos eran de siete jugadoras más la arquera. Rosa Alejandra reflexiona “éramos muy avanzadas para esa época, entonces era difícil con la sociedad, con los vecinos… el fútbol me llevó a la rebeldía”.

Myriam Delgado vivía cerca de la cancha. “Pochita”, como la apodaban, dice “yo jugaba y pensaba: y si aparece mi papá”. Por allí me avisaban “Pochi, allí viene tu papá” entonces rajaba para mi casa. En su relato deja expresado lo que aparece en otros, el fútbol como vehículo para expresar rebeldía ante posiciones patriarcales que le señalaban el juego del fútbol como algo prohibido para las mujeres.

Pero Myriam también rescata otro aspecto de sus partidos bajos los reflectores de la canchita del San Martín: “La gente nos esperaba los viernes, sabían que luego de que jugaban los chicos del baby jugábamos nosotras. Esa era la hora que entraba más gente, nos esperaban a nosotras. Gritaban, era una cosa novedosa vernos jugar. Corríamos detrás de la pelota y la gente nos alentaba, nunca nos insultaron, nunca escuché que  hicieran eso, siempre fue cosas que señalaban sobre el juego, decirte qué tenías que hacer”.  Rosa Alejandra recuerda que les decían cosas como “dale gorda movete…”. Pero, remarca, “la gente veía a las mujeres, las niñas porque éramos eso aún, éramos mal miradas. Recuerdo una doña, no voy a decir el nombre porque no hace falta, hablo de una señora que vivía en el fondo del barrio, que trabajaba en el Hospital, no dejaba que su hijo se juntara con nosotras. Para ella éramos muchacheras”. Ese mote es confirmado por sus compañeras, “sí, así nos decían”.

Pasión y amor por el fútbol

En un momento Vilma  cuenta que lo que más disfrutó de su paso por las canchas de fútbol fue “ganarle, no un partido sino el campeonato a La Boca”. Repasa las vivencias de la final, un partido con mucho roce y con duelos verbales dentro de la cancha. A ella, que jugaba en un puesto de defensa, se le iluminan los ojos cuando recuerda el gol de penal que hizo en ese partido. Lo cuenta y su sonrisa hace que entienda todo lo que le apasiona el fútbol y su emoción de haber triunfado en aquel campeonato después de que las chicas de La Boca les habían ganado uno anterior.

Marisa dice que ella “no siempre jugaba, solía estar en el banco”. Era medio de madera -dice riéndose-, pero el partido que más disfruté fue el primero entre las madres y las hijas, y le hice un gol a mi mamá. Fue una alegría, eran hermosos los momentos que vivimos.

Pochi “no sé que jugada o qué partido elegir para recordar. Lo poco que estuve lo disfruté, me gusta mucho el fútbol. Después agarraba la pelota para jugar con mis hijas, con mi nieta. Ya no me da como antes porque estoy pisando los 60, pero siempre que hay una pelota cerca la agarro para disfrutar, no sé por qué,  pero siento pasión por el fútbol”, sus compañeras dicen “sí, no podés evitarlo”, todas acuerdan que el fútbol las enamora.

Fútbol y rebeldía

Rosa Alejandra remarca:  “Lo disfruté un montón porque a la vez te hacía sentir como que vos tenías -hace señal de entrecomillar- un poder contra tu padre que no te dejaba, pero vos ibas lo  mismo y jugaba. Lo que venía después que jugaba no importaba. Lo que más me emocionaba en ese tiempo era cuando jugábamos y hacíamos los goles. Yo jugaba adelante, tenía la número diez,  y a los goles los disfrutábamos mucho y aparte desde la tribuna nos gritaban de todo, alentándonos, y eso te ayudaba un montón, realmente, para seguir” en otras actividades de la vida. Yo jugué hasta el 84, habré tenido 14 años.

La charla continúa y comienzan a surgir otras anécdotas y muchos nombres de jugadoras de fútbol de entonces. El viaje a Tío Pujio para devolver la visita que había realizado Hipólito Yrigoyen; las chicas de La Boca del Tigre; la Pepona, Patricia Montes, Claudia Bonini y su hermana Claudia Bonini, sí , las dos se llaman igual y jugaban para el San Martín como Sandra Irigoita, Mónica y Nancy Cuzcueta. Por lado de las madres que enfrentaron, en la cancha, a sus hijas, mencionan a Noemí Machado, a quien le hizo el gol su hija Marisa Checon, Nelly Fornero y Gladys de Montes, lamentan no recordar su apellido de soltera. Otros nombres se pierden en la bruma de los tiempos.

Agradecen a elDiario por haberlas reunido, surge la posibilidad de un asado para seguir hablando de esos años como jugadoras de fútbol. Queda claro que no se trata solo de un juego de pelota, también es alegría, pasión y tantas cosas más, entre las cuales se encuentra la rebeldía.

*Docente. Periodista. Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Villa María

Fuente: www.eldiariocba.com.ar