A 10 años de la muerte de Alberto Morlachetti

El dirigente social y educador popular Alberto Morlachetti falleció el 20 de abril de 2015 a los 72 años tras dedicar 40 años de su vida a cobijar y contener a jóvenes y niños en situación de vulnerabilidad en el hogar ubicado en el partido bonaerense de Avellaneda. Alberto nació en el campo cordobés, trabajó con su abuelo anarquista, fue canillita en Geli, vivió en un conventillo y la calle era el patio enorme donde los infiernos y los cielos se escondían en las ochavas. Comenzó a estudiar Sociología luego de una adolescencia de lectura ávida y aleatoria. Y en las sombras crepuscularias juntó pibes estragados por la historia que dormían en las periferias de la Facultad de Derecho. Se los llevó con él, los sembró, les inoculó futuro en su adelante y los hizo descubrir que podía ser posible amanecer mañana.

Era un apasionado hincha de Racing. Al Hogar lo llamó Pelota de Trapo por la mítica película argentina que dirigió Leopoldo Torres Ríos, con Armando Bo como protagonista, que se filmó en Avellaneda, en los viejos potreros donde jugó, entre otros grandes, Omar Corbatta, el notable delantero de Racing que murió en la pobreza.

Morlachetti fue el coordinador del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo y el creador de la Fundación Pelota de Trapo. Fue un reconocido sociólogo con un amplio y profundo compromiso social, que trabajó para combatir la pobreza en especial la que afecta directamente a los jóvenes y niños.

Morlachetti luchó contra el estigma que a menudo repetía “la pobreza es una imposición: te pone una pistola en la cabeza”, y encaminó sus pasos junto a los niños huérfanos a quienes cobijó y con los que se vinculó afectivamente considerando que “no existe pedagogía sin ternura”.

En la dictadura cívico-militar que sembró el terror entre 1976 y 1983, fue expulsado de la docencia en la UBA por comunista y fue perseguido como tantos otros dirigentes sociales. “El principal proveedor de humanidad es el trabajo. Si yo no hubiese trabajado, no me salvaba del barro y la pobreza. El trabajo disciplina muchísimo”, fue una de sus premisas y que caracterizó su obra.

Luego diseñó junto a los vecinos del lugar el hogar para adolescentes Juan Salvador Gaviota y la biblioteca Pelota de Trapo, y con la idea de autofinanciar su obra y que los adolescentes se educaran en el trabajo, armó un gallinero al que sumó una imprenta y una panadería iniciando a los jóvenes en distintos oficios.

“No damos de comer por un carácter caritativo, que desechamos. Lo hacemos porque son pibes que colaboran con el lugar, con el corte de yuyos, con desmalezar la vía (del tren), forestar el lugar, hoy Pelota de Trapo tiene sombra y antes era un desierto”, explicó el sociólogo.

Una de sus premisas fue el trabajo: “El principal proveedor de humanidad es el trabajo. Si yo no hubiese trabajado, no me salvaba del barro y la pobreza. El trabajo disciplina muchísimo”, expresaba. Por eso, al hogar donde ofrecía un mínimo plato de comida, armó un gallinero, luego sumó una imprenta y una panadería para iniciar a los jóvenes en distintos oficios.

Fue funcionario de la provincia de Buenos Aires en los tiempos del gobernador Antonio Cafiero (1987-1991), y a fines de los ’80 creó el Movimiento Nacional Chicos del Pueblo, reuniendo a a más de 400 organizaciones sin fines de lucro adheridas a la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) para defender y difundir los derechos de los niños en situación de calle bajo el lema “El Hambre es un Crimen”.

Alberto

Por Laura Tafettani

En tus 10 años de presencia ausente.

Fuiste profeta en una tierra de niños y niñas que no tenían lugar en el mundo. Señalaste sin dudar a los fariseos que iban vendiendo derechos y migajas para el pueblo empobrecido y pintarle así un rostro humano a un capitalismo que convierte todo en mercancía.

Dijiste que no hay salida alguna dentro de este sistema y que de los laberintos sólo se podía salir por arriba y ello significaba, definitivamente, abandonar la zona de confort de la militancia progresista para tejer lazos en colectivo para que los desamparados dejen de caer y para romper el pacto establecido por la modernidad que dejaba afuera a la mayoría de nuestro pueblo.

Construiste el Movimiento Nacional Chicos del Pueblo junto con Carlitos y otros tantos compañeros y compañeras que encontraron en vos la expresión de su búsqueda de un mundo justo para los niños. Así fuiste arrinconando el hambre con la única fuerza arrolladora que puede vencerla: la lucha que llevaron adelante cientos de hombres, mujeres, educadores y educadoras, jóvenes, niños y niñas, que recorrieron el país gritando El Hambre es Un Crimen, Ni un Pibe Menos para llegar a la Casa Rosada y exigir que la inmensa riqueza de este país les sea devuelta.

Pero hay que reconocer que el Sistema es hábil en detectar rápidamente a su enemigo y si no lo puede enfrentar, se esconde y opera desde las sombras creando falsos caminos y soluciones que conducen a la vía muerta de la desilusión y la desesperanza.

Cuando conocí a Alberto, en La Plata, allá por los 80, se lo llamaba el “loco Morlachetti” porque desde la función pública andaba derribando institutos de menores por donde podía siendo consciente que se había abierto una ventana desde donde actuar y que duraría muy poco, como también fue muy breve su gestión.

Y, efectivamente, “el loco” iba contra el sistema que no dejaba amar ni acariciar.

Luego fue cada vez más reconocido y su palabra potente era escuchada con admiración hasta que, claro está, esas palabras hechas acción comenzaron a incomodar, este hombre tenía la insolencia de convertir los derechos de los niños abstractos y vacíos que se debatían en los grandes foros internacionales en necesidades concretas por las que había que luchar

Su lucha no entraba en pasillos parlamentarios, ni en oficinas con vista a la costa del Río de La Plata. Menos aún en organismos internacionales que imponen las políticas imperiales que destinan a millones de niños y niñas a la intemperie.

Alberto no conoció a Milei, pero conocía y denunciaba a quienes lo estaban creando. Sin embargo, su voz se tornó afónica frente a la irrefrenable carrera de dirigentes que iban vendiendo su alma junto con nuestros pedacitos de cielo a multinacionales y fondos de inversión.

Alberto, aún en soledad siguió luchando hasta el suspiro que cegó su vida con la porfía que siempre guardan los pueblos en su historia.

No sé realmente si Alberto imaginaba la magnitud de lo que estamos viviendo, pero se parecía bastante a lo que vaticinaba.

Efectivamente luego de su muerte, todo siguió siendo trastocado. Las organizaciones comunitarias fueron violentamente atacadas por el Estado, moldeándolas a su medida y necesidad. Otras fueron vehículo de ese retroceso, en forma consciente o inconsciente, comprando jubilosamente los nuevos caballos de Troya que tan brillantemente fueron plantando en el campo popular.

Así, el Hambre ya no fue un Crimen sino un slogan de pancarta que, en vez de exigir distribución de riqueza a la Casa Rosada, sea quien sea el que estuviera sentado en la silla presidencial si era el gestor del capitalismo impiadoso que seguía acumulando pobres en las periferias, para luchar ahora frente a Ministerios por un flaco bolsón de comida o subsidios de sumas mendicantes.

Yo sé que su legado sigue vigente y que representa una responsabilidad inmensa para todas y todos nosotros el retomar el camino que lograron torcer y volver a soñar ese país sin fronteras en el que todos los niños y todas las niñas de nuestro pueblo puedan gozar de la dignidad que merecen.

Sé también que somos humanamente finitos, pero debo confesar que hubiera sido hermoso que, en estos momentos, en el que el rey ha quedado desnudo y que se requiere más que nunca retomar esos viejos caminos que construiste, estuvieras aquí junto con nosotros y nosotras.

Se te extraña muchísimo Alberto y no quiero dejar de putear a la muerte insomne que te llevó, putearla con todas las fuerzas, aunque sea inútil para volver a traerte a la vida, pero necesario para que nos ayudes a transformarla.

Te abrazo inmensamente.