Por Jesús Chirino*
De gran estatura, manos amplias, ojos claros, mirada penetrante, atenta al detalle, con una sonrisa contenida que estallaba ante una buena ocurrencia. Discurso filoso y no pocas veces polémico.
Trabajador de la cultura, que no solo se ocupó de sus escritos, sino que difundió los de otros. La obra de Schmidt se encuentra en el pináculo de la poesía cordobesa.
El encuentro con la poesía
Resulta indudable que, en la larga historia de la poesía villamariense, de manera nítida, se destaca la figura de Alejandro Schmidt. El próximo 3 de mayo se cumplirán 70 años desde el día de su nacimiento en la ciudad. En su tierna infancia, viviendo en Buenos Aires junto a su madre Mafalda Isabel Rueda y su padre David Schmidt, teniendo 6 años, fue golpeado por la muerte de su padre, ocurrida en un accidente de avión en San Pablo, Brasil. Luego de ese terrible acontecimiento, junto a su mamá, regresó a Villa María.
David Schmidt era pastor de la iglesia luterana y se había dedicado a traducir los evangelios de San Pablo. Esa muerte marcó la obra de Alejandro, que comenzó a escribir cuando ingresaba a su adolescencia. En una entrevista que le realizara Darío Falconi, publicada en elDiario, acerca de sus inicios en la poesía, comentó: “En el 68, cuando tenía 13 años, con el tema del rock argentino. Escuchábamos los temas, a mí me gustaban mucho las letras y escribía algunas que nunca llegaron a ser canciones. Compartíamos ese gusto con compañeros y ese escuchar me fue llevando a descubrir la poesía en otros lados. Empecé a leer, sobre todo los poetas latinoamericanos, en esa época estaba Neruda, Vallejo; algunos poetas norteamericanos, franceses, en fin…, los poetas que leyó mi generación en su adolescencia. Escribía cosas muy fragmentarias, poemas muy breves, de cinco, seis o siete líneas o canciones muy inocentes. A partir de los 17 años tuve una conciencia de que estaba escribiendo poesía y publiqué a los 28, por primera vez, algo que había escrito a los 21, una plaqueta grande de seis páginas que se llamaba ‘Las bienaventuranzas’ (1983) y que era contra la dictadura. Después publiqué ‘Clave Menor’ (1983), otra plaquetita, y de allí fui siguiendo”.
En el sitio de la Biblioteca Nacional se señala que, en 1984, junto a Omar Dagatti, publicó “Tajo en la piedra”. Al año siguiente, “Elegías y epitafios”, y su producción no se detuvo. Escribía todos los días, prefería hacerlo a mano, había llegado a la computadora teniendo más de 40 años y ya no pudo construir una relación de intimidad con ese artefacto. Aunque en sus últimos años incursionó en las redes sociales, tanto en Facebook como en Instagram, con su perfil “Rey Ciego”. También desarrolló la costumbre de escribir en su celular.
Con elDiario desde el número cero
Alejandro fue prolífico, supo declarar que tenía más de cinco mil poemas escritos. Nos dejó más de cincuenta libros publicados y pueden registrarse importantes colaboraciones suyas en publicaciones de Uruguay, Chile, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Cuba, Costa Rica, Puerto Rico, México, Estados Unidos, Canadá, España, Italia, Alemania, Austria y Rumania, entre otras. Parte de su obra puede leerse en inglés, alemán, italiano, francés, portugués, catalán y rumano, siendo uno de los poetas locales más traducidos a otros idiomas. También supo dirigir varias revistas literarias como “El gran dragón rojo y la mujer vestida de sol” que apareció en 1987 y duró hasta 1991 cuando dejó de circular por cuestiones económicas. También dirigió las revistas “Luna quemada” y “Huérfanos”. Siempre publicando poetas que terminaron siendo leídos en lugares donde no se los conocía. Alejandro dijo que luego de “El gran dragón…” y por el gusto de seguir editando, decidió “hacer una revista más chica y dedicada a la poesía argentina contemporánea, de las cuales han salido 18 números en 16 años, se han publicado 220 poetas contemporáneos de 15 provincias argentinas y de todas las edades. Uno de mis criterios es publicar a gente no tan conocida, Borges no necesita el esfuerzo mío, pero sí, quizás, muchos poetas del interior que tienen pocos espacios para mostrarse”. Esta fue otra de sus grandes tareas, trabajar en la difusión de otros poetas. Desde los años 90 hasta 2007 dirigió la editorial de poesía Radamanto.
Alejandro, quien por años ejerció como preceptor en el IPEM 49 Domingo Faustino Sarmiento (ex-Escuela del Trabajo), también escribió con regularidad en elDiario. Sus notas aparecían los domingos y “eran como misceláneas, para qué sirve tocar el timbre, para qué sirve subirse a los techos, fueron una especie de microensayos. Hice poco más de 40…”. También comentó que publicó “más de 1.000 notas en los diarios de acá, en elDiario y en otro que desapareció (Noticias); escribí muchas notas de cine, reportajes… Yo publiqué una nota sobre cine en elDiario en el número 0, seguí escribiendo, después dejé, después volví, después dejé… Tuve distintas épocas, no trabajé nunca con mucha continuidad”.
El adiós
Un miércoles a la noche se conoció que Alejandro había muerto. El poeta, nacido en Villa María el 3 de mayo de 1955, había respirado por última vez el 3 de febrero de 2021. La crónica de entonces dijo que contaba con 65 años. Tiempo antes, algunos problemas cardíacos hicieron que desde Río Cuarto, donde vivía entonces, fuera trasladado a una institución de salud en la ciudad de Córdoba. Luego, había regresado a la ciudad del sur cordobés.
Durante su vida, dedicada a la escritura, entre otros reconocimientos, logró el Premio Municipal de Villa María (1982), Premio Selección Concurso Nacional Ediciones del Dock (Buenos Aires, 1990), Primer Premio Selección – Primer Concurso Nacional de Poesía – Asociación de Escritores Argentinos (Mendoza, 1990), Primer Premio Municipal de Villa María (1992), Premio Alberto Burnichon Editor al libro mejor editado en Córdoba (Córdoba, 1998).
La prestigiosa escritora María Teresa Andruetto, en ocasión de la muerte de Alejandro, declaró: “Durante 10 años nos escribimos semanalmente, tengo aquí sus cartas escritas a mano, su letra y su voz en la memoria, cartas sobre lo que estábamos leyendo, escribiendo, escenas de vida de Rodolfo, de mis hijas, de Mónica, de Alberto. Visto a la distancia, años dorados… Después, todo se fue volviendo muy difícil, y entonces ya no supe cómo hacer y ya no hubo encuentros, pero sí la lectura intensa de sus libros, que están aquí todos juntos y tienen un lugar especial en mi biblioteca, tan especial como la caja que dice ‘Cartas de Alejandro’”.
A principios de mayo de 2021, en un ciclo de homenaje a la poesía, realizado por Eduvim, se dedicó una jornada a Alejandro. Allí, Leticia Ressi y Elena Annibali, que habían trabajado juntas en la publicación de “Perro de Dios: 10 años en la poética de Alejandro Schmidt” (Eduvim-UNC), se refirieron a la figura del poeta villamariense. A su turno, Annibali sostuvo que, al trabajar en ese estudio, les llamó “la atención que no hubiese estudios serios o más formales sobre su poesía, siendo que estaba todo el campo literario, simbólico y crítico avasallado por los estudios de los 90”. En el mismo encuentro, Mac Auliffe manifestó que “Alejandro debería haber sido mucho más escuchado, e invitado… Siento que el mundo de la poesía de Córdoba, y en general, debería haber invitado más a sus lecturas… Era una persona pródiga en palabras. Recuerdo que me comentaba que se levantaba a las siete de la mañana, iba a un bar con su celular y allí empezaba a escribir poemas; también era pródigo en capacidad de trabajo, siempre fue ameno y cordial”.
Recuerdo a Alejandro en medio de una fiesta de casamiento de unos amigos, comentándome, desde unos siete metros de distancia, a viva voz, el aprovechamiento de algún cargo académico “para hacer viajes a Europa” por parte de alguien a quien conocíamos la mayoría de los presentes. También me visita su figura, en medio de una reunión en el Centro Cultural ubicado en San Martín y Sarmiento, junto a otros trabajadores de la cultura, peleando para que no se sacara de allí lo cultural y se pusiera la administración de los recursos económicos del municipio. Alejandro era polémico, pero comprometido con lo que hacía.
Alguna vez, dijo: “Un poema debe asumir el riesgo, la desprolijidad, el exceso. Prefiero los recortes, lo que se desecha, borrones, tachaduras…, no el objeto acabado, la conclusión, el punto final, sino los pedazos vivientes, los sueños, los tumultos de la sangre… Amo los balbuceos, el desorden, las dudas, los espacios en blanco, las reiteraciones… ¿No opera acaso así nuestro corazón, nuestra cabeza? No el artificio, la artesanía, por sublime que sea, y sí esa pulsión de tinieblas y sangre y toda nuestra vida deshecha allí, aconteciendo, acompañándonos. Muy pocos llegan hasta el final y hasta el final no se llega con prudencia, astucias, disciplina, se llega con otra cosa que está contra la mano propia, contra los principios, las ideologías y, sobre todo, contra el temor. Corrijo un poema con otro y con otro… Desde los 13 años estoy buscando el poema verdadero, ¿por qué no habría de divertirme mientras tanto? Escribo casi todos los días, ceniza, perlas, florcitas de plástico, y también mi lírica de dolor y de veneno… Va saliendo la poesía, va saliendo de esa tripa y uno no sabe qué es, ni maneja ni controla nada, salvo alguna corrección inevitable, alguna prudencia en publicar, alguna música”.
*Docente. Periodista. Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Villa María
Ilustración: Raúl Olcelli
Fuente: www.eldiariocba.com.ar