Gustavo Fabián Polosecki nació en Buenos Aires el 31 de julio de 1964 y falleció en Santos Lugares el 3 de diciembre de 1996. Fue un periodista que se destacó, entre otras cosas, por su estilo particular de narrar las historias que presentaba en sus programas de televisión.
Por Pablo Díaz Marenghi*
“Es un golpe sordo. Se siente hasta la fractura de los huesos. El ruido es como si fuera una tabla que se parte. ¿Sabés cómo te queda en el oído?”. Quien habla es Mario, maquinista de trenes. Vestido de jean, camisa celeste y sweater de rombos, está sentado con las piernas colgando sobre la puerta de uno de los viejos vagones del tren Urquiza. A su lado, con su inconfundible campera de cuero, fumando un cigarrillo, se encuentra Fabián Polosecki. En esa conversación, inmortalizada en su ciclo televisivo El otro lado (1993-1994), narra sus sensaciones ante el arrollamiento de un ser humano. Ha vivido varios. Jamás hasta el momento se había narrado en la televisión abierta, con semejante nivel de detalle, respeto y sensibilidad la muerte ferroviaria. No todo salió al aire ese día. “Polo”, quien además del conductor e ideólogo era productor del ciclo, decidió omitir una escena de dicha entrevista: el momento en el que el conductor de tren explica en qué zona es donde más se producen los suicidios en la estación de Santos Lugares.
“Decía que era como un manual de instrucciones para los suicidas”, develaría años después en entrevistas su hermano Claudio Polosecki. Ironías de la vida, guiños del destino o determinación cabal: “Polo” terminaría arrojándose a las vías del tren en dicho punto exacto. Se quitó la vida el 3 de diciembre de 1996.
Antes de tomar semejante determinación, había ganado dos premios Martín Fierro y su modo de hacer periodismo televisivo lo trascendería por décadas y sería imitado hasta el hartazgo. Tiempo después, es posible ver una notable influencia de su obra. Polo entrevistaba sin poses ni exageraciones: intentando ser invisible, escuchando en silencio. Haciendo las preguntas justas y necesarias. En un medio como la televisión, donde reinan el griterío, el ego y el histrionismo, su modus operandi periodístico terminó siendo un gesto revolucionario que merece ser recordado aún hoy, a 25 años de su trágico suicidio.
Los pasos previos
Gustavo Fabián “Polo” Polosecki nació en Buenos Aires el 31 de julio de 1964. Fue el menor de tres hermanos varones. Hijo de Josué Polosecki y Aída Prizant. De familia judía, inmigrantes polacos, su padre heredó el negocio de la impresión, encuadernación y gráfica por parte de su abuelo. Esto, sumado a una histórica identificación con el Partido Comunista, le dio a “Polo” una infancia rodeado de libros y discusiones políticas en donde, ya más crecido, se atrevió a intervenir. Pasó por varios colegios, nunca se destacó como alumno y, cuentan sus familiares, siempre tuvo una actitud rebelde. En el libro Polo, el buscador (Editorial Sudestada), la excelente biografía escrita por Hugo Montero e Ignacio Portela, describen al Polito adolescente criado en el barrio de La Paternal: “Observador, extrovertido, audaz, nada vergonzoso, siempre con una sonrisa dibujada en el rostro, quería imitar a sus hermanos y era el obligado lastre que los seguía a todos lados”.
Su infancia oscilaría entre una colonia de vacaciones en Mercedes y veraneos en el Delta del Tigre, lugar que lo cautivaría para siempre. Tal es así que años después este territorio, de aguas amarronadas y vegetación agreste, retornaría en el epílogo de su existencia. Luego llegaría la militancia en el Partido Comunista durante la década del noventa, en pleno apogeo menemista de corrupción, privatizaciones, pizza & champagne. Al mismo tiempo, el PC entraba en decadencia a nivel mundial debido a la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS y las denuncias de asesinatos cometidos por mandatarios comunistas en diversos países. De a poco, terminaría alejándose de la militancia para desembarcar en el periodismo.
Primero en la revista Radiolandia 2000, enfocada en la farándula, donde se haría amigo de Pablo De Santis y se sorprendería con los conocimientos de criminalística de Enrique Sdrech. Luego en el diario Sur, aquella gesta quijotesca del PC que intentó disputarle a Página 12, donde también luego escribiría, el público lector progre. Allí se haría amigo de Ricardo “Patán” Ragendorfer. “Fue en Sur donde Polo confirmó un talento particular a la hora de sentarse frente a su máquina y traducir los hechos de forma cuidada y creativa”, cuentan Montero/Portela en su libro. También, ayudado por su predilección por la historieta, escribiría en la mítica revista Fierro. Polo escribía de música y espectáculos pero, cada tanto, lograba colar alguna idea sobre la sociedad y la política. Se traslucía un interés por lo social, por la realidad de la calle. Algo que canalizaba por las noches, saliendo por la Avenida Corrientes con amigos como Marcelo Birmajer, entre otros. Muchos de ellos, terminarían años después trabajando con él en sus futuros proyectos. Muchos lo describen como uno de los últimos exponentes de una bohemia de la mítica calle de los teatros que ya no existe. Su vida daría un giro definitivo en 1993 cuando desembarcaría, casi que de manera fortuita, en la televisión. Algo que para él, en ese momento, resultaba inesperado.
Soy el visitante
“¿La televisión? Yo soy un tipo de la gráfica, ¿qué puedo hacer en ese mundo?”, se preguntaba Polo en 1992 antes de pasar a formar parte del programa Rebelde sin Pausa, conducido por Roberto Pettinato en la medianoche del menemista ATC. Allí él tendría a su cargo una sección en donde debía salir a entrevistar a personajes peculiares de la noche. Allí Polo indagaría en los márgenes, los confines inexplorados de la ciudad. Ese sería el germen de su programa El Otro Lado, que se transmitió entre 1993 y 1994, y, luego, El visitante, emitido en 1995, donde intentó darle una vuelta de tuerca al formato. En El Otro Lado, Polo asumía el rol de un personaje, un guionista de historietas, que salía a cazar historias reales que le sirvieran de inspiración para sus viñetas. Ese era el principal componente ficcional.
El resto era realidad pura y cruda. O, al menos, eso parecía. Polo, sin embargo, ha declarado en entrevistas que no se preocupaba demasiado por delimitar demasiado estas fronteras. Dijo en 1994: “A mi no me importa si una persona me miente. De algún modo, si es mentira lo que me está diciendo (¿Qué sería que es mentira?, yo no ando buscando verdades), se refleja en sus gestos y eso es información para mi programa también”.
Polo patentó un estilo de entrevistar y narrar que luego influenciará a programas como Ser Urbano, de Gastón Pauls, Kaos en la Ciudad, de Juan Castro o La Liga. También a producciones más amarillistas y sensacionalistas como los diversos programas de Rolando Graña y Martin Ciccioli. Su técnica consistía en salir con cámara en mano, preguntar y escuchar. Por momentos, el silencio era lo que predominaba en sus programas. Como cuenta su amigo y productor Birmajer en el documental La vereda de la sombra (Gustavo Alonso): “Los entrevistados lloraban.Polo apenas hacía preguntas”.
Por allí desfilaron delincuentes, pibes de barrio que jugaban al fútbol en veredas polvorientas, prostitutas, empleados de mataderos, prostitutas y trans. También personajes célebres en cierta decadencia, como los Titanes en el Ring o el ex futbolista René Houseman, y futuros famosos, como Andrés “Ciro” Martínez, por aquel entonces cantante de una banda muy poco conocida: Los Piojos. En diálogo con Polo le cuenta su modo de viajar en tren sentado en los techos de los vagones. Le llamaba “el surf de los pobres”.
Polo logró vincular aspectos poéticos y artísticos notables desde la técnica audiovisual, con realizadores que se destacaron como Daniel Lazslo y Diego Lublinsky, con una sensibilidad atípica para la televisión de la época en donde reinaban la frivolidad o las cámaras ocultas de Marcelo Tinelli. Esto último, inclusive, era una complicación ya que generaba desconfianza en la persona promedio. “Me parece bien que la gente desconfíe de la televisión”, afirmaba Polo en una entrevista que puede verse en La vereda de la sombra. Portela, uno de los biógrafos de Polo, describe su estilo en diálogo con La Agenda: “Dejó una manera de narrar y contar historias. El no ser protagonista de lo que vas a contar sino ser un buen vehículo para contarlo. Eligió darle lugar a las historias por sobre tu manera de ver las cosas”.
Otro aspecto notable de sus programas es el notable trabajo en equipo que sustenta el producto final. Portela destaca esto: “El trabajo entre amigos puede tener un recorrido que hace que el registro sea distinto. Se nota el laburo colectivo como punta de lanza. Aunque él define la estética del programa, tiene un laburo detrás impresionante”.Portela agrega que este intento por desaparecer e intentar que los hechos o los entrevistados prevalezcan era algo que ya traía de antes de llegar a la pantalla chica: “en la gráfica tampoco eligió ser protagonista. Siempre intentó contar historias. En la televisión profundizó esa mirada desde los laterales e intentó ver en los márgenes cómo podía respirar algo extraordinario en lo que nos cruzamos todos los días.
Fue un pionero. Con su militancia previa, con el mundo del policial negro, la literatura, el comic, logró poner en pantalla temas que no estaban en la agenda hasta el momento. El desaparecer para ser uno más de esa entrevista es una técnica que ha dejado para que se utilice”. Polo hablaba, sin estereotipos ni poses caretas, cara a cara con el sufrimiento. Quizás su temprana sensibilidad proveniente de su militancia comunista sumada a su inmensa curiosidad y su pasión por el diálogo y la escucha atenta fueron el germen de ese estilo que al día de hoy al verlo causa sorpresa, emotividad y magnetismo.
Su hermano Claudio Polosecki, uno de los productores ejecutivos de sus programas, comentaba en el documental que las historias que descubría “le perturbaban mucho, quedaba destruido”. Algunos relacionan esto con su posterior deterioro que lo llevaría lentamente hacia una muerte temprana e intempestiva.
Si ya estás en la azotea, salta
“El joven periodista Fabián Polosecki se suicidó ayer por la tarde al arrojarse bajo un tren del ferrocarril San Martín, en la localidad bonaerense de Santos Lugares”. De ese modo, frío y escueto, titularon los principales diarios del país luego de su suicidio el 3 de diciembre de 1996. Pasaría mucho tiempo hasta llegar a la merecida reivindicación que vendría luego desde el periodismo, el ámbito académico e, incluso, el público, como se demuestra, por ejemplo, en los homenajes que se realizarán por el aniversario de su muerte en el Centro Cultural San Martín.
En 1995, luego de que El Visitante fuera levantado del aire casi que de golpe y porrazo, Polo entraría en una espiral descendente según cuentan sus amigos y familiares. Se instalaría en el Delta del Tigre, en un giro rizomático a su infancia transitada allí, y se haría íntimo amigo de un tal Eduardo que se convertiría en una suerte de gurú espiritual. Viviría con él en la isla, practicaría artes marciales y hasta gestarían proyectos en donde este sería una suerte de manager/productor ejecutivo. Lo conoció durante la producción del último programa de El visitante (puede verse en YouTube) que se convirtió en una suerte de narración onírica muy atípica para la televisión argentina de aquel entonces, y la de hoy en día también, en donde el relato se vuelve, por momentos, lisérgico y poco periodístico. Filmado en un ambiente brumoso, casi que recuerda a una película de Werner Herzog.
Muchos se asustaron al verlo a Fabián cuando, cada tanto, retornaba a la Ciudad de Buenos Aires, con el pelo largo, barba crecida y botas embarradas. Decían que estaba perdiendo la cordura, cayendo en manías paranoides y psicóticas. Eduardo, su amigo, dio testimonio para el libro Polo, el buscador, y allí cuenta que dicha actitud, el mirarlo como un bicho raro, era, más bien, un prejuicio: “La locura no era venir a la ciudad con barro en las botas, esa es la realidad de la gente del delta. Todos los que pensaron que allí había locura, bueno, hay un montón de gente que está igual de loca y que sobrevive a esa locura. No fue esa la locura que llevó a Polo a decidir dejar de vivir”, comenta Eduardo en el libro. En el velorio de Polo fue echado, a los gritos, por sus familiares y amigos. Muchos, en parte, lo culpabilizaron por su trágico final.
A la gran mayoría de amigos y familiares, el suicidio de Polo los tomó por sorpresa a pesar de los divagues de sus últimos tiempos. No les encajaba dentro de los patrones del potencial suicida. Veían el final de su vida como si fuera un fragmento de otra película que no encajaba en el devenir de Polito. Su amigo Marcelo Birmajer, en el libro de Portela/Montero, da su propia justificación de los hechos y lo relaciona con la enfermedad y el misterio: “Un final que no está relacionado para nada con problemas laborales, porque era un tipo que podía conseguir trabajo con sólo levantar un dedo, sino con una enfermedad, con algo muy malo que le pasó interiormente (…). Hay puntos de lso que no se puede volver, y la muerte es uno de ellos (…), hay cosas que hay que aceptar que son un misterio”.
Portela agrega que “el misterio que se generaba por aquellos años tenía que ver con el por qué de su trágica decisión de suicidarse, qué había pasado durante ese tiempo que no estuvo ligado a la televisión. Pudimos contar esa parte a partir de su ex pareja, la ruptura que tuvo, también con la persona con la que estuvo viviendo en el Tigre, Eduardo, que fueron difíciles de encontrar y no han dado notas, pudimos contar qué pasaba por su cabeza en aquellos años sin querer ser los que descubren, jamás pensamos en explicar el por qué de su decisión final porque creemos que nadie la tiene y no nos corresponde”.
“¿Cuándo fue que empecé a viajar / ¿Cuándo fue que elegí un rumbo? / ¿Cuándo fue que decidí quedarme? / ¿Cuándo fue que dejé de ser un visitante?” se pregunta Polo, en voz en off, durante el último programa de El visitante, filmado en el Delta del Tigre en diciembre de 1995. Estas líneas, además de ratificar el notable cuidado estético y literario de sus guiones que caracterizaron cada emisión de sus programas, pueden leerse en clave profética. También, como dice su amigo Pablo De Santis en el prólogo de Polo, el buscador: “A veces pienso que los programas pueden ser leídos al revés; no es Polo el que pregunta, sino el que es interpelado por esa interminable lista de personajes que pasaron frente a las cámaras; son los otros los que buscan algo en él, una conclusión, una respuesta que se demora”.
Buceando un poco más en esta línea de pensamiento, es posible encontrar aún hoy en sus programas, perdidos en el éter digital, las claves de aquellas preguntas sin respuestas que Polo fue respondiéndose a sí mismo ayudado de las historias que supo cazar en los confines de la existencia sin necesidad de estampar etiquetas en las frentes de los seres humanos con los que intercambiaba cervezas o cigarrillos con una cámara de por medio que, muchas veces, aparentaba no estar allí o ser invisible.
Su actitud indiscriminada, alejada del periodismo que suele tener predilección al dictado de sentencias cual jueces de turno, se parece a lo escrito por Roberto Arlt en su aguafuerte “El arte de vagabundear”: “Más de una vez he pensado que la magnífica indulgencia que ha hecho eterno a Jesús, derivaba de su continua vida en la calle. Y de su comunión con los hombres buenos y malos, y con las mujeres honestas y también con las que no lo eran”. ¿Polo escuchaba o brindaba respuestas en silencio? Ese es, quizá, su último gran misterio que aún espera ser descubierto.
*Periodista y docente. Director Editorial de la revista digital ArteZeta. Colaborador en El Planeta Urbano, La Agenda, Clarín Cultura, Revista Ñ y Acción, entre otros. En 2016 publicó Codex, Música Contemporánea (Maten al Mensajero)
Fuente: www.laagenda.buenosaires.gob.ar