Ellas

Por Juan Carlos Giuliani*

Allí están, ellas son, nuestras mujeres, las compañeras con las que recorremos un camino común. Las que se bancan todos los días la pelea por una vida digna. Las que dan una razón de ser a la existencia de cualquier experiencia colectiva. Negadas y estigmatizadas por el poder, se van abriendo camino a los codazos en los surcos de la participación social, sindical, política y cultural. No se trata de romantizar la miseria sino de reivindicar su lucha para terminar con la riqueza de unos pocos y la pobreza de la mayoría del pueblo.

Su ejemplo de entrega solidaria viene desde el fondo de la historia. Siempre han estado donde había que estar y han hecho lo que había que hacer. Organizan fondos de huelga para sostener la lucha de los compañeros y compañeras despedidos en las fábricas. Promueven roperos comunitarios, merenderos y apoyo escolar a los pibes y pibas en las barriadas populares. Arman cuanta actividad creativa pueda imaginarse para apoyar causas nobles.

Afrontan la lucha sindical en el día a día, mientras amplían sus espacios de protagonismo en las organizaciones gremiales, tradicionalmente renuentes a aceptar la incorporación de nuevos sujetos sociales a sus cuerpos orgánicos.

Son las mismas que salieron a poner el cuerpo para parar la olla después de las puebladas de diciembre de 2001. Las que lideran las legiones solidarias que se ocupan de seguir denunciando en la práctica cotidiana que el hambre es un crimen. Las que luchan en la calle contra las políticas de hambre y saqueo de Milei, denunciando con nombre y apellido a los autores materiales e ideológicos y a los cómplices de la casta dirigente que están perpetrando esta catástrofe social sobre las espaldas de los humildes.

Derriban prejuicios a cada rato: Con persistencia y a los pelotazos ingresaron a uno de los templos dorados del machismo. Después de mucho tiempo de nadar contra la corriente, lograron que el Fútbol Femenino sea hoy una realidad innegable.

Si una mujer avanza, ningún hombre retrocede. Más que una consigna, a esta altura ya es una absoluta certeza. Ellas asumen el feminismo desde una posición de clase, como sujetas políticas en la lucha histórica por la libertad y la justicia al lado de los compañeros. Sin pedir permiso. Haciendo lo que dicen. Diciendo lo que piensan.

Los casos ejemplares se reproducen y multiplican a lo largo y ancho del país y bien podrían extenderse a todas las mujeres trabajadoras, de los movimientos sociales, campesinas, autogestionarias, madres abnegadas y luchadoras sin cuartel en contra de la pobreza, la marginalidad y el hambre.

Allí están, abriendo comedores comunitarios, en la ruta junto a los compañeros, en la primera línea combatiendo la peste del hambre, construyendo poder popular, abrazando la causa de un nuevo modelo sindical, voceras sabias de los pueblos originarios.

En el aula, la oficina, la fábrica, la calle, el sindicato, la casa; en el campo y la ciudad, demuestran que se puede vencer a la resignación y alientan a seguir peleando con una voluntad indomable.

Lo cierto es que ellas siempre están. Y es una felicidad y un orgullo saberlo y reconocerlo.

Una caricia en el alma. Una bocanada de aire fresco que sirve para recargar las pilas y confirmar que lo mejor está por venir.

Y que la esperanza de cambio, de construir una sociedad de iguales, se alimenta, en gran medida, de la ternura de nuestras mujeres.

Ellas, las nuestras.

*Periodista. Escritor. Congresal Nacional de la CTA Autónoma en representación de la provincia de Córdoba