Por Jesús Chirino*
Por la desaparición en Ballesteros Sud del niño Lian Gael Flores Soraide, en las inmediaciones del cortadero de ladrillos donde trabajan sus padres, la actividad de ladrilleros ha tenido una presencia no habitual en algunos medios de prensa. Gracias a un trabajo realizado en 1989, desde la Zona Sanitaria Nº 5, con sede en Villa María, podemos acceder a datos de cómo se desarrollaba esa actividad en la zona hace casi 40 años
En los bordes de la ciudad
La actividad ladrillera se desarrolla en zonas rurales o periurbanas. En el trabajo referenciado se señala que por entonces, a finales de los 80, “En las zonas aledañas a la ciudad de Villa María, de características poco pobladas, distantes unas 30 cuadras del casco céntrico…”, se encontraban “ubicados 40 cortaderos de ladrillos. El trabajo que se desarrolla en ellos es duro y muy sacrificado, no goza del reconocimiento y la valoración necesaria”.
Por entonces, en la actividad no se encontraba una fuerte presencia de población inmigrante, como actualmente pasa en esta región. En el informe, firmado por la psicóloga Graciela Taquela, se escribe acerca “del proceso de fabricación de ladrillos…”, que inicia en la búsqueda de un terreno adecuado del cual pueda sacarse tierra para hacer el barro. También se referencia que la tierra extraída era colocada “en el denominado pisadero donde se la riega y se la moja bien con agua, se agregan silos, aserrín, viruta y todos estos elementos se mezclan durante dos días mediante una rueda tirada por caballos, hasta que el barro queda blando”. Luego se lo tapaba para retirarlo a medida que era necesario, llevándolo en carretillas de madera “hasta el cortadero –propiamente dicho– donde con moldes y las manos del hombre se elaboran los ladrillos para luego desmoldarlos en el suelo”. Allí iniciaba la etapa de secado, la cual podía durar un par de días, hasta que los ladrillos sin cocer fueran apilados.
Actualmente, la actividad también se desarrolla en zonas rurales o periurbanas. Como ejemplo podemos mencionar los cortaderos que se ubican a la salida de la ciudad, hacia Ballesteros, a la vera de la Ruta Nacional número 9, luego de pasar el Parque Industrial. Allí pueden verse algunos hornos de ladrillos, casas precarias y respirar el olor a humo que produce el fuego que se prende, con leña, para la cocción de los ladrillos de barro.
Condiciones de vida de adultos y niños en los cortaderos
En el trabajo consultado, a fines de los años 80, “la mayoría de los peones residen con sus familias en los mismos cortaderos. Las viviendas que habitan no reúnen las mínimas condiciones de habitabilidad, siendo de construcción muy precaria, constan, generalmente, de una sola habitación, el piso es de tierra, las paredes son de ladrillos de desecho asentados en adobe, sin revocar, techo de paja o de zinc, de muy escasas dimensiones, donde la iluminación natural y la ventilación son insuficientes”. Se agrega que las viviendas de estos trabajadores “no poseen ningún tipo de servicio, la iluminación es a kerosene o a vela. En su mayoría carecen de baño y el agua es extraída de un malacate, instalado por el dueño para mojar el pisadero”.
En el trabajo también se marca que, para entonces, los “obreros del ladrillo son analfabetos o de un escaso nivel de instrucción, padecen, en su mayoría, de alcoholismo y otras patologías, como enfermedades del aparato respiratorio. En los niños son muy frecuentes la desnutrición, deshidratación y diarrea. El vínculo social suele ser signado por la violencia y el abandono”.
En el trabajo escrito por la profesional mencionada no solo se escribe acerca de las condiciones reales de vida de estas familias, sino que también se señala, de manera clara, cuáles son las condiciones favorables que estos seres humanos merecen: “Son las que permiten al ser humano un adecuado desarrollo bio-psico-social dentro de valores culturales, históricos y nacionales. Pueden ser evaluados de acuerdo a la satisfacción de necesidades básicas, según los indicadores de alimentación, vivienda, equipo cultural (radio, TV, prensa), ayuda mutua y asistencia social”.
Condiciones de trabajo
La actividad ladrillera se caracteriza por el bajo aporte de capital y medios técnicos que se realiza para su desarrollo y, generalmente, la explotación de la mano de obra. No son muchos los adelantos técnicos que se observan en relación a cómo la fabricación de ladrillos se realizaba en épocas pretéritas. “En cuanto a la mano de obra, la producción de ladrillos en Argentina se caracteriza por la utilización de mano de obra de bajos recursos, no calificada, aunque en la práctica es un saber hacer con cierta profesionalización, especialmente en las tareas de corte y moldeo”, según se señala en un trabajo realizado por la doctora Johanana Maldovan Bonelli de la Universidad Nacional de Buenos Aires. También se marca que muchas veces se trata de un trabajo que se realiza a destajo, es decir que los trabajadores no cobran por tiempo invertido en la actividad, sino por la cantidad de ladrillos que producen.
En el informe de 1989 se marca que en los cortaderos Villa María “el trabajo es rudo y mal remunerado. No poseen cobertura social y deben luchar permanentemente para la subsistencia diaria. Cuando no pueden cortar –ladrillos– juntan huesos del lugar y los venden. Carecen de beneficios sociales, dando esta situación serios indicios de marginalidad”.
Es lógico preguntarse cuánto mejoraron las condiciones de trabajo en los últimos años. Para pensar la respuesta podemos mencionar que en 2015, a partir de la participación de la Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina (UOLRA) se inició una investigación que llevó a rescatar alrededor de 70 personas que vivían y trabajaban en condiciones infrahumanas en cortaderos ubicados en la ciudad de Villa María. Tres sujetos quedaron detenidos, luego de que se constató que en un predio de unas 10 hectáreas se encontraban familias, con menores de edad, viviendo en ranchos sin techo, electricidad ni agua potable, y trabajando en condiciones infrahumanas. Las personas rescatadas eran de nacionalidad argentina y boliviana. En 2016, el mismo cortadero volvió a ser allanado. No se encuentran datos de una constante verificación y control, por parte de las autoridades, de las condiciones de vida y de trabajo en estos lugares.
El comunicador Juan Manuel Gonzales, en 2017, publicó en el sitio chequeado.com que, en la provincia de Córdoba, “al menos 11 niños y adolescentes murieron desde 2008 en hornos ladrilleros, y muchos otros trabajan y no van a la escuela. Si bien no hay datos oficiales, el Gobierno provincial reconoce el sistema de explotación, pero dice que no lo soluciona por temor a un conflicto social”.
En el escrito de 1989 se habla de las condiciones de trabajo fijadas en un Convenio Colectivo de Trabajo del año 1975, especificando que la mayoría de las mismas no se cumplían: pisaderos con piso de cemento, tablones, ladrillos o lajas; “los hornos deberán tener no más de 24 camadas de alto por 20 cordones de ancho”; no cargar más de 33 adobes por carretilla; “los cortaderos deberán disponer de baños dignos, vestuarios, duchas dotadas de agua fría y caliente…”; “bomba de agua potable situada en el centro del campamento”; “un recinto de ladrillos con piso, con mesas y sillas para uso del personal en horario del mediodía”; “un botiquín con elementos necesarios para primeros auxilios”; “los libros de sueldos y jornales deberán permanecer en el establecimiento y no podrá excluir del mismo a ningún obrero que esté trabajando en él”; el pago de la ropa de trabajo a los trabajadores (cada seis meses).
*Docente. Periodista. Secretario Gremial de la CTA Autónoma Regional Villa María
Ilustración: Raúl Olcelli
Fuente: www.eldiariocba.com.ar