En los llanos riojanos, cuando el interior argentino resistía la imposición del centralismo porteño, surgió una figura que la historia liberal intentó borrar: Dolores Díaz, “La Tigra”. No fue acompañante decorativa ni leyenda pintoresca. Fue montonera activa, conspiradora, combatiente y sostén político de la causa federal. Desde el asesinato del Ángel Vicente Peñaloza en 1863, crimen que inauguró la etapa más brutal de la represión mitrista contra el interior, las mujeres del federalismo comprendieron que la lucha ya no admitía medias tintas. Dolores eligió pelear.
Acompañó desde el comienzo al general Felipe Varela, quien se alzó no sólo contra la hegemonía del puerto sino también contra la sangría absurda de la Guerra del Paraguay impulsada por Bartolomé Mitre. La montonera de Varela no era bandolerismo, como la calificó la pluma porteña: Era la reacción del interior empobrecido frente a un modelo económico y político que lo subordinaba.
El 10 de abril de 1867, en el Pozo de Vargas, se produjo el choque decisivo. Las montoneras cargaron durante horas a lanza seca contra los fusiles y la artillería del ejército de línea comandado por Antonino Taboada, brazo armado del orden mitrista en el Norte. Era la desigualdad material hecha batalla: Caballos criollos contra tecnología moderna financiada por el modelo portuario.
En medio de la refriega cayó Varela junto a su caballo muerto. Allí irrumpió Dolores Díaz. Se lanzó bajo el fuego enemigo, lo alzó y lo sacó del infierno de balas. Ese acto, recordado por la tradición popular, no fue un gesto romántico sino una acción militar decisiva. Pero la derrota fue inevitable. La superioridad técnica se impuso y “La Tigra” cayó prisionera junto a otras mujeres federales.
Destierro sin juicio y odio de clase
Fue confinada en El Bracho, Santiago del Estero, bajo la dominación de los Taboada. No hubo proceso judicial. El propio Taboada reconoció que su presencia era “peligrosa para el orden nacional”. La calificó como parte de la “hez de la población”, dejando al desnudo el desprecio de la oligarquía por el pueblo pobre organizado.
Ese “orden nacional” que se invocaba para desterrarla era el mismo que había celebrado la ejecución del “Chacho” y que enviaba a miles de hombres del interior a morir en el Paraguay. Desde Bolivia, Varela pidió la intercesión de Mamerto Esquiú, y el Juez Federal Natanael Morcillo reclamó su liberación. En 1868 pudo regresar a La Rioja, no por clemencia sino por presión política.
Volvió sin privilegios. Trabajó en su telar, crió a su hijo y sostuvo la memoria federal mientras Varela moría enfermo y exiliado en Chile en 1870. Así terminaban los caudillos del interior: Perseguidos, calumniados y abandonados por la historia oficial que escribían los vencedores. Dolores murió pocos años después. Las fechas exactas se diluyen en el silencio historiográfico. Para el relato liberal nunca fue importante. Era mujer, era pobre y era federal: Tres razones suficientes para el olvido deliberado.
Como Encarnación Ezcurra, como Victoria Romero “La Chacha”, como Elisa Lynch junto a Francisco Solano López, Dolores Díaz demuestra que la política del Siglo XIX no fue asunto exclusivo de hombres. Las mujeres del interior llevaron mensajes, organizaron redes, combatieron y resistieron. En la ciudad de La Rioja una estatua la recuerda.
Modesta, lejos de los grandes monumentos porteños dedicados a los arquitectos del modelo centralista. Esa diferencia no es casual: Es política. “La Tigra” no encaja en el panteón liberal. Pertenece a la memoria popular.
Dolores Díaz no fue leyenda romántica ni anécdota pintoresca. Fue la encarnación femenina de la montonera federal. Y mientras exista memoria en el interior argentino, su nombre seguirá siendo símbolo de rebeldía contra el poder que quiso domesticar a la Patria.
Fuente: Revisionismo Histórico Argentino