Por Ricardo Aronskind*
Las compañeras y compañeros cercanos al espacio PLATAFORMA conocen lo que está ocurriendo en nuestro país. Saben del ataque masivo contra los intereses populares, contra las instituciones democráticas, contra los resortes que garantizan la soberanía nacional.
A pesar de este ataque generalizado y sistemático, la reacción de los distintos sectores sociales agredidos no está acorde a la gravedad de lo que se vive.
Las diversas formas de resistencia que se han ensayado en estos dos años son insuficientes para parar no sólo el deterioro de las condiciones materiales de vida, sino también del ánimo de confrontación de una parte de la población que está rechazando al gobierno del capital concentrado.
Algunos sectores optaron por estrategias parlamentarias y electorales, que sin embargo fueron insuficientes para evitar la aprobación de leyes claves para Milei, los grandes capitales locales y extranjeros, y los norteamericanos.
Después de las elecciones de octubre, esa situación incluso se agravará.
Otros grupos privilegiaron en este tiempo las luchas “en la calle”, que sin embargo tampoco alcanzaron –salvo honrosas excepciones- para frenar la avalancha reaccionaria.
Diversos factores contribuyeron a que el gobierno neocolonial de Milei haya avanzado tanto: la desmovilización y desmoralización que generó el gobierno del Frente de Todos; la propaganda incesante y permanente de la derecha desde hace décadas, en todos los medios y redes, las 24 horas del día; la desorientación y despolitización de sectores importantes de la sociedad –dentro de los cuales los sectores juveniles tienen un lugar importante- (factor en que deben asumir sus responsabilidades todos quienes supuestamente pretenden representarlos); y ciertas tendencias políticas y culturales internacionales completamente retrógradas que están amenazando y poniendo en tela de juicio a las instituciones democráticas y a los derechos humanos ya consagrados en varias regiones del mundo.
Pero no alcanzan estos y otros factores que sería extenso enumerar para explicar la incapacidad de la mayoría del país para ponerle un límite a la barbarie ajustadora, e ir más lejos: pasar a la ofensiva contra el régimen, planteando una propuesta propia alternativa para toda la Nación.
Creemos que un elemento que caracteriza a las fuerzas populares, y que les está impidiendo tener presencia en la escena pública con toda la potencia, es la rutinaria repetición de prácticas políticas que no se revisan desde hace mucho tiempo.
La repetición sin revisión de prácticas que se rebelan ineficaces para dar vuelta la situación, finalmente terminan siendo funcionales a que se consolide el poder del enemigo, y a que la decepción invada el ánimo de los sectores populares –e incluso de la militancia- que reclaman una oposición más firme a toda la infamia que está ocurriendo.
Pensamos que es hora de revisarlo todo. Los discursos y las prácticas políticas. No desde una visión destructiva, ni mucho menos sectaria. Al contrario: desde asumir la responsabilidad con lo que pretendemos representar en términos históricos.
Si lo que nos une a todos los que estamos de este lado es la defensa de los intereses populares, y finalmente concretar esa defensa en un gobierno lo suficientemente fuerte como para poder implementar medida efectivas en la realidad, la única vara con la que tenemos que medir que acción política sirve para avanzar y cual no, es su efectividad para modificar la realidad e ir acumulando poder y confianza popular.
La diversidad de actores, procedencias y capacidades del enorme espacio que es el campo popular en nuestra Argentina, no debería ser un obstáculo, sino una valiosa “caja de herramientas” para desplegar todas las fuerzas, en todos los campos, para dar una batalla que no sólo se expresa en el terreno electoral, sino en el terreno mediático, informativo, formativo, organizativo y subjetivo. ¿Cuántas compañeras y compañeros, cuántos saberes, cuanta sabiduría, cuántas capacidades no estamos aprovechando hoy para recomponer un gran bloque popular?
La derecha argentina, además de los resortes de poder duros que siempre manejó, como los golpes militares y el poder del dinero para comprar medios, conciencias, jueces y políticos, ha sabido ir construyendo mecanismos permanentes de adoctrinamiento colectivo, a través de los medios tradicionales y las nuevas tecnologías que se vienen difundiendo. Trabaja sobre la capacidad de comprensión de la gente, y la alimenta sistemáticamente de estupideces y sentimientos antipopulares.
Nada parecido se ha hecho desde el espacio nacional y popular y de la izquierda, que siguen aferrados a prácticas nacidas hace décadas, y que parecen no tener capacidad para revisarlas ni para analizar cómo es la actual conformación del campo de batalla político, comunicacional y cultural.
Esa debilidad es el principal factor a superar: comprender cómo está funcionando nuestra sociedad actualmente, cómo generan y administran el poder los sectores dominantes, y cuáles son los recursos con los que nosotros podemos contar para superar un cuadro de debilidad que parece acentuarse, a pesar de que las condiciones materiales de vida de la población se deterioran sin cesar.
¿Cómo frenar el deterioro político y anímico, y cómo crear las condiciones para que un gobierno popular pueda gobernar, aplicando un programa que revierta la exclusión, la decadencia productiva y la falta de oportunidades para los jóvenes? Lo que sí sabemos es que ese objetivo indiscutible va a implicar, indefectiblemente, asumir confrontaciones con diversos sectores de poder asociados al atraso, la exclusión y la dependencia.
¿Cómo lograr pensar en concreto, en términos de construcción poder, cosa que la derecha local tiene clarísimo y practica constantemente? ¿Cómo hacer que esa construcción de poder se alimente en cada una de las acciones políticas que emprendamos, por más pequeñas que sean?
¿Alcanza con que vivamos en el terreno de las victorias morales, de los triunfos testimoniales “ante la historia” que se escribirá dentro de 100 años? ¿Alcanza con recitar discursos por los cuales nos felicitarían Perón, Jauretche, Cooke, Lenin, Trotsky o el Che, aunque a muy pocos les importe ni los entiendan?
No es un camino sencillo el que nos espera, pero no es imposible.
Se trata, sin movernos un milímetro de nuestros principios fundamentales, de ser capaces de reconocer la actual realidad histórica con toda su complejidad y novedad, preguntarnos si nuestras prácticas tradicionales son efectivas para poner en cuestión las bases del poder concentrado que hoy nos domina, y de liberar la creatividad que existe hoy mismo en el campo popular, en cada compañera y compañero, para que surjan y aparezcan nuevas ideas, nuevas acciones y nuevas propuestas que vuelvan a empoderar a los sectores populares y revitalicen un potente espíritu de cambio que se necesita para triunfar en la lucha política.
*Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento