Lucio Mansilla: Héroe de la Soberanía y la Independencia de la Confederación Argentina

Lucio Norberto Mansilla nació en la ciudad de Buenos Aires en 1792, en el hogar formado por Andrés Ximénez de Mansilla y doña Eduarda María Bravo. Recibió la mejor educación disponible en la época y manifestó desde joven una fuerza de carácter, una clara inteligencia y una audacia que marcaría toda su vida militar, especialmente durante la defensa del país frente a las potencias extranjeras en 1845-1846.
En junio de 1806 se alistó en las filas de Santiago de Liniers para participar en la Reconquista de Buenos Aires, culminando el 12 de agosto con la rendición del general británico Beresford. En octubre de ese año, Mansilla se incorporó a la fuerza enviada a socorrer Montevideo, sitiada por los ingleses, bajo las órdenes del coronel Prudencio Murguiondo, interviniendo incluso en la aprehensión del virrey depuesto Rafael Sobremonte.
Durante la segunda invasión inglesa en 1807, participó en el combate de los Corrales de Miserere el 2 de julio, y en acciones posteriores durante los días 5 y 6 de julio.
En 1809, fue nombrado agrimensor patentado por el virrey Liniers y fundó una escuela rudimentaria de matemáticas en Buenos Aires. Tras la Revolución de Mayo de 1810, Mansilla se sumó al Ejército del Río de la Plata, declarando: “…al grito de libertad, ceñí la espada, abandonando el halagüeño porvenir, y la posición social obtenida, y me puse al servicio de mi patria.”
En 1812 sirvió bajo las órdenes del general José Artigas en la Banda Oriental contra las fuerzas portuguesas. Posteriormente, se incorporó al ejército de José Rondeau en el sitio de Montevideo, participando activamente en la expedición del coronel Domingo French en 1813 para conquistar la fortaleza lusitana “El Quilombo”, a orillas del río Yaguarón, donde resultó herido el 12 de mayo. Fue condecorado y declarado “Benemérito de la Patria en grado heroico”.
En 1815, enviado a Cuyo, San Martín lo nombró mayor de plaza en San Juan, instruyendo a 600 hombres que luego formarían los célebres batallones 7 y 11 del Ejército de los Andes. Fue comandante militar de Jáchal y luego comandante general de las cordilleras del sur de los Andes, participando en la campaña de Chile como segundo jefe de la Primera División de Vanguardia, peleando en Chacabuco y Maipú. Recibió condecoraciones argentinas y chilenas, incluyendo la Orden de la Legión al Mérito.
En 1820, Mansilla intervino en la elaboración del Tratado del Pilar (23 de febrero), mediando entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Estrechó relaciones con Buenos Aires y concertó la paz con Santa Fe. Fue elegido gobernador y capitán general de Entre Ríos, impulsando la autonomía de Corrientes y Misiones y sancionando en 1821 la primera constitución provincial junto a Domingo de Oro y Pedro J. Agrelo. Rehusó continuar en el cargo tras varias reelecciones para no sentar precedentes.
Fue diputado al Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas, pronunciándose por el régimen unitario de gobierno.
En 1826, durante la guerra con Brasil, Mansilla fue nombrado comandante general de la costa y organizó cuerpos para el ejército, armamento y caballadas. Como general de división, participó en la batalla de Camacuá y, el 15 de febrero de 1827, libró la batalla del Ombú, derrotando a la caballería imperial brasileña de Bento Manuel Ribeiro. Posteriormente, fue jefe de Estado Mayor hasta el retiro a cuarteles de invierno y, ese año, diputado por La Rioja a la Convención de Santa Fe, retirándose de la guerra civil.
En 1834, el gobernador Viamonte lo designó jefe de policía de la ciudad. Mansilla organizó la repartición, creó la institución de serenos, redactó reglamentos modelo para otras provincias y emprendió obras públicas como el camino del Riachuelo a la Boca y el muelle del Margen. Continuó hasta la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana de Santa Cruz.
Durante la intervención anglo-francesa, Mansilla fue designado jefe del Departamento del Norte por Rosas, fortificando y artillando las costas del Paraná para negar la navegación a la escuadra enemiga. Con apenas 21 cañones de bronce y 2.000 hombres, defendió la “Vuelta de Obligado” y cruzó cadenas de costa a costa del río.
En su parte a Rosas del 21 de noviembre de 1845, Mansilla describió el heroísmo de sus tropas:
“…el enemigo atacó con intrépido arrojo y un poder de 113 cañones… nuestras Baterías opusieron un vigoroso fuego de 35 cañones… los soldados argentinos pusieron sus pechos heroicos sobre las esplanadas… Después de ocho horas de combate, el dominante fuego enemigo apagó los nuestros, pero la escuadra no pudo avanzar sin sufrir graves pérdidas…”
Este combate, aunque de resultado táctico desfavorable, fue una victoria estratégica que mostró la determinación de la Confederación Argentina y el valor indiscutido de Mansilla como héroe de la soberanía y la independencia.
Apenas recuperado de la herida recibida en Obligado, Mansilla se presentó nuevamente en las costas del Paraná, cerca de San Lorenzo, para impedir el avance enemigo. Dirigió la defensa con coraje ejemplar, demostrando que su compromiso con la patria no se detenía ante las heridas. Esta acción reforzó el carácter heroico de su liderazgo y su lealtad a la Confederación Argentina.
La batalla final y decisiva contra las flotas inglesas y francesas tuvo lugar en Punta Quebracho, al norte del Paraná, donde Mansilla, tras coordinar movimientos de tropas y artillería con ingenio y precisión, logró dispersar completamente a los invasores, impidiendo que lograran su objetivo de controlar el río y avanzar sobre el interior.
Esta acción consolidó la defensa de la Confederación Argentina y aseguró el control estratégico del Paraná. La carta posterior a Rosas, del 5 de junio de 1846, relata:
“…las fuerzas combinadas enemigas, aunque superiores en hombres y cañones, han sido rechazadas por nuestra infantería y artillería; el Paraná sigue bajo la bandera de la Confederación; la soberanía y el honor argentino han prevalecido…”
Estas tres batallas forman un triple símbolo de la independencia y la soberanía, y destacan a Mansilla como el héroe indiscutido de la Confederación Argentina frente a potencias extranjeras.
Tras la caída de Rosas en 1852 y la entrada de Urquiza en Buenos Aires, Mansilla no participó en luchas civiles y respetó la autoridad de las nuevas fuerzas, a pesar de su lealtad a la Confederación. Su conducta posterior no disminuye su heroísmo en Obligado, Paraná y Punta Quebracho, ni su importancia histórica como defensor del país frente a invasores extranjeros.
Se trasladó a Francia, donde su prestigio y habilidades sociales le permitieron relacionarse con Napoleón III y su corte, interviniendo incluso en asuntos protocolares como el matrimonio del emperador. De regreso a Buenos Aires, se dedicó a su familia y amistades, y su casa se convirtió en lugar de reunión de notables de la época. Su hijo, Lucio Victorio Mansilla, se convirtió en destacado escritor y general.
Lucio Norberto Mansilla murió el 10 de abril de 1871, víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Esta epidemia, que azotó fuertemente Buenos Aires, tuvo su origen indirecto en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1864-1870), cuyos restos y cuerpos arrojados al agua contribuyeron a la propagación de enfermedades por el río y los alrededores urbanos.
Las autoridades nacionales no asistieron a su entierro ni rindieron los honores correspondientes, pero sus compatriotas lo recordaron como un símbolo indiscutido de heroísmo, soberanía y defensa de la Confederación Argentina.
Diego G. de la Fuente, amigo y compañero, resumió su legado:
“…el viajero argentino que remonta los ríos detiene siempre los ojos con noble orgullo en un recodo del gran río Paraná, donde un día la entereza del General Mansilla, rigiendo el pundonoroso sentimiento nacional en lucha desigual con los poderes más fuertes de la Tierra, supo grabar con sangre derechos indestructibles de honor y de gloria…”.
Fuente: Revisionismo Histórico Argentino