Por Guillermina Delupi*
Fotografía: Diego Cabrera
“Este es un reconocimiento por primera vez, después de prácticamente 150 años, de que había presencia de personas afrodescendientes, de que hubo esclavizados en Córdoba”, explica Alfonso Uribe, de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Agencia Córdoba Cultura y figura clave en la creación de la nueva ley.
Para Uribe, este paso es fundamental porque la Provincia nunca había hecho un reconocimiento particular. “A las otras provincias les está costando reconocer que han tenido población afrodescendiente, y en eso Córdoba es puntera. La idea es que no aparezcan únicamente para el 25 de mayo los ‘negritos’ de fondo, sino que haya un trabajo con los maestros en las aulas”, sostiene.
Pero la ley busca ir más allá del calendario y la necesidad de visibilización tiene cifras concretas. Según el Censo 2022, la población que se autorreconoce afrodescendiente en Córdoba pasó de 8.000 a 19.000 personas en doce años. La mayor concentración se encuentra en la Capital, seguida por el Departamento de Río Cuarto.
Para Marcela Alarcón, de la Mesa Afro Córdoba, la ley interpela a una sociedad que prefiere mirar hacia afuera: “Comúnmente acá ven a alguien negro y dicen: debe ser brasilero o senegalés. Pero no, es de acá, es de Córdoba. Esa cuestión del autorreconocimiento es lo que la ley nos permite y hay que hacerla mucho más visible porque tenemos mucha más gente afrodescendiente en la ciudad y en la provincia”, advierte.
Las huellas en el cemento: De la ranchería al remate
El plan de señalética (carteles de 60×60 cm con la leyenda “Sitio de Memoria Afro”, realizada en base de chapa y vinilo ploteado) utiliza el símbolo “Nea Onnim”, que representa el entendimiento y la búsqueda continua del conocimiento. Alfonso Uribe señala que se buscó un concepto similar al de la cartelería de siniestros viales: “¿Viste cuando se marca con una estrella donde ha habido un accidente en las rutas? Bueno, la idea es poder mostrar todos los lugares a partir de esta cartelería para ir generando conciencia”.
Uno de los puntos emblemáticos es el bar Le Dureau, asentado en calle Independencia, donde se hizo la entrevista para El Sur. “Esto era una ranchería; entre este lugar y el del frente (Independencia 155, donde se instaló el pasado 28 de noviembre el primer cartel) había más de trescientos esclavos. Las dos casas eran de las Carmelitas Descalzas de San José, que eran monjas de clausura y no salían del edificio. Los esclavos eran los que se movían e incluso ellas los alquilaban; fueron de los mayores prestamistas que hubo en la Colonia”, detalla Uribe.
El recorrido continúa en el Pasaje Santa Catalina, que no sólo es un rincón pintoresco, sino que fue el cementerio donde enterraban a los negros. “El punto cero es el memorial, ubicado en la Plaza San Martín, porque era donde los remataban. Allí se vendieron los primeros esclavos, Pedro y Yomar, traídos de Angola en 1588”, añade Uribe.
La ruta incluye también al barrio Observatorio, que antiguamente se llamó “El Congo”, y sitios de memoria en la Manzana Jesuítica y el Museo Sobremonte.
El trabajo en el territorio: hambre, estigma y “gorra”
Griselda Manzoli, también integrante de la Mesa Afro, vincula esta historia con las dificultades actuales en los barrios populares. Ella trabaja en el comedor Ríos de Esperanza, en el Barrio Bajo Pueyrredón, donde alimentan a unas 120 familias, aproximadamente unas 400 personas. “Los 200 mil pesos que reciben de ayuda no son suficientes. Yo creo que el Estado se tiene que involucrar más, tiene que ir y ver las condiciones en que viven estos chicos, las mujeres que sufren violencia de género, las mamás que no pueden alimentar a sus hijos”, reclama.
Para Manzoli, el estigma de la piel se traduce en persecución policial cotidiana. “La gente del Bajo sabe que es negra, pero no sabe por qué. Mis hijos, por ejemplo, están acostumbrados a que la policía los pare para interrogarlos. Les dicen: ‘che, negro, a ver, dame los documentos, mostrame el celular’. Todos esos actos son cotidianos y lamentablemente les pasa a muchos chicos, por eso tenemos tantos casos de gatillo fácil. Es angustiante y es para lo que trabaja también la Mesa”, dice.
Marcela Alarcón coincide en que incluso manifestaciones masivas ignoran su propio trasfondo racial: “La Marcha de la Gorra cumplió 20 años, pero en el trabajo y en la connotación de por qué se hace la marcha de la gorra nunca se habló de la afrodescendencia. La gente va sin saber que esa marcha es porque los chicos son afrodescendientes y lo están ignorando”.
El cuerpo como territorio de salud
La invisibilidad tiene un correlato físico y estadístico. Alfonso Uribe señala que la falta de datos afecta incluso a la Inteligencia Artificial, que tiene sesgos racistas porque “la están cargando como si toda la población fuera uniforme”. Pero en la medicina real, las omisiones son peligrosas. “Si cuando vas al médico no le decís de qué origen étnico sos, si en esa planilla no está cargado ese dato, no hay números suficientes como para pedir un plan de salud para afrodescendientes”, explica Alarcón.
En efecto, existen patologías con mayor incidencia en la comunidad afro, como la hipertensión, asociada históricamente al traslado marítimo de esclavos que generó mayor retención de sales, entre muchas otras condiciones.
En el mismo sentido, Griselda Manzoli suma otro factor crítico: la cicatrización queloide. “Si se tuviesen en cuenta los partos y la cicatrización de la episiotomía, y no nos tratasen como blancas, no perjudicarían nuestra vida sexual a futuro. Muchas veces nos cosen como un matambre. Sería digno para una mujer ir a parir en condiciones normales si se tuviese en cuenta su etnicidad”, sentencia.
Incluso la historia de la medicina en Córdoba es de color. Uribe recuerda que en la Colonia solo había un hospital, el San Roque, y que todas sus parteras eran negras. “Además, de 18 sangradores -un tipo de médico de la época- 16 eran negros”, afirma.
Sin embargo, Uribe señala que muchas veces se piensa que en Córdoba no hay negros porque lo que se busca es el fenotipo africano. “Y nosotros estamos mestizados, tenemos muchos años de mestizajes encima. Los afrodescendientes son rostros como los nuestros. Por ponerte un ejemplo, mi hijo es rubio y mi nieto es colorado, pero la sangre está”, afirma.
El mapa que falta completar
La ruta de la señalética seguirá expandiéndose hacia estancias jesuíticas como Serrezuela, donde un cartel recordará que allí hubo 19 negros esclavizados, o hacia la localidad de Bamba, nombre que perteneció a un hombre negro y no a un indio, como sugiere el mito. También llegará al Museo Sobremonte, al Mercado de las Pulgas y a la Casa de Pepino.
“La idea es que, en un futuro, los guías puedan ir caminando y mostrando la señalética más allá de la cantidad de símbolos que hay. Porque podemos salir y mirar una cruz y yo puedo decirte de dónde viene o cuáles son todos los símbolos africanos que tiene y contarte que algún guerrero negro los hizo. Pero más allá de eso, la señalética puede identificar diferentes sitios para que la gente internalice la cantidad de lugares que tenían personas esclavas negras”.
Al final del recorrido queda el reconocimiento de un legado que excede las piedras. “El humor y el cantito de Córdoba viene en gran parte de los negros. Si no entendemos de dónde venimos, no vamos a poder avanzar como sociedad. Reconocer todo eso nos va a volver una sociedad un poquito más justa”, concluye.
*Periodista
Fuente: www.revistaelsur.com