Jaime De Nevares: Coherencia y dignidad

Don Jaime Francisco De Nevares nació en Capital Federal el 29 de abril de 1915. Murió el 19 de mayo de 1995 en Neuquén. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el colegio Champagnat del barrio de Almagro. Se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires, profesión que ejerció durante cuatro años en el estudio jurídico de su padre.
Como cualquier joven de familia cristiana, de buena posición, Jaime se alistó en el denominado grupo de “Acción Católica”. Participó en las conferencias Vicentinas y en la Obra de los Canillitas. En 1944 ingresó a la congregación Salesiana de la Patagonia. Luego de cursar sus estudios de la Trinidad y filosofía en Patagones y los de teología en Córdoba fue ordenado sacerdote el 25 de noviembre de 1951. Ejerció la docencia y la dirección espiritual del Colegio “Don Bosco” de Bahía Blanca. Su elevación al episcopado sucede cuando dirigía la Escuela Normal Salesiana de Viedma.
En 1961, cuando el Papa Juan XXIII creó la diócesis de Neuquén, Don Jaime De Nevares con 46 años fue designado Obispo y trasladado a la capital provincial. Al llegar, la catedral está en construcción, por lo que el gobernador de aquel entonces Alfredo Asmar le facilitó una vivienda en Elordi al 400, lugar que se convertiría en su primer despacho curial.
Si bien siempre abrió la iglesia a la comunidad, atendió los problemas de los más débiles y se preocupó por las comunidades originarias, habría un hecho que lo marcaría de por vida: el Choconazo. En 1969 los obreros del Chocón le pidieron colaboración para acabar con la situación de injusticia y opresión a la que eran sometidos por parte de las empresas constructoras. Con Don Jaime de testigo lograron un primer acuerdo que no fue respetado. Esta situación dio paso a la histórica huelga de 1970. Hasta el triunfo de los trabajadores en el conflicto, el Obispo se negó a bendecir la capilla del Chocón y a subir a los palcos en los actos públicos.
Poco después de asumir por la fuerza la dictadura militar en 1976, fundó con dirigentes nacionales y autoridades de iglesias hermanas la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Una vez en democracia en 1984 integró la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (CONADEP).
El 10 de abril de 1994 fue elegido convencional constituyente por el partido Frente Grande con casi un 60% de los votos. Sería la primera gran derrota del Movimiento Popular Neuquino. Dignamente renunció a su banca junto a Edith Galarza ante la imposibilidad de estudiarse plenamente el nuevo texto de la constitución. La Asamblea Constituyente decidió acatar el Pacto de Olivos y aprobar la reforma a ojos cerrados, hecho que posibilitó la reelección de Carlos Menem.
Sus últimos meses de vida los pasó en una clínica soportando una prolongada enfermedad. Su buen humor siguió siendo una cualidad sobresaliente hasta el final. “Estoy pidiendo pista”, decía desde su lecho de agonía. En la madrugada del 19 de mayo de 1995 fallece. En los días siguientes una multitudinaria procesión despidió sus restos. Miles de personas llegaron desde los pueblitos del interior que Don Jaime supo visitar. Aún hoy se recuerda como el día en que el interior estuvo en la capital. (…)
Para tener una idea clara de lo que este sacerdote fue en vida pueden tomarse las palabras de Pérez Esquivel: “… algo importante que tenía Don Jaime era la coherencia entre el decir y el hacer, podemos decir hermosos discursos y si no somos coherentes entre lo que decimos y hacemos por favor no nos crean porque les estamos mintiendo y eso es lo que pasa con los gobernantes que dicen una cosa y hacen lo contrario, prometen muchas cosas y después no las cumplen y de esto ya estamos cansados… Don Jaime es un hermano, un compañero, yo siempre lo tengo en mi oficina en una marcha que realizamos durante la época más dura en la dictadura militar…” “… era un hombre de profundas convicciones en la resistencia desde la fe, desde el compromiso social, desde la defensa de los Derechos Humanos y creo que todo su testimonio está presente en ustedes que lo conocieron, que vivieron, que viven aquí. Pero también su ejemplo, su lucha, su testimonio de vida. Podemos recordar muchas cosas, cuando llevamos la imagen de la Virgen de la Paz, que era algo que quería entregar, fue algo muy emotivo, muy lindo, cuando se le pone el pañuelo de las Madres, que después fue ametrallada la capilla en el barrio San Lorenzo…”
“… sí tendría que decir algo, siempre mantenía un sentido del humor muy profundo, recuerdo muchas veces cuando se le hablaba de la constituyente, -¿por qué se retiró, qué pasó?- le preguntaba y me decía con ese humor que lo caracterizaba –no podía seguir porque eso era fumar un cigarrillo encendido por las dos puntas…”
C. Piantanida en Los Malditos, Volúmen III, EditorialMadres de Plaza de Mayo
Fuente: Pensamiento Discepoleano