Este 18 de mayo se conmemoraron ni más ni menos que 51 años de la muerte del bandoneonista nacido en el Abasto. Y, mientras en todas partes del mundo se lo homenajea recordando su obra, en la Argentina su familia se lamenta porque aquella casa de la calle José Antonio Cabrera 2937, donde nació, ya no existe. Sus herederos se lamentan por la demolición de la vivienda que lo vio nacer. Había sido declarada de Interés Cultural por la Legislatura porteña.
Este lunes se cumplieron 51 años de la muerte de Aníbal Troilo, el gran “Pichuco”, figura central del tango argentino. Nació en el barrio del Abasto y desde chico demostró una sensibilidad única para el bandoneón. Su primer fueye lo obtuvo a los diez años, y con él tocó casi toda su vida. Debutó en un bar junto al Mercado de Abasto en 1925. A los 14 años ya lideraba su propio quinteto y pronto se integró a formaciones con figuras como Osvaldo Pugliese y Elvino Vardaro. En 1937 debutó su orquesta típica en el mítico Marabú. A lo largo de las décadas, compartió escenario con cantores icónicos como Francisco Fiorentino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche.
Fue pionero en delegar arreglos musicales a talentos como Astor Piazzolla, Julián Plaza y Raúl Garello, con quienes renovó constantemente el sonido de su orquesta. Su estilo interpretativo, de fraseo único y emocional, se convirtió en una marca registrada. Troilo falleció el 18 de mayo de 1975, pero su legado musical sigue vigente. Su tumba en la Chacarita, junto a otros notables, guarda los restos de quien supo «decir» el tango con su bandoneón como nadie más.
“Alguien dijo una vez/que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? Pero, ¿cuándo? ¡Si siempre estoy llegando! Y si una vez me olvidé, las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja titilando como si fueran manos amigas, me dijeron: gordo, gordo, quedate aquí, quedate aquí“.
Imposible que el “Nocturno a mi barrio” no atraviese nuestros oídos al evocar a Aníbal Troilo, con su voz rasposa y su bandoneón que, para muchos, dejaba un sonido celestial. De hecho, desde hace medio siglo es un sonido celestial; desde aquel 18 de mayo de 1975, cuando esas estrellas titilantes, de la esquina de la casa de la vieja, lo llamaron, como manos amigas, para pasar a otro sueño. Hoy se cumplen 50 años sin Pichuco. Lo que, dicho de otro modo, podría decirse como “ese medio siglo con la herencia más clásica que ha dado el tango”.
Por supuesto que hubo música antes y después de Bach. Pero nadie puede negar el mojón que ha dejado en la historia de la música. Algo así sucede con Troilo en el tango, que fue una especie de canon y, al mismo tiempo, un personaje sin par, líder de una bohemia tanguera que ha dotado al género y a su costumbrismo, de las leyendas más diversas. Pero, por encima de todo, siempre está el personaje.
El gordo, como se lo conocía en el ambiente tanguero, para la década del setenta tenía todos los pergaminos. Sobre todo, aquellos que no llevan diploma escrito. Era un director de orquesta muy popular (quizás el más popular, más allá de que el carisma de otros también cautivara al público, especialmente en las décadas del cuarenta y del cincuenta).
Troilo era sinónimo de tango porque con su vida, de apenas 60 años, cubrió todo su espectro. Fue un intérprete de bandoneón exquisito, con sentimiento, sin virtuosismo. Fue director de orquesta que supo repartir el juego para la creación, tanto para los orquestadores que adaptaban las piezas para la orquesta como para los solistas. Fue compositor inspirado, porque llevan su firma tangazos como “Desencuentro”, “Barrio de Tango”, “Che, bandoneón”, “Romance de Barrio”, “Sur”, “Responso”, “La trampera”, “María”, “La última curda”, “Una canción” y “Toda mi vida”, entre muchas otras.
Y fue un estandarte de la bohemia tanguera, con trasnoches (de mito o verdad) que duraban días.
Ayero se cumplieron 51 años de su muerte y 20 desde que el Congreso Nacional sancionó la Ley 26.035 que declara el 11 de julio (ese día de 1914 nació “Pichuco”, como Aníbal Carmelo Troilo) como Día Nacional del Bandoneón.