Nicolás Honigesz*
Hay noticias que informan un hecho y otras que marcan el final de una época. La muerte del Indio Solari pertenece a estas últimas. No se trata solamente de la despedida de un artista extraordinario, sino del cierre simbólico de una de las experiencias culturales más profundas, masivas y misteriosas que conoció la Argentina contemporánea.
Desde las sombras del under construyó una obra inmensa sin someterse a las reglas del mercado. Mientras otros perseguían la fama, él alimentó una mística. Mientras la industria fabricaba ídolos, él creó comunidad. Por eso sus seguidores nunca fueron simplemente público: Fueron una multitud que encontró en sus canciones una identidad compartida.
Las misas ricoteras trascendieron la definición de recital. Fueron rituales populares. Miles y luego cientos de miles de personas viajaron durante años por rutas interminables para participar de una ceremonia donde la música era apenas el comienzo. Allí convivían la alegría, la rebeldía, la amistad, la poesía y la sensación única de formar parte de algo más grande que uno mismo.
El Indio entendió como pocos el lenguaje de los derrotados, de los que resisten, de los que buscan sentido en medio del ruido de la época. Sus letras desafiaron al poder, denunciaron miserias y celebraron la imaginación como refugio frente al desencanto.
Hoy se apaga una voz irrepetible, pero permanece intacto el fenómeno que ayudó a crear. Porque las leyendas no mueren cuando desaparecen sus protagonistas. Siguen viviendo en la memoria colectiva. Y mientras una multitud vuelva a cantar sus versos, mientras una bandera ricotera vuelva a flamear en cualquier rincón del país, la ceremonia continuará.
*Comunicación y Redes Sociales de la CTA Autónoma